Derechos sexuales y reproductivos de las mujeres Ashaninka de Perú

© Ángeles Cabria
Fuente: "Sexualidad, Estigma y derechos humanos. Desafíos para el acceso a la salud en América Latina" de la Universidad Peruana Cayetano Heredia (ISBN 9972-806-25-1).

Más allá del proteccionismo y las buenas intenciones. Un análisis de la situación de los derechos sexuales y derechos reproductivos de las mujeres indígenas de América Latina: el caso de las mujeres Ashaninka del Perú.

"Las mujeres indígenas no solo tenemos mayores dificultades para acceder a los servicios educativos sino más dificultades para salir de la pobreza por las responsabilidades familiares y el cuidado de los niños, la discriminación para acceder al mercado de trabajo, la segmentación de las ocupaciones y los menores salarios. Hay una complementariedad entre la dominación etno-cultural y la de género, es decir las mujeres somos consideradas inferiores no solo por ser mujeres sino también por ser pobres e indígenas"

Este artículo no pretende dar respuesta a la complejidad de factores que determinan la situación actual de falta de acceso y ejercicio de las mujeres indígenas de América Latina a sus derechos sexuales y reproductivos (DDSSyRR) sino contribuir a visibilizar y analizar su situación, planteando algunos argumentos que amplíen el debate entre la diversidad del movimiento indígena del continente y la pluralidad de sectores, incluyendo el gubernamental, no gubernamental y la cooperación internacional al desarrollo, que juegan un papel clave en posibilitar el ejercicio de los mismos. Como caso emblemático de análisis de los DDSSyRR me centraré en las mujeres Ashaninka de la selva central peruana, cuya precaria situación de salud sexual, y la ausencia de un concepto de derechos sobre su sexualidad y sus vidas, están directamente relacionadas tanto a la falta de equidad en la toma de decisiones en el contexto familiar y comunitario, como a la casi total falta de acceso a la educación y a los servicios de salud sexual y reproductiva. Las informaciones y datos presentados sobre las mujeres Ashaninka son el resultado, principalmente, de las investigaciones llevadas a cabo por Astrid Bant, desde una perspectiva antropológica feminista sobre asuntos de género con comunidades amazónicas, y del diagnóstico de salud sexual y reproductiva realizado bajo la coordinación de Giovanna Cavero desde la Asociación para la Conservación del Patrimonio Cutivireni (ACPC) en las comunidades de los ríos Ene y Tambo de la región Junín de la selva central peruana.

Las mujeres indígenas del continente americano han contribuido en gran medida a las luchas reivindicativas por la supervivencia y autodeterminación de los pueblos indígenas, asumiendo solas, en muchas ocasiones, la responsabilidad de los hogares debido a la ausencia de los hombres por conflictos violentos o desplazamientos forzados; se han organizado en asociaciones o cooperativas a nivel local y, en la última década, con otras mujeres indígenas de las Américas y del mundo. Sin embargo, como apunta la activista quechua Tarcila Rivera Zea (Rivera, 2003), aún no se ha dado una articulación entre las mujeres activistas de los movimientos indígenas en materia de género, sexualidad y derechos de las mujeres. Aunque el movimiento de mujeres indígenas contribuyó a que se incluyera en el Programa de Acción de la Conferencia Internacional de Población y Desarrollo del Cairo (1994) el reconocimiento de la medicina tradicional y el respeto al papel de los proveedores de salud tradicionales, y consiguió elaborar una Declaración de Mujeres Indígenas de Beijing5, documento sin precedentes en conferencias anteriores, las voces de las mujeres indígenas no han sido suficientemente recogidas en las conferencias de las mujeres y sobre DDSSyRR y, por lo tanto, sus necesidades y propuestas están en su mayoría aún ausentes en los acuerdos internacionales.

Las causas de la invisibilidad de la situación de falta de equidad y de acceso de la diversidad de mujeres indígenas del continente a recursos y servicios de salud sexual y reproductiva están así mismo relacionadas a la ausencia de inclusión de la perspectiva étnica y de raza en la mayoría de las encuestas demográficas y documentos a nivel tanto nacional como internacional, concretamente en los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), como veremos mas adelante en este artículo. Consecuentemente, la escasez de información sobre la situación de los DDSSyRR de las mujeres indígenas evidencia la falta de adecuación de medidas y acciones necesarias para lograr la equidad en el acceso de todas las mujeres a sus derechos, y no meramente a una protección patriarcal por parte de las instituciones del Estado que tiende a perpetuar la situación de inequidad

Uno de los dilemas claves en el debate sobre los DDSSyRR de las mujeres indígenas se presenta en el contexto del conflicto entre los modelos occidentales de desarrollo de visión "globalizadora" que imponen un modelo hegemónico y universalista de derechos humanos en el actual marco capitalista global de economía de mercado, y la visión del relativismo cultural basada en la variabilidad de las normas o reglas éticas inherentes a la diversidad de culturas del mundo, que solo pueden ser, de acuerdo a la doctrina relativista, juzgadas o validadas dentro de cada cultura y no desde la perspectiva de fuerzas exteriores (Donnelly, 2000). El relativismo cultural, por tanto, afirma "el derecho universal a la diferencia" en contraposición al absolutismo de los derechos universales (Bant & Motta, 2001).

