La mujer y la guerra civil guatemalteca
© Pilar Yoldi,
Yolanda Aguilar, Claudia Estrada, Envío
- Durante la guerra,
durante el genocidio cometido contra el pueblo maya, el patrón patriarcal de
actuación de los vencedores hizo sufrir indeciblemente a las mujeres. Tanto
dolor, tantas humillaciones han ido forjando un nuevo protagonismo y una nueva
conciencia en las mujeres guatemaltecas.
Cerca de 200 mil
muertos y desaparecidos, un millón de desplazados, más de 400 aldeas arrasadas,
200 mil niños y niñas huérfanos, 40 mil viudas. Son algunas de las
escalofriantes cifras que arrojan los 36 años de guerra civil vividos en
Guatemala desde 1960 a 1996. Lo que estos recuentos no reflejan es el saldo
oculto de miles de mujeres muertas, torturadas o sometidas a diferentes tipos
de vejaciones, cometidas fundamentalmente por el Ejército y por los aparatos de
seguridad del Estado guatemalteco.
Una aproximación a
este difícil análisis fue realizada por el equipo del Proyecto de
Reconstrucción de la Memoria Histórica (REMHI), auspiciado por la Iglesia
católica. El informe REMHI fue presentado públicamente el 26 de abril de 1998.
Dos días después, el coordinador del informe, el obispo Monseñor Juan Gerardi,
fue asesinado en circunstancias todavía no esclarecidas por el sistema de
justicia guatemalteco, donde continúa reinando la impunidad.
Mujeres: una violencia específica
Aunque en un
principio el proyecto REMHI no se planteó un análisis concreto de las
repercusiones de la guerra sobre las mujeres, el trabajo de tres años y la
recogida de más de 6 mil testimonios -muchos de ellos de mujeres- puso de
manifiesto esta realidad y lo específico de los efectos de la violencia entre
ellas, tanto en las muertas como en las sobrevivientes.
Según los datos
del informe, el 90% de las víctimas del conflicto fueron hombres. La mitad de
los testimonios que se recogieron para elaborar el informe fueron de mujeres.
Sin embargo, al hablar, las mujeres no se centraron de una manera específica en
su experiencia como mujeres, ni se consideraron -en su mayoría- a sí mismas
como víctimas, sino que denunciaron fundamentalmente hechos que afectaron a sus
familiares. Queriendo acabar con esta clara invisibilidad -el no visualizarse a
sí mismas como víctimas-, nuestro equipo realizó entrevistas específicas a
mujeres informantes clave, y entrevistas colectivas en regiones muy afectadas
por la violencia, con el fin de facilitar la comprensión de los efectos de la
violencia en las vidas de las mujeres y en su participación y rol social.
El documento final
de esta investigación, titulado "Enfrentando el dolor. De la violencia a
la afirmación de las mujeres", analiza el impacto de la violencia en las
guatemaltecas, las formas con las que enfrentaron los hechos traumáticos y su
protagonismo para mantener el tejido social destruido por la violencia. Las
mujeres compartieron la experiencia de sus comunidades, grupos o familias, pero
también sufrieron formas de violencia específica, reaccionando de distintas
maneras en algunas ocasiones, replanteando su papel como mujeres y asumiendo un
gran protagonismo en la recuperación familiar y social.
Descubrimos los
objetivos que tuvieron formas más importantes de violencia contra las mujeres,
especialmente masacres, violaciones sexuales, torturas y humillaciones. Y nos
asomamos al panorama de algunas de las formas con que las mujeres afrontaron la
violencia y sus consecuencias en medio de condiciones muy difíciles, muchas
veces solas o haciéndose cargo de su familia. Las mujeres que preservaron la
vida de sus familias y comunidades merecen un reconocimiento. No hay que
olvidar, además, que fueron mujeres guatemaltecas las que primero se
movilizaron para buscar a sus familiares, hacer públicos los hechos de
violencia y presionar a las autoridades. Ellas fueron las impulsoras de
organizaciones como el GAM (Grupo de Apoyo Mutuo), CONAVIGUA (Coordinadora
Nacional de Viudas de Guatemala) o FAMDEGUA (Familiares de Desaparecidos de
Guatemala). Pasaron así de la búsqueda individual de sus familiares a la
organización, empezando a abrir espacios sociales para la búsqueda de los
desaparecidos y para el reconocimiento de la verdad.
