Alanna Krause: Dejando que los niños hablen por sí mismos


* * carta escrita por Alanna Krause cuando tenía 16 años, puedes leer el original aquí: http://www.courageouskids.net/ ">http://www.courageouskids.net/


- los menores necesitan abogados que defiendan sus derechos justa y fuertemente

Cientos de años de historia legal han llevado a los EEUU a implementar un sistema que asegura que cada parte implicada en un proceso legal tiene voz. Dormimos tranquilos sabiendo que, al contrario de lo que pasa en otros países, no podemos ser encarcelados sin un juicio justo con un abogado a nuestro lado. Menudo país el nuestro: tan civilizado, tan bien planeado. Dios bendiga a América.

Pero hay una minoría olvidada a la que no se le permiten estos derechos básicos. No son criminales o extranjeros. Al contrario, son un grupo al que le tenemos mucho cariño, un grupo inocente y con buenas intenciones, sin agendas ocultas ni motivos retorcidos: los niños.

En lugar de ser representados, los niños vemos “lo mejor para nosotros” representado/decidido por adulto. Nosotros no tenemos elección ni opción a recurso si los adultos que nos representan defienden sus propios intereses.

¿Un ejemplo? el mío.

Mis padres se separaron cuando yo tenía 5 años iniciando una batalla legal por mi custodia que duró nueve años. Nunca tuve la menor duda de que quería estar con mi madre. Mi padre, Marshall Kraiuse, es un maltratador; vivir con él fue un infierno físico y mental y definitivamente no algo positivo para mí. Esto le pareció irrelevante a la corte de familia Marin. Mi experiencia en la corte de familia consistió en jueces, abogados, evaluadores y trabajadores sociales que se olvidaron de sus consciencias y de sus juramentos profesionales. Todos estos profesionales trabajaron no sólo en detrimento de lo que era lo mejor para mí sino también en contra de mi salud y mi seguridad.

Mi padre, un abogado rico y con influencias, utilizó su dinero y contactos para manipular al sistema. No lo hizo solo. El evaluador seleccionado por el tribunal, Edward Oklan, cayó bajo su hechizo e ignoró los informes detallando los abusos de mi padre con las drogas y su maltrato contra mí. La abogada a la que se le encargó mi representación, Sandra Acevedo, pasó todo el tiempo que le tocaba repitiendo como un loro las palabras de mi padre para convencerme de que yo quería vivir con él. Ella ignoró los informes donde se detallaba el maltrato al que fui sometida. Y la terapeuta a la que me llevó mi padre, Lana Clark, estaba bien lejos de ser objetiva porque se acostaba con él.

La juez, amiga de mi padre durante mucho tiempo, se limitó a poner su sello en cualquier orden que mi padre solicitara. Le escribí cartas, llamé a su oficina e hice todo lo que pude para que me escuchase. Ella ignoró mis suplicas. Yo no tenía derechos. No podía sustituís a mi abogada con un@ que me representase y no podía representarme a mí misma en el tribunal. NO podía re-examinar a los evaluadores del tribunal o a los terapeutas y así sus opiniones eran inapelables. Me sentí como si estuviera viendo el juicio desde la otra parte de un cristal blindado a prueba de ruido.

Mi madre hizo lo que pudo pero se trataba de un enfrentamiento entre David y Goliat. No tenía la más mínima oportunidad. Después de años de lucha y sacrificios sin ganar otra cosa que el importe de los costos legales, no le quedó más remedio que renunciar a seguir luchando y seguir viviendo con la esperanza de que algún día yo pudiera salir de mi situación por mí misma.

Mientras viví con mi padre, hice todo lo posible por sobrevivir. Lo denuncié 9 veces a los servicios sociales y llamé varias veces a la policía pero no obtuve ayuda. Siempre me decían que a no ser que tuviera testigos o moratones no podían justificar el maltrato que yo alegaba. Finalmente, un día mi padre me tiró contra una pared del colegio y una profesora llamo a los servicios sociales.

Nunca lo ha reconocido, pero ese día mi padre fue presa del pánico. Él había trabajado muy duro para construir una delicada maraña de mentiras y verdades retorcidas para aparentar ser un padre modelo cuya “inestable” ex mujer le había producido a su hija “síndrome de alienación parental” lo que había resultado en mis fantasías. La verdad era su mayor miedo.

Actuando rápidamente, hizo que mi terapeuta (su amante) de repente decidiera que era una adolescente peligrosamente perturbada y que necesitaba ser encerrada. Así que a mis 11 años, con unas notas perfectas, sin haber probado nunca las drogas, el alcohol o el sexo, sin haberme peleado nunca con nadie, fui enviada a un centro de detención juvenil en otro estado donde me encerraron con  niños de 17 años que estaban allí por ser traficantes de droga y miembros de bandas callejeras. Fui golpeada, acosada y se me prohibió comunicarme con el mundo exterior. Se me obligó a ir a terapia donde intentaron hacer que creerá que mi madre estaba loca, que el abuso de drogas de mi padre no existía y que me había imaginado los malos tratos de mi padre.

Cuando me di cuenta de que la verdad no me estaba llevando a ninguna parte mentí y repetí sus palabas como un loro. Tardé 6 meses en convencerles de que estaba “curada”. Aferrarme a la verdad fue lo más duro que he hecho en la vida.

Afortunadamente, cuando me pusieron en libertad mi padre me mandó a un internado. Los dos años que pasé allí fueron los mejores desde que me separaron de mi madre. Cuando volví a casa de mi padre con 13 anos no pude seguir soportándolo. Sabiendo que nunca iba a encontrar justicia en Marin, me escapé de casa esperando encontrar un juez más justo en otra parte. Acabé en los Ángeles.

La corte juvenil de Los Ángeles aceptó mi caso y me llevó a una casa segura. Los investigadores y evaluadores de la corte dictaminaron que mi madre era una madre segura y que mi padre era peligroso. Mi padre contrató a un abogado carísimo e intentó utilizar sus viejos trucos pero el juez no se lo permitió. A mi madre le dieron mi custodia y a mí se me permitió decidir si quería ver o no a mi padre.

La práctica de intentar decidir qué es lo mejor para los intereses de un/a menor existe porque supuestamente l@s menores no pueden hablar por sí mismos. Aun así, a los 11 años yo podía hablar por mí misma. Tenía mis propias opiniones pero a nadie pareció importare. La juez me negó mi derecho a representación legal, especialmente cuando la abogada nombrada por el tribunal no quería contar mi punto de vista. Por supuesto, no hay garantías de que escucharme hubiera hecho que la juez se olvidase de sus propias convicciones y de la influencia de mi pare pero ¿Quién sabe? por lo menos habría quedado reflejado en las transcripciones del juicio.

Mi derecho como norteamericana es tener representación legal en un juicio, pero cuando mi abogada no quería defender mis intereses, se me negó ese derecho.

Ningún norteamericano debería ser encerrado sin un juicio justo frente a un jurado de sus iguales o algún equivalente, pero nos pasa a los menores todo el tiempo. Tenemos un sistema judicial elaborado que mantiene a los adultos inocentes fuera de la cárcel pero no hay ningún sistema que prevenga el falso encarcelamiento de menores en cárceles para menores y hospitales mentales.

Los niños no somos parte en los procesos de divorcio – somos sólo un objeto más que hay que repartir. Los niños somos personas. Como ciudadanos debemos tener derechos humanos y legales. Y cuando aquellos adultos que deben hablar por nosotros fallan, debemos tener la opción de recurrir.

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