Si a esta disyuntiva relativista del derecho universal a la diferencia frente a la globalización o universalidad del derecho añadimos la superioridad que el derecho colectivo de la comunidad tiene en el contexto del derecho indígena respecto a los derechos individuales de las personas, nos acercamos a uno de los cuestionamientos concretos que se viene debatiendo desde diversos frentes, en lo que se refiere a la idoneidad de la Declaración Universal de Derechos Humanos así como de los programas y plataformas de acción sobre DDSSyRR de las conferencias internacionales de las mujeres, (y de población y desarrollo de la última década) para ser aceptados por las comunidades indígenas como los marcos referenciales para avanzar en la situación de los DDSSyRR de las poblaciones indígenas.

Las mujeres indígenas organizadas hoy en día están abogando desde el derecho colectivo por el desarrollo político, económico, social y cultural de los pueblos indígenas, el derecho tanto colectivo como individual de las mujeres indígenas a la equidad de los géneros y contra toda forma de discriminación contra las mujeres a lo interno de las comunidades indígenas. Las dos concepciones de derechos individuales y colectivos no solamente no son opuestas sino que obligan a que unos no se puedan dar sin la realización de los otros. Además, para que se de un progreso en el acceso de las mujeres indígenas al ejercicio de sus DDSSyRR, éstos deben de ser entendidos como derechos ciudadanos esenciales en el desarrollo integral de las mujeres y sus comunidades, y no como derechos de segunda fila solo accesibles a las  mujeres urbanas de clase socio-económica media-alta.

Las respuestas a estas problemáticas tienen que resultar de un amplio diálogo intercultural entre la diversidad de actores que pueden influenciar en los cambios tanto de comportamiento como legislativos, necesarios para garantizar el empoderamiento de las mujeres indígenas que, a su vez, contribuya a situarlas en el centro del debate y articulación sobre sus DDSSyRR, y facilite la implementación de los acuerdos internacionales ratificados por la mayoría de los países de América Latina6. Para ello, es fundamental definir claramente los posibles roles que las organizaciones no gubernamentales y agencias cooperantes internacionales puedan jugar en este escenario.

Como destaca Beth Conklin (2004), la temática de los derechos reproductivos no solo abre un nuevo espacio de diálogo entre sectores, sino que su entendimiento de la salud pública desde una perspectiva integral facilita dicho diálogo al aproximarse al concepto holístico de la sabiduría tradicional de los pueblos indígenas. Las organizaciones indígenas de mujeres están identificando un lenguaje y argumentos comunes que les permita avanzar en el campo de los DDSSyRR dentro del contexto de las luchas socio-políticas, económicas y culturales de los pueblos indígenas.


Perfil demográfico y epidemiológico de las mujeres indígenas y Ashaninka

En los albores del siglo XXI y a más de una década de la instauración de un nuevo paradigma sobre población y desarrollo centrado en la integralidad de la salud sexual y reproductiva en base a los derechos sexuales y reproductivos como parte fundamental de los derechos humanos, éstos están muy lejos de materializarse para una gran proporción de las mujeres, hombres y jóvenes de América Latina y el Caribe (ALC), principalmente en las áreas rurales y entre las poblaciones indígenas. El actual perfil epidemiológico de las poblaciones indígenas continúa asociado a altos índices de pobreza, desempleo, migración, analfabetismo, exclusión del sistema de salud y falta de acceso a servicios en general, ausencia de derechos a la tierra y destrucción del ecosistema en que habitan, entre otras necesidades básicas sin cubrir (PAHO, 2004(a)). Además, los índices de mortalidad materna entre las mujeres indígenas son al menos dos veces más altos que entre el resto de la población. Entre las mujeres indígenas del Perú se producen 448 muertes por cada 100 mil nacidos vivos, principalmente durante el parto y como consecuencia de abortos practicados en condiciones de alto riesgo por falta de atención profesional de salud y medidas sanitarias (PAHO, Fact Sheet). De acuerdo a Paul Hunt (2004), Relator Especial de Naciones Unidas, el desafío principal con respecto al derecho a la salud que enfrenta el Perú, es el resultado de la pobreza y la inequidad, y su solución tiene que pasar por un compromiso político que convierta la meta de una política de salud basada en la equidad en una política de Estado y no de Gobierno.

Actualmente existen aproximadamente 42 millones de indígenas pertenecientes a unos 400 grupos en las Américas, representando el 10% de la población de América Latina y el Caribe. El 80% de toda la población indígena de ALC se encuentra en Centroamérica y la región Andina. En el Perú, el 47% de la población es indígena (9.3 millones) (Huges, 2004), de la cual una minoría (unos 300.000 indígenas) pertenecientes a una miríada de grupos etnolingüísticos (56) están en la región Amazónica ocupando el 62% del territorio nacional (GEF/PNUD/ UNOPS, 1997).