Genocidio del pueblo maya
El horror, la
muerte, las torturas y las vejaciones afectaron gravemente tanto a los hombres
como a las mujeres, a los niños y a las niñas, a los ancianos y a las ancianas.
Y aunque la mayoría de las víctimas reportadas son hombres, en hechos
colectivos de violencia como las masacres las diferencias disminuyen: el 60% de
las masacres fueron contra mujeres y, en lo que respecta a las víctimas de
menor edad, los asesinatos de niños y niñas de forma indiscriminada fueron una
forma de acabar con las comunidades: el 40% de las masacres analizadas
implicaron la muerte de niños y niñas. Las posteriores investigaciones
realizadas por la Comisión de Esclarecimiento Histórico de la ONU, nacida de los
acuerdos de paz y cuyo informe final se hizo público el 25 de febrero de 1999,
parten de estos hechos para asegurar que durante la guerra en Guatemala se
cometió genocidio en contra del pueblo maya: "Entre 1981 y 1983, en
ciertas regiones del país, agentes del Estado de Guatemala cometieron actos de
genocidio en contra de grupos del pueblo maya. Se llegó al exterminio masivo de
comunidades mayas inermes, a las que se atribuía vinculación con la guerrilla,
incluyendo niños, mujeres y ancianos y aplicando métodos cuya crueldad causa
horror en la conciencia moral del mundo civilizado".
"Compañeras de guerrilleros"
Aunque globalmente
las mujeres fueron en mayor medida sobrevivientes, teniendo que enfrentar en
condiciones muy precarias las consecuencias de la violencia en sus familias y
comunidades, también se desarrollaron formas de violencia específicas contra
las mujeres. Los testimonios recogidos por REMHI relatan, por ejemplo, la
llegada de los soldados a las aldeas buscando a los colaboradores de la
guerrilla y, al no hallarlos, la saña con que atacaban a las mujeres: "Los
soldados les decían: Y si no aparecen sus maridos, buscan otro en el pueblo,
que tantos hombres que hay allí, buenos hombres hay. En cambio, sus esposos son
compañeros de guerrilleros y están armados. A ella le dieron de beber orines y,
como no los tomó, le dijeron: "Verdad que ustedes son compañeras de los
guerrilleros?". (Baja Verapaz, T 544)
Uno de los
instrumentos de presión más fuertes contra las mujeres fue la violencia contra
sus hijos. Su muerte y tortura delante de sus madres se usó como herramienta de
terror sicológico. Especialmente escalofriantes resultan las repetidas
denuncias de horrores contra las mujeres embarazadas y contra los niños que
llevaban en su vientre: "Las mujeres que iban embarazadas, una de ellas
que tenía ocho meses ahí le cortaron la panza, le sacaron la criatura y lo
juguetearon como pelota. De ahí le sacaron una chiche (un pecho), y la dejaron
colgada en un árbol.
" (Barillas,
Huehuetenango, T 06335) "Lo que hacían con las mujeres era abrirles el
estómago, sacarles el feto y lo tiraban así a los árboles". (Entrevista
0165)
La cruel pauta de las masacres
De entre las 422
masacres documentadas por REMHI, son muchas las que refieren un modo de
proceder específico en contra de las mujeres. Las masacres no fueron actos
espontáneos de violencia contra una comunidad. Fueron planificadas y ejecutadas
de forma muy organizada. En la secuencia de hechos del "trabajo de
matar" lo habitual era acabar primero con los hombres, dejando aparte al
grupo de las mujeres, para utilizarlas obligándolas primero a cocinar para sus
victimarios, y humillarlas después haciéndolas bailar o hacer fila para
violarlas antes de asesinarlas.
"Entonces
vino el ejército y les dijo: Tal vez no las vamos a matar a ustedes, pero vayan
a traer una gallina cada una, son doce hombres y doce son ustedes mujeres,
entonces serán doce las que traerán para el almuerzo. Ellas se fueron rápido y
trajeron las gallinas de sus casas. Entonces empezó la masacre: si el hijo
cumple con las patrullas y el padre no, es el hijo el que mata al papá, si es
el hijo el que no cumple, es el papá el que se mancha las manos para matar al
hijo. Después se tiró el apaste al fuego y las doce gallinas. Las señoras
mismas empezaron a preparar. El ejército las mandó a hacer bien la comida
después que ya habían matado a los doce hombres. Los mataron y torturaron y
fueron a traer gasolina. Cuando se quemaron todos, dieron un aplauso y
empezaron a comer". (Quiché, T 2811)
Violando cuerpos y dignidades
En el interminable
listado de vejaciones, humillaciones y torturas que las mujeres padecieron, la
violación sexual ocupa un lugar destacado. Los testimonios de REMHI incluyen el
reporte de 185 denuncias específicas de violación sexual.
