Vergüenza
Una noche del mes pasado, esperando el tren de vuelta a casa en Penn Station, comprobé una vez más que soy una cobarde. No tener papeles es un asco, pero no es excusa para mi comportamiento.
Serían las once de la noche, mi tren salía a las 11:48 PM y estaba en la zona habilitada para que los pasajeros del Long Island Rail Road esperen el tren de turno, entretenida en criticar mentalmente al personal, tomar ideas para los personajes de mis historias y no acabando de decidir qué libro empezaría a leer en el tren.
A mi derecha había un hombre haciendo fotos. Algo que me llamó la atención y me puso nerviosa. No sé si me ha pegado la psicosis americana o si yo siempre he estado así, pero no me da buen rollo ver a una persona haciendo fotos del suelo y las paredes en una estación de tren. Amén de que el tío tenía cara de loco. Tal y como están las cosas, una se espera que en New York por menos de eso te rodeen y te hagan veinte mil preguntas. Como era un hombre y encima blanco, allí nadie dijo nada. Ni los demás pasajeros ni algún policía de los que tienen un chiringuito montado a la salida de la zona de espera.
A mi izquierda había una mujer dándole gritos a unos asiáticos, diciéndoles que se volvieran a China. El fotógrafo la vio alterada, se le planto enfrente y empezó a hacerle fotos. Nadie, ni una sola persona de las cincuenta que estábamos allí, tuvo huevos para decirle al tío que dejara de hacer fotos. Nadie le preguntó a la mujer si estaba bien, si necesitaba ayuda, si quería que avisasen a la policía. Ni una sola persona. Nadie se levantó para ir a avisar a los policías y soldados que había a escasos metros.
No consigo quitarme la cara de esa mujer de la cabeza. Su melena pelirroja, sus gafas de pasta de concha. Su cabreo justificado. Se levantó, fue a por la policía, vinieron cinco o seis policías que se miraban unos a otros con cachondeito mientras el fotógrafo salía por otra zona. Un policía pregunto si alguien había visto a ese hombre. Nadie dijo nada. Yo señalé con el dedo en la dirección en la que se había ido el tío, pero ni los policías me miraron ni yo levante la voz o hice mucho por que me vieran.
Me dio vergüenza ver que nadie hizo nada porque era un hombre blanco poniendo en su sitio a una mujer que estaba viajando sola a esas horas. Hubo hombres que no sólo no entraron a defender a la mujer sino que encima metieron cizaña. Sí, creo que a estas alturas de la vida las mujeres nos sabemos defender solas, no necesitamos un hombre que nos saque las castañas del fuego. Una vez dicho esto, lo que desde luego no es aceptable es que un hombre meta cizaña. Si no vas a decir nada bueno, mejor quédate callado guapo.
Me dio vergüenza ver la cara de “se lo merece, la culpa es suya” que tenían los demás pasajeros como si la mujer estuviera loca o algo, como si sus protestas no estuvieran justificadas. Muy normal la pobre mujer no estaba: ella misma gritaba que era lo que le faltaba, que tomaba prozac y era la última vez que cogía el tren tan tarde. Pero aun en el supuesto de que fuera una enferma mental ¿es que los enfermos mentales no tienen derechos? ¿es que cualquiera puede ir a una estación a hacerle fotos a un enfermo mental y la gente se va a quedar tan tranquila mientras ve un abuso de ese tipo?
Más que vergüenza por la esposa del fotógrafo (que no solo no le dijo nada mientras acosaba a la otra mujer si no que lo ayudo a salir sin que lo viera la policía, se fue con los niños por otro anden y subió a ver que todo estaba tranquilo) me dio mucha pena. Mujeres así son las que crían a maltratadores. Porque los tres o cuatro hijos de la pareja estaban delante y no sólo vieron “la gracia” del padre sino como su madre se la reía. Además, si el tío es así de cabrón con alguien que no conoce de nada imagínate como será el trato que le dé a la mujer en su casa.
Pero sobre todo se me cae la cara de vergüenza por no mover un dedo para no tener problemas con la policía. Me duele ser una paranoica y haber pensado que íbamos a acabar en comisaría y que mejor era no decir nada porque si acabásemos en comisaría a mi me iban a hacer muchas preguntas, mi situación legal iba a salir a relucir e iba a acabar en algún centro de detención de extranjeros en New Jersey. Es una putada ser extranjera en un país que no es el mío, conocer el idioma (que es una gran ventaja respecto a millones de inmigrantes que vienen aquí sin saber inglés y no lo aprenden nunca) y quedarme callada por imbécil.
En el tren me monte una película que te cagas: que si el hombre era un terrorista y lo de las fotos a la del prozac había sido una maniobra de distracción, que la mujer que iba con él no le pegaba y los niños no se parecían a ninguno, que a ver si no por qué estaba haciéndole fotos a la estación… de eso hace ya quince días. No ha pasado nada y esperemos que no pase. Porque como pase algo, mas de un@ y más de dos nos vamos a acordar del ratito tan entretenido que pasamos con aquella “loca”.
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