El 43.3% de las mujeres indígenas del Perú no ha tenido ningún acceso a educación, y 30.8% de mujeres Shipibo de la Amazonía, son analfabetas, mientras que el 5.3% de las comunidades indígenas tienen acceso a agua potable (en comparación con el 72% de la población general). El índice de fecundidad en las poblaciones amazónicas es de los más altos de la región y del Perú, estando en 8.4 hijos por mujer entre las mujeres Shipibo, y 6 a 8 hijos por mujer entre las mujeres Ashaninka. De acuerdo al Censo de Población y Vivienda del año 1993, la población Ashaninka con 52,000 habitantes censados (el registro omite a las poblaciones referidas en este artículo de los ríos Ene y Tambo de la selva central, región Junín, debido al conflicto armado que se vivía en la zona) constituye el grupo étnico más numeroso de la Amazonía Peruana (Cavero, 2002).

Las comunidades Ashaninka sufrieron de forma desproporcionada durante los veinte años de violencia política en el Perú iniciada por el Movimiento Revolucionario Sendero Luminoso e igualada y superada por las Fuerzas Armadas. Según la Comisión de la Verdad y Reconciliación que investigó las atrocidades cometidas, de 1980 a 2000 alrededor de 6 mil Ashaninkas fueron asesinados, cerca de 10 mil fueron desplazados forzosamente en los valles del Ene, Tambo y Perené, cerca de 5 mil fueron secuestrados y permanecieron cautivos por años y de 30 a 40 comunidades Ashaninkas desaparecieron durante el conflicto armado (Comisión de la Verdad y Reconciliación, 2004). El sistema de retribuciones a las poblaciones Ashaninka por los años de la violencia y su consecuente impacto en la desarticulación familiar y social y en la alienación de las comunidades, no se ha hecho efectivo ni en la devolución de las tierras invadidas ni en el acceso de la población a servicios de salud y educación. El pueblo Ashaninka continúa sufriendo el impacto de viejas y nuevas agresiones que atentan contra su supervivencia (Heredia, 1998). No ha concluido aún el proceso de pacificación y se siguen afectando los derechos humanos de varias comunidades (especialmente en el Río Ene y Apurímac) con la invasión de sus territorios comunales por empresas petroleras que no respetan sus derechos ambientales, la apropiación y destrucción de sus bosques por empresas madereras, la falta de reconocimiento de sus territorios y reservas comunales (en el Sira, el Ene y el Tambo), la implementación de algunos proyectos de desarrollo sin evaluar el posible impacto ambiental ni consultar con las comunidades, la explotación de sus productos medicinales naturales como la Uña de Gato (Uncaria Tomentosa) comercializada por más de 32 empresas sin revertir en lo más mínimo en la economía de las comunidades Ashaninka (en 1997 se comercializaron 5 millones de dólares con la Uña de Gato sin ningún aporte a los Ashaninka).

El acceso a servicios de salud de calidad es inexistente para una gran mayoría de las mujeres Ashaninka. En el mejor de los casos, el único puesto de salud para todo un distrito puede contar con un par de técnicos de enfermería, como es el caso del puesto de Cutivireni, en el distrito del Río Ene. De acuerdo a la Organización Panamericana de Salud, el riesgo más alto de exclusión social y en salud corresponde a las poblaciones mas pobres (87%) que residen en áreas rurales (80%), principalmente en la región andina y amazónica (PAHO, 2004(b)). La escasez de profesionales sensibilizados y formados cultural y lingüísticamente para atender las necesidades de salud de las mujeres Ashaninkas determina la baja calidad de atención en los escasos servicios existentes junto a un trato culturalmente inadecuado y discriminatorio, lo que hace que las mujeres indígenas decidan no acudir al centro de salud u hospital rural y prefieran la ayuda de un familiar en la casa, razón por la cual es muy poco común el cuidado prenatal y de parto atendido por profesionales. Muchas mujeres indican que el problema no es tanto con la medicina occidental como con la forma como ésta es administrada y dispensada.

Un problema común en el sistema público de salud peruano es la distribución y redistribución de los recursos humanos. En la Amazonía, el personal de salud típicamente procede de la región Andina. Generalmente, los candidatos con menos calificaciones o menos conexiones dentro del sistema son enviados a las comunidades indígenas dejando atrás a sus familias y por lo tanto, intentando reubicarse en un mejor puesto tan pronto como les es posible. Esta situación hace que los esfuerzos de sensibilización y capacitación de profesionales para atender apropiadamente las necesidades de salud de las comunidades Ashaninka, se vean frustrados con la constante pérdida de personal capacitado, teniendo que comenzar de nuevo aproximadamente cada año, además de no contar, en primer lugar, con personal lingüísticamente competente para atender a la población Ashaninka. Por esta razón, se convierte en vital la necesidad de un sistema que garantice la continuidad del personal preparado para dar servicios de calidad; comenzando por dar oportunidades de educación a nivel profesional a la población nativa al mismo tiempo que capacita a promotoras y promotores indígenas para cuidar de la salud de la comunidad y trabajar conjuntamente con los puestos de salud, refiriendo los casos que deban ser atendidos en centros especializados.