En varias la
violación fue causa de muerte y hubo tortura sexual y esclavitud sexual -con la
violación reiterada de la víctima-. Sin embargo, las violaciones aparecen en
número mucho mayor en los relatos de violencia. En uno de cada seis casos de
masacres analizados hubo violaciones de mujeres como una pieza del modo de
actuación de los soldados o de los patrulleros de las Patrullas de Autodefensa
Civil.
"Seis
soldados violaron a la mujer de un amigo suyo, delante del esposo. Fueron muy
frecuentes las violaciones a las mujeres por parte del ejército. A la mujer de
otro conocido y a su hija las violaron 30 soldados". (Chajul, T 7906)
"Un día logré
escapar y escondida vi a una mujer. Le dieron un balazo y cayó. Todos los
soldados dejaron su mochila y se la llevaron arrastrada como a un chucho a la
orilla del río. La violaron y mataron. También un helicóptero que sobrevolaba
bajó y todos hicieron lo mismo con ella". (Nebaj, Quiché, T 11724,
victimario)
Para comprender el
significado de estas denuncias, hay que recordar que la violación sexual, por
los ingredientes de culpa y vergüenza que la caracterizan, es poco denunciada
en relación a la frecuencia con que se denuncian otros hechos de violencia,
como torturas o asesinatos. Si los estudios sobre la violación en el mundo
occidental consideran que sólo se declara uno de cada cinco casos de violación
sexual podemos considerar que, entre las mujeres mayas guatemaltecas, la
subdeclaración debe ser mucho mayor.
"Pero yo sola
sabía porque si les digo a la gente pues me van a decir: Esa es su costumbre.
Como me da vergüenza mejor sola yo sabía, ni a mis hijos ni a nadie le
dije". (San Miguel Chicaj, Baja Verapaz, 1982, Caso 5057)
La violación
sexual fue una frecuente forma de tortura contra las mujeres, pero no fue el
único modo de ultrajarlas y violentarlas. Prácticas atroces que llegan a la
tortura sexual extrema y que incluyen la mutilación fueron otro modo de matar a
las mujeres. "Encontraron a la madre muerta boca abajo con las nalgas
arriba y sin corte (falda). Le habían cortado la boca y le sacaron las tripas y
el cuerpo lleno de sangre. En cambio, a mi hermana le cortaron las chiches
(pechos), y así en ese mismo momento la recogimos y la enterramos".
(Vicalamá, Nebaj, Quiché, T 11713)
Las mujeres fueron
parte del botín de guerra y las violaciones se convirtieron en una demostración
de poder, en expresión de victoria y humillación sobre los vencidos, y en
castigo a aldeas enteras vejando así a sus habitantes al considerarlos más
débiles según el patrón patriarcal. En otros casos, los oficiales del ejército
consideraron la violencia contra las mujeres como una forma de humillar o
eliminar a "las madres de los futuros guerrilleros", o bien
convirtieron la violación sexual en moneda de cambio para dejar vivas a las
mujeres.
De mil formas la
violencia dirigida contra las mujeres adquirió caracteres de genocidio al
atentar contra las bases del tejido social de las comunidades. Se intentó
exterminar a las mujeres y a los niños y niñas de muchas comunidades, buscando
matar la continuidad de la vida y la transmisión de la cultura.
Consecuencias del desprecio
En los testimonios
de REMHI se describen hechos de violencia contra las mujeres, pero se
encuentran muy pocas referencias a la vivencia de las mujeres que sufrieron
estas vejaciones. Esta ausencia puede ser en buena parte consecuencia de la
dificultad de las mujeres para hablar de lo que consideran un estigma personal.
Los efectos
traumáticos -físicos y síquicos- de una violación no sólo son individuales.
