Hoy se cumplen 3 años del asesinato de Sakia Gunn, una adolescente afro-americana que murió a los 15 años por cruzarse con un indeseable que no soportó que una lesbiana rechazase sus avances sexuales.
Sakia y sus amigas volvían a su casa en Newark (New Jersey), estaban esperando a que pasara su autobús cuando dos tíos que iban en un coche se pararon cerca de ellas, bajaron la ventanilla y les dijeron que si querían que las llevasen a alguna parte y les tiraron los tejos. Ellas les dijeron que se perdiesen. Los tíos insistieron. Sakia les dijo que se largasen y ahorrasen el rollo para otras porque ellas eran lesbianas. Los tíos se bajaron del coche, forcejearon con ellas para intentar meterlas en el coche, Sakia se defendió y uno de los hombres le pegó dos puñaladas en el pecho. Los tíos se dieron a la fuga. Las amigas de Sakia pararon a un coche y aunque llevaron a Sakia a un hospital los médicos no pudieron hacer nada por salvarle la vida.
Después de casi dos años de abogados, papeleo, dimes y diretes… su asesino aceptó un trato con el estado de New Jersey por el cual le caían solo 20 años de cárcel. A cambio, el estado de New Jersey ha quitado de la mesa el cargo de asesinato, lo ha condenado por crímenes menores (simples agresiones en lugar de asesinato) y ha tolerado que el asesino diga que fue Sakia la que corrió hacia el cuchillo y se apuñaló a sí misma accidentalmente. Tremendo. Tremendo que siga habiendo hombres con mentalidad de cromañón que se creen en su derecho de llevarte o traerte donde quieran, cuando quieran sin tu consentimiento. Tremendo que esa fauna no vaya sola, que vayan en parejas o en grupos reducidos para ver su falsa masculinidad reforzada. Tremendo que si les dices “no” se crean en su derecho de insultarte, pegarte y hasta matarte. Y tremendo que la familia de Sakia tenga que aguantar que el asesino diga que fue ella la que corrió hacia el cuchillo.
Tremenda suerte la que he tenido yo – visto lo visto – tremenda suerte porque anda que no solté yo veces un “lo siento bonito, soy lesbiana” en bares de Córdoba y Granada. Incluso en Nueva York me ha llegado más de un buitre que no se ha creído que soy lesbiana y se ha pasado media noche intentando comprarme copa (no sé si me estará leyendo pero estoy pensando en el Pa’que tu veas) como si pagarle una copa a una mujer signifique que la tía va a abrirse de piernas.
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