Desafortunadamente, ni la Constitución del Estado Peruano de 1993 ni la firma de pactos y acuerdos internacionales de derechos humanos, o la creación del Ministerio de la Mujer y Promoción del Desarrollo, en 1995, la aprobación de una nueva Ley General de Salud en 1997 o la promulgación de la Ley de Protección contra la Violencia Familiar llegaron a revertir en beneficios para las comunidades Ashaninka. Aunque la inversión extranjera en salud experimentó un gran incremento durante los 90, ésta no invirtió en un mayor acceso a servicios por parte de los sectores más marginados y en extrema pobreza (Chávez, 2004). Asimismo, el retorno a la democracia en el Perú tras la dictadura de Fujimori no constituyó una afirmación de los DDSSyRR de las personas debido a la influencia de fuerzas fundamentalistas actuando en sectores claves de gestión de los programas sociales del Estado (Chávez, 2004). Además, durante la gestión de los ex ministros de salud, Luis Solari y Fernando Carbone, del periodo de julio de 2001 a junio de 2003, se produjo una desintegración de los avances en las políticas y programas de salud sexual y reproductiva en el país, entre las que se incluye el Seguro Público destinado a la población de menos recursos.


Las comunidades Ashaninka: sexualidad y relaciones de género

Los Ashaninka pertenecen a la familia etnolingüística de los Arawak y son culturalmente cercanos a los Machiguenga, Nomatsiguengas, Kakintis y Amuesha de la Selva Central Peruana. Gran parte del territorio ancestral ha sido colonizado por poblaciones andinas y mestizas dedicadas a la agricultura y, progresivamente, al comercio y a la industria en crecientes centros urbanos. El Río Ene, distrito en el que se basan los hallazgos detallados en este artículo, ha estado históricamente en las márgenes de la colonización y hasta hace relativamente poco ha sido de difícil acceso, por lo que ha sido y es, hogar para las comunidades Ashaninka más tradicionales que habitan en pequeños grupos familiares a lo largo del territorio, construyendo sus casas cerca de ríos y arroyos. El matrimonio constituye la forma más importante de iniciar y mantener alianzas entre los jefes de hogares, que son siempre hombres (Bant, 2005).

El grupo étnico Ashaninka es uno de los que ha sufrido mayores cambios en los últimos 30 años, con un rápido incremento de los proceso de colonización y migración. Como consecuencia de la violencia estructural sufrida durante los "años de la violencia" (1980-2000) que diezmó a la población Ashaninka, las mujeres no podían trabajar en el campo por temor a ser atacadas,  quedando por lo tanto dependientes de programas alimentarios de ayuda humanitaria, mientras los hombres debido a desplazamientos o militarización no pudieron tampoco cumplir con sus tareas tradicionales masculinas por estar ausentes o muertos. Esta situación modificó el papel de las mujeres en la sociedad Ashaninka teniendo que vivir solas con sus hijos, organizándose para acceder a donaciones de comida y mantener a la comunidad. Algunas de las mujeres se convirtieron en líderes comunitarias, iniciando pequeños negocios de mercadeo de productos como útiles de aluminio y ropa. Al regreso de los compañeros que no fueron asesinados, las mujeres retornaron a sus roles tradicionales, como el cuidado de la casa, los niños y la agricultura, perdiendo en muchos casos su estatus de lideresas.

El patrón de autosuficiencia que ha caracterizado a las comunidades Ashaninka se ha visto modificado por el avance y los términos de la economía de mercado. Los roles tradicionales de género se vieron reforzados por las expectativas de género de la sociedad más occidentalizada que las rodeaba, lo cual ha resultado en un poder y control generalizado del hombre sobre las ventas de los productos agrícolas y otros, así como sobre las decisiones en cuanto al gasto del escaso dinero disponible para la familia.

La educación básica está disponible para niños y niñas en igual proporción, aunque muy pocas niñas llegan al sexto grado de la educación básica o continúan en la escuela secundaria. Una de las explicaciones de la deserción de las adolescentes es el embarazo precoz que las obliga a abandonar la escuela para dedicarse a su nueva tarea de cuidado de los hijos. Además, la calidad de la educación es ínfima y lingüística y culturalmente inadecuada. Un porcentaje mucho mayor de hombres que de mujeres, hablan español aunque sea rudimentario, mientras que la mayoría de las mujeres del Río Ene son analfabetas y monolingües.

La edad promedio de matrimonio para la mujer es de 15 a 19 años pero es común que niñas de hasta 12 años se casen apenas tienen su primer ciclo menstrual (Huges, 2004). Considerando que muchos de los problemas de salud sexual de las mujeres son resultado de un inicio temprano de la actividad sexual y que el 48% de la población Ashaninka está por debajo de los 15 años, hay una necesidad imperativa de educar a las y los adolescentes sobre la interrelación de los roles de género con la sexualidad y la salud.