Además de la humillación personal y del aislamiento familiar que puede sufrir
la mujer, los esposos, hermanos y padres suelen sentirse responsables por la
violación de su familiar, impotentes ante una tragedia que no lograron evitar.
El valor cultural o religioso de la "pureza" y de la intimidad sexual
hacen que las mujeres afectadas o sus familias se sientan muy afectadas por esa
experiencia. La resignación y el retraimiento y los sentimientos de culpa de
las víctimas de violación aumentaron su dolor y sobrecarga como huérfanas y
viudas, inhibiéndolas para cualquier iniciativa. Mientras que a los hombres y a
las mujeres heridos o asesinadas se les considera "héroes" o
"mártires", no hay un estatus similar para las mujeres violadas. Les
ocurre como a las personas desaparecidas: el sufrimiento de la familia no
termina de ser validado.
Viudas y solas: rehacer la vida
Además de la
enorme sobrecarga personal y afectiva que sufrieron las mujeres, muchas de
ellas tuvieron que enfrentar cambios no sólo en su vida cotidiana sino también
en su rol social. Fueron las mujeres las que primero se movilizaron para buscar
a sus familiares, para hacer públicos los hechos o para presionar a las
autoridades. Al mismo tiempo, tenían que preservar la vida de los que quedaron
y garantizar su sobrevivencia personal y familiar. Todo esto se sumó al gran
desgaste emocional con que las hirieron las consecuencias de haberse visto
expuestas a la violencia: soledad, sobrecarga y una valoración negativa de sí
mismas.
Durante los años
del conflicto armado, y dejando a un lado su papel tradicional, las mujeres
fueron la columna vertebral de la estructura familiar y social. Se encargaron
del cuidado de los niños, los ancianos y los enfermos como único sostén
económico de la familia para garantizar su sobrevivencia. Muchas veces hicieron
todo esto obligadas a desplazarse a otras comunidades, huyendo a la montaña o
refugiándose en México con hijos y familiares.
Convertidas muchas
de ellas en viudas o "mujeres solas", hicieron frente al desafío de
sacar adelante a la familia sin el apoyo ni el afecto de sus hombres. Según
nuestros datos, las viudas siguen siendo en la actualidad uno de los grupos que
necesitan más apoyo. "Me dejaron como un pájaro entre una rama seca."
(Malacatán, San Marcos, T 08674)
Protagonistas y con autoridad
Las situaciones de
emergencia social hicieron que muchas mujeres tuvieran un mayor protagonismo
público en sus comunidades o en la sociedad, al asumir funciones que
tradicionalmente les habían sido negadas.
Muchos de los
conceptos tradicionales sobre el papel y el comportamiento de las mujeres han
variado como consecuencia de la guerra y de la violencia que destruyó el tejido
comunitario y como consecuencia también de la toma de conciencia de muchas
mujeres sobre su situación de dependencia. "Tuve que huir a la montaña
llevando conmigo a mis nietos y a mi hijo que mataron. Actualmente me dedico a
elaborar redes, lazos y a cultivar milpa junto a mis dos nietas, huérfanas de
la violencia". (El Juleque, Santa Ana Petén, 1982, T 01791)
En otros casos las
duras circunstancias vividas han hecho que las mujeres se reconozcan a sí
mismas, con mérito y autoridad, como cabezas de familia. Esa revalorización de
su condición muestra su fuerza para responder a las consecuencias de la
violencia. Las enormes dificultades permitieron a muchas mujeres crecer en
autoestima. Confrontarse con experiencias de violencia extrema y tener que
hacer frente a las consecuencias de hechos violentos ha hecho que algunas
tengan hoy una mayor conciencia social, que se une a su afirmación como mujeres
y a sus demandas y formas de lucha por su dignidad. "Ya no queremos vivir
lo pasado, porque ya sufrieron nuestros difuntos y lo volvemos a sufrir si no
nos levantamos. Si no le ponemos importancia, no lo arreglamos. Es necesario el
estudio para poder defendernos y definir que lo que nos hicieron no fue bueno.
Porque sufrimos por no saber leer y escribir". (1986, Salamá, T 3090)
Buscando a quienes se ama
La búsqueda de los
familiares desaparecidos ha sido una de las luchas más angustiosas vividas en
Guatemala como consecuencia de la represión política. Esta empresa ha sido
impulsada, sobre todo, por las mujeres. La eterna duda sobre lo que pasó, sobre
el lugar donde estarán, el dolor de no saber si están vivos o muertos o si es
posible encontrarlos, son algunas de las infinitas interrogantes de quienes día
a día recorrieron todos los caminos, buscando en todas partes con la esperanza
de encontrar a sus seres queridos.