Los Ashaninka entienden el bienestar como el mantenimiento del equilibrio entre la comunidad y sus alrededores, incluyendo las relaciones con familiares, la comunidad y el medio ambiente. Las enfermedades son entendidas, por tanto, como la manifestación física de la pérdida del equilibrio entre las fuerzas espirituales y supranaturales. Cuando se pregunta a las mujeres sobre sus preocupaciones en sus vidas y su salud, ellas mencionan el matrimonio y embarazo precoces, la baja autoestima, la violencia sexual (incluyendo la violación en la pareja), el elevado número de hijos, y los dolores internos y hemorragias.

Entre los Ashaninka, la sexualidad de las mujeres es entendida en términos de las necesidades y las expectativas de los hombres. Las mujeres complacen a los hombres y les dan hijos por temor a ser abandonadas en caso contrario. Las mujeres manifiestan el deseo de tener familias de cuatro o cinco hijos como máximo pero debido a la falta de acceso a contraceptivos y al deseo de los varones de tener familias más extensas, el promedio de hijos por mujer es de siete a ocho. Aunque las mujeres reconocen que los hijos son una fuente de ayuda para la familia y la comunidad, también reconocen que los embarazos múltiples y seguidos deterioran su salud y no les permiten mantener una adecuada situación de salud y nutrición dentro de la familia. La sexualidad es considerada como una actividad física, afectiva y social, necesaria e importante a la par que peligrosa. La infidelidad no es aceptada en las mujeres ya que ellas son propiedad de sus compañeros y se considera una amenaza para la pareja, la familia y la comunidad, mientras que para éstos, la infidelidad no es considerada como tal sino como parte del poder de posesión que ostentan (por ejemplo, si la nueva pareja es una mujer casada, el hombre infiel es considerado "ladrón de mujeres").

La violencia física y psicológica contra las mujeres es el resultado de las desequilibradas relaciones de poder en las parejas. Los hombres, además de decidir cuántos hijos va a tener la mujer, comúnmente fuerzan a sus compañeras a tener relaciones sexuales contra su voluntad. Aunque las mujeres perciben la violencia sexual y física como uno de los problemas más graves en su vida diaria, la que se ve amenazada por los celos o el exceso de alcohol de sus parejas, ellas internalizan este tipo de abuso sexual como legítimo, dado el papel subordinado de las mujeres en la pareja, la familia y la comunidad.


Movimientos organizados de las mujeres indígenas

"Como indígena feminista pretendo recobrar los principios filosóficos de mi cultura y tratar de adaptarlos a la realidad del siglo XX; es decir, criticando lo que no me gusta de mi cultura mientras acepto orgullosamente mi pertenencia a esa cultura". Alma López, mujer Quiche, concejala de la ciudad de Quetzalte ango, Guatemala.

Las luchas históricas por la causa indígena contra las decisiones injustas de las administraciones en el poder y la toma de tierras por parte de los colonos, han unido a la diversidad de etnias en federaciones a nivel nacional e internacional contra el mundo no indígena. La reciente y creciente liberalización política en los países con más población indígena en la región (Ecuador, Bolivia, Guatemala, México y Perú) ha contribuido al crecimiento de la sociedad civil organizada y de los movimientos indígenas y de mujeres, con el establecimiento de organizaciones no-gubernamentales e instituciones estatales de defensa de los derechos de las poblaciones indígenas (Yashar, 1998), aunque la mayor parte de la investigación académica sobre movimientos indígenas no menciona la participación de las mujeres (Hernandez, 2002). Los pueblos indígenas amazónicos en el Perú se han conformado en aproximadamente 50 federaciones étnicas e inter- étnicas con prioridades que con frecuencia no solo no responden a las demandas de las mujeres sino que están en contra de ellas.

El Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) adoptado en Ginebra en junio de 19899 representa el instrumento jurídico vigente más actualizado y específico en materia de Derechos de los Pueblos Indígenas y dio lugar a un aumento del movimiento organizado indígena. La década de los 90 ha visto emerger movimientos de mujeres indígenas en varios países latinoamericanos luchando en diversos frentes. El Primer Encuentro Continental de Mujeres Indígenas se llevó a cabo en Quito, Ecuador, en 1995. Desde entonces, las mujeres indígenas han contribuido con la mencionada Declaración de Mujeres Indígenas de Beijing y participado en diversos foros y encuentros, incluido el último Encuentro Continental de Mujeres Indígenas de las Américas celebrado en Lima, Perú en 2004. La propuesta de red mundial de mujeres indígenas se constituyó en las reuniones preparatorias a Beijing + 5 en Nueva York, conformando el Foro Internacional de Mujeres Indígenas. Sin embargo, en los espacios internacionales de participación indígena de la Organización de Naciones Unidas (ONU), la Organización de Estados Americanos (OEA) o los Grupos de Trabajo sobre temas indígenas aún no se cuenta con participación activa de las mujeres.