Esta lucha
incansable de las mujeres no midió costos, ni pesó los sacrificios que fueran
necesarios. Cuando las mujeres entendieron que ya no tenían nada que perder y
que si no hacían nada perderían más, se comprometieron en la búsqueda. La
fuerza la hallaron en el valor que para ellas tenían las víctimas.
Confrontadas a
este tipo de situaciones extremas, las mujeres demostraron una gran capacidad
de sobreponerse al desaliento, de recuperarse del dolor y de implicarse en
proyectos nuevos. "El dolor era tan grande que creo que no nos dábamos
cuenta de lo que estábamos haciendo. Sólo había que rescatar al ser querido,
había que rescatarlo. Eso era lo único que pensábamos, en la otra persona, que
según nosotros estaba siendo torturada. Hay que hacer cualquier cosa para
rescatarlo". (Entrevista 015)
La búsqueda se
convirtió en la única alternativa para enfrentar al ejército y para desafiar el
terror que provocaron las desapariciones, y se constituyó en la más firme
actitud de defensa de los derechos humanos durante los peores años del
conflicto armado. Las madres, esposas, hijas y hermanas de los desaparecidos
fueron las primeras en atreverse a enfrentar la situación de violencia
institucionalizada que el país vivía.
Recuperando la voz
Nunca antes las
mujeres habían sido consideradas importantes en la vida política del país, pero
en esta hora primera fueron ellas las que dieron infinitas muestras de valentía,
firmeza y esperanza.
Estos esfuerzos
tuvieron una expresión organizada desde inicios de la década de los años 70.
Los primeros Comités de Familiares de Desaparecidos estaban conformados por
madres y familiares que realizaban gestiones y denuncias, tanto a nivel
nacional como internacional. A partir de 1984, con el nacimiento del GAM, la
búsqueda se convirtió en el principal esfuerzo organizado en la lucha por los
derechos humanos durante los años más difíciles de la guerra. La sociedad
guatemalteca, aterrorizada todavía entonces por la represión, recuperaba su voz
en la voz de las mujeres que protestaban en las calles reclamando a sus
familiares y expresando los deseos de justicia que muchos otros no se atrevían
a plantear. Posteriormente, la evolución de la situación política y el
surgimiento de distintas visiones sobre la lucha por los derechos humanos
hicieron aparecer nuevos grupos, como FAMDEGUA. Las acciones también fueron
evolucionando. De la denuncia y el apoyo mutuo pasaron a la investigación de
casos de masacres, al acompañamiento de exhumaciones y a las demandas de
justicia y resarcimiento.
La hora del reconocimiento
Algunas mujeres se
constituyeron en líderes de la lucha por los derechos humanos y su voz se alzó
en el escenario internacional revelando la situación de Guatemala. Lucharon y
luchan contra la impunidad y por los derechos de todas y de todos: Rigoberta Menchú,
Hellen Mack y Rosalina Tuyuc son las más conocidas.
Otros grupos, como
CONAVIGUA, pusieron de manifiesto la preeminencia de la problemática de las
viudas, uno de los grandes sectores sociales afectados por la violencia.
Plantearon reivindicaciones que trascendieron la búsqueda de sus familiares: la
lucha contra la militarización en las áreas rurales, y especialmente la lucha
contra el reclutamiento forzoso. Entre las mujeres refugiadas también se dieron
procesos de organización y reflexión sobre su situación específica. Muchísimas
otras mujeres participaron en organizaciones sociales o políticas más amplias.
La confluencia de
los esfuerzos de las mujeres de los distintos movimientos sociales con los de
las mujeres afectadas por la violencia, propició la revitalización de muchos
grupos, contribuyendo a un mayor reconocimiento social de sus demandas. En este
doloroso camino, las mujeres, que por tanto tiempo fueron invisibles para la
sociedad, deben ser ahora reconocidas como sujetas de cambio. Es hora de que
sus aportes sean respetados y valorados como ejemplos de dignidad, como piezas
indispensables en la defensa de la vida.
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