El contexto económico y cultural en el que las mujeres indígenas han construido sus identidades de género, clase y etnia, determina su lucha específica, mientras –cada vez más– se buscan espacios comunes junto a otros movimientos indígenas de mujeres para compartir, sentir, pensar y desarrollar estrategias juntas. Entre otras cosas, las mujeres indígenas organizadas han cuestionado el modelo de feminismo latinoamericano,  haciendo imperativa la necesidad de construir un feminismo más inclusivo y multicultural.

Las mujeres amazónicas enfrentan muchas barreras para poder ejercer el papel de líderes en las comunidades ya que para comenzar, éstas no les facilitan la entrada a espacios de liderazgo reservados para los hombres. El monolingüismo y escasa educación de las mujeres les representa un serio obstáculo para interactuar con el mundo exterior. El papel de las mujeres Ashaninka en las organizaciones comunitarias es todavía débil y es muy poco común su presencia en posiciones de autoridad en las federaciones Ashaninka de los ríos Ene y Tambo. A pesar de los roles conferidos a las mujeres durante el periodo de la violencia estructural, la tendencia ha sido de retorno a los patrones tradicionales. Las mujeres son representadas por sus compañeros en las reuniones y votaciones comunitarias. La única estructura donde las mujeres ostentan posiciones de poder es en los llamados "Clubes de Madres" instalados por el Gobierno en la década de los 80 para la distribución de comida de la ayuda humanitaria. Sin embargo, las organizaciones de mujeres han crecido en otros territorios Ashaninka, especialmente en las comunidades más integradas en la sociedad peruana. Por ejemplo, la Federación Ashaninka, Nomatsiguenga y Kakinti de Mujeres, fundada en 1998, está adquiriendo creciente visibilidad en el desarrollo de su misión de promover y proteger el liderazgo de las mujeres indígenas, trabajando en la obtención de la equidad entre los géneros al tiempo que preserva la identidad cultural.


La invisibilidad de la perspectiva étnica

Teóricamente, la incorporación de la perspectiva de género se ha transversalizado e institucionalizado en gran medida en la mayoría de políticas, programas nacionales y documentos internacionales a raíz de la IV Conferencia Mundial de la Mujer en Beijing (1995) con miras a garantizar que las cuestiones de género sean tomadas en cuenta en todos los sectores, tanto gubernamentales como de las ONG. Sin embargo, los hombres continúan invisibilizados en la perspectiva de género, reduciéndose ésta a la mujer, al tiempo que persiste una carencia prácticamente absoluta de perspectiva de etnia, raza o nación (Radcliffe, Laurie & Andolina; 2003). Incluso muchas políticas y programas que institucionalizan el concepto universal de derechos de las mujeres fallan en integrar una perspectiva más compleja de clase, género y raza

Mientras que para todas y todos los expertos en el campo de la salud pública y los DDSSyRR y derechos humanos queda clara la falta de perspectiva de género de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), no ha habido ninguna mención a su falta total de perspectiva étnica y de raza, ni siquiera por parte de quienes han llevado a cabo revisiones y análisis para hacer los ODM más integrales y realistas. Esta ausencia se da igualmente en encuestas demográficas, evaluaciones de programas nacionales, monitoreo de políticas de salud y del Programa de Acción de Cairo, entre otros. La diversidad de naciones y grupos indígenas continúa amalgamada en la categoría "rural" o a lo mucho como "indígena". Esta falta de perspectiva de diversidad étnica invisibiliza una multiplicidad de aspectos culturales y estilos de vida, comportamientos, mitos, creencias y división laboral por género que son específicas de cada grupo étnico y que determinan su salud sexual y reproductiva, comenzando por su capacidad de vivir una sexualidad placentera y libre de violencia, y de tomar decisiones respecto, por ejemplo, al número de hijos que desean tener.

De acuerdo a un estudio sobre equidad de género en los ODM, si las mujeres pudiesen ejercer sus derechos reproductivos y tener solo el número de hijos que desean, la fecundidad se reduciría en un 38% (Bravo, 2003). Los ODM reconocen que la igualdad de género es no solo un objetivo en sí mismo sino que favorece la consecución de otras metas. Este reconocimiento es fundamental para diseñar estrategias de desarrollo de reducción de la pobreza que contemplen una perspectiva de género. De igual forma, la perspectiva étnica debería ser parte esencial en el desarrollo de estrategias orientadas al logro del mismo objetivo. Es de importancia crítica conocer los aspectos demográficos e históricos de las comunidades Ashaninka; los detalles relacionados a la violencia estructural sufrida durante las dos décadas llamadas "de la violencia"; los desplazamientos forzados; los asentamientos en territorios ajenos; la división del trabajo y demás, para poder planificar o evaluar cualquier programa diseñado a reducir la pobreza y la mortalidad materna y neonatal de este grupo étnico, así como para evaluar los ODM en Perú.


La "universalidad" de los derechos y el relativismo cultural: prerrogativas y controversias

Aquí llegamos a uno de los debates fundamentales en las ciencias sociales: el del relativismo cultural frente a la "universalización", desde una perspectiva occidental del principio o concepto a tratar; en este caso, la "universalidad" de los derechos humanos y concretamente de los DDSSyRR. A pesar de que el relativismo cultural surgió no hace mucho desde una posición crítica post-colonial y como alternativa al concepto de "globalización" de las colonias, existen grupos relativistas radicales que han llevado el concepto a un extremo de intolerancia hacia todo lo universalista que pone en entredicho, muchas veces, la noción misma del relativismo cultural. De acuerdo a Zechenter (2000), todas las formas de relativismo cultural fallan fundamentalmente al no reconocer la cultura como adaptación constante al medioambiente, considerándola como algo estático y no como un proceso histórico e institucional donde la existencia de una costumbre no significa que ésta sea considerada óptima y adoptada por la mayoría de las personas que se adhieren a esa cultura particular. El argumento del relativismo cultural es especialmente difícil de aceptar por la mayoría cuando favorece a una elite que se otorga el derecho a representar a su cultura y de esa forma impone su propio interés o punto de vista particular al resto de la sociedad.

El argumento más apoyado por defensores y expertos en derechos humanos es que éstos no son un artefacto de fabricación occidental, irrelevante para el resto del mundo no occidental. Independientemente de quiénes los desarrollaron, dónde y cuándo, existe una amplia acepción de que los derechos humanos universales deben ser reconocidos como tales, aceptando al mismo tiempo un grado de relativismo cultural con respecto, sobre todo, a las formas de implementarlos (Donnelly, 2000). En referencia a los DDSSyRR, Petchesky (2003) puntualiza que las ideas no son propiedad de una nación o cultura sino que se adaptan a los tiempos y las circunstancias en la medida que lo hacen las culturas, por lo tanto desacreditar los derechos como importación occidental no tendría mucho sentido a menos que por la misma razón se repudiaran también los conceptos de democracia, libertad, soberanía nacional o desarrollo. Como argumenta Yamin (2004) ante el cuestionamiento de si el énfasis en la autodeterminación hace que los derechos se conviertan en conceptos occidentales extremadamente individualistas como para aplicarlos en la Amazonía, o simplemente derechos sobre los que hablan las feministas de la ciudad, "el plantear el tema de la salud reproductiva desde el punto de vista de derechos y ciudadanía social obliga a discutir el problema de la equidad como un concepto con significado colectivo [...] trabajar con un enfoque de género también implica visibilizar relaciones de poder, lo que hace de esta perspectiva un instrumento subversivo".

En contraposición, Reátegui (2004)10, director de salud indígena de la Asociación Inter-Étnica de la Selva Peruana-AIDESEP, manifiesta, en claro antagonismo con sus colegas de la Cartera Mujer de su misma asociación, que "la salud reproductiva significa en nuestra civilización muchos frutos, mucha pesca, mucha caza, muchos hijos. El fracaso de uno de estos subsistentes afecta de manera directa a los otros". Según el autor, no se debe llamar salud reproductiva a "una política de reducción de embarazos y espaciamiento de los mismos" por lo que hace un llamado a contrastar los criterios de la cultura indígena con los de la cultura occidental, a construir un sistema intercultural de salud reproductiva que tenga en cuenta la concepción indígena del tema y su marco cultural de conocimientos y prácticas. Este conflicto de percepciones deja claro que ambos conceptos, el de derechos universales y el del relativismo cultural, pueden ser utilizados tanto en la defensa de principios democráticos basados en la equidad de género como en la de otros principios de corte fundamentalista; es decir, aquellos que difunden principios en defensa de unos intereses que perpetúan el poder político patriarcal a través del control de los cuerpos de las mujeres.

De igual forma, este conflicto deja claro que la comunidad de los derechos humanos internacionales necesita ampliar el diálogo intercultural que permita la incorporación de simbolismos no occidentales al discurso y contribuya a incrementar el apoyo a los derechos humanos entre sociedades indígenas.

Es importante hacer algunas observaciones sobre la semántica de los derechos, ya que para comenzar, en lo percibido a través de talleres de distintos grupos que trabajan con mujeres de la Amazonía, cuando se les pregunta, a menudo no distinguen claramente entre derechos y deberes (Elías & Neyra (comp.) 2002). El término "derechos reproductivos" no posee el mismo equivalente en todos los países o comunidades, y por lo tanto, no es comprendido de idéntica forma. Mientras para unos se contempla en términos de salud y bienestar, en otros conlleva una significación activista de empoderamiento (PAHO, 2004), y en otros exige un proceso de conceptualización en un marco del derecho consuetudinario o indígena en el que no existe este concepto, dándose por lo general una especie de sincretismo con el concepto existente en el derecho occidental.


El papel de la sociedad civil organizada y la cooperación para el desarrollo

Especialmente en la última década hemos sido testigos del creciente papel de la sociedad civil y el movimiento organizado de mujeres en el monitoreo de políticas y programas de salud sexual y reproductiva y en la vigilancia de las instituciones gubernamentales en la implementación de los mismos. La base de datos Atenea11 es un ejemplo de la práctica de las organizaciones de mujeres en monitorear desde una perspectiva feminista la implementación del Programa de Acción de Cairo en siete países (incluido Perú) a través de 147 indicadores cuantitativos y cualitativos que muestran los logros y las falencias de los respectivos gobiernos.

Otro rol fundamental de la sociedad civil que da seguimiento y complementa el monitoreo y vigilancia, es el de la denuncia y demanda a las instituciones nacionales e internacionales a través, por ejemplo, de los informes de derechos humanos e informes sombra a comités específicos del sistema de Naciones Unidas, como el Comité de la CEDAW (Convención por la Eliminación de todas las Formas de Discriminación Contra las Mujeres). Los objetivos principales de los informes de derechos humanos se centran en la descripción detallada de los abusos, la identificación de los abusadores y el llamado a la acción para dar solución tanto a la situación de abuso como al clima que la hizo posible (Rothschild, 2004). El Centro de la Mujer Peruana Flora Tristán presenta una denuncia de los casos de violencia contra las mujeres Aguaruna, Shipibo y Ashaninka en un informe de derechos humanos cuyo objetivo es visibilizar y denunciar las situaciones de violencia, discriminación y ausencia de ejercicio de los derechos humanos de las mujeres en estas comunidades indígenas (Paredes, 2005). El papel crítico de las ONG en el monitoreo, vigilancia, denuncia y demanda a las instituciones del Estado para garantizar la protección de los derechos de las mujeres (y no la protección de las mujeres como sujetas vulnerables) puede adquirir una dimensión más amplia cuando es apoyada por las agencias internacionales de cooperación.

Existen innumerables ejemplos de "bien intencionados" intentos de protección de las mujeres indígenas, por parte tanto del Estado como de entidades religiosas y agencias de desarrollo fundamentalmente, que no han resultado en una mejora de las condiciones de vida de las mujeres debido a que no se han enfocado en la defensa de sus derechos, lo cual siempre implica una inversión en la educación y en el empoderamiento de las mujeres como ciudadanas y sujetas de derechos. Estas "bien intencionadas" instituciones en su intento de proteger a las mujeres pueden generar por lo tanto mas daño que beneficio. Como advierte Miller (2004), un enfoque simplista al tema de la violencia sexual, por ejemplo, que no tome en consideración la multiplicidad de factores que la generan desde un enfoque integral, puede inadvertidamente frustrar algunos de los objetivos de derechos humanos, como son los de facilitar las condiciones que mejoren las capacidades de mujeres y hombres para vivir relaciones sin violencia. Para avanzar conjuntamente en la demanda de políticas que promuevan los DDSSyRR de las mujeres indígenas hay una clara necesidad de ampliar el diálogo sobre la estrecha interrelación entre sexualidad, salud y derechos entre las organizaciones de derechos humanos y las instituciones y organizaciones de salud pública, así como de fomentar colaboraciones mutuamente beneficiosas que ayuden por ejemplo a las organizaciones que trabajan en salud sexual y reproductiva a integrar un marco referencial de derechos humanos en todos sus programas y servicios.

En el caso de la integración de las comunidades Ashaninka al sistema nacional peruano tanto de salud como de educación y servicios, es prioritaria la colaboración entre los diversos sectores, en los que la sociedad civil organizada y las ONG tienen un papel particularmente importante como negociadoras con el Estado al tiempo que cubren el vacío dejado por el sistema público.


Recomendaciones generales

Los resultados y lecciones aprendidas a través de múltiples programas encaminados a la mejora del ejercicio de los DDSSyRR, indican que la situación de éstos avanza cuando: i)se aplican medidas que fomenten la equidad de género y las condiciones para el ejercicio de los DDSSyRR a nivel local y nacional, ii)se fortalecen los grupos comunitarios de mujeres a través del empoderamiento de sus miembras, iii)y se involucra a los hombres en el compromiso con los derechos humanos de la comunidad y de cada una y uno de sus miembros. El empoderamiento de las mujeres se contempla tanto como incremento del poder en la toma de decisiones como aumento de la autoestima individual y colectiva de las mujeres que les proporcione un mayor capital social humano y control sobre los recursos sociales (Loermans, 1993). Los esfuerzos a nivel local tienen que complementarse con el trabajo a nivel de seguimiento de políticas nacionales de promoción de los DDSSyRR. Este acercamiento, desde lo local a lo nacional, resulta más efectivo y adaptado a la realidad de las necesidades de las comunidades.

Para visibilizar la situación de los DDSSyRR de los pueblos indígenas y adecuar las políticas y programas (comenzando por los Objetivos de Desarrollo del  Milenio) y así dar respuesta efectiva a sus necesidades, es esencial la colaboración multisectorial en la introducción de la perspectiva de género, clase, etnia y raza, y en el monitoreo de su implementación.

Es importante rescatar y enfatizar las principales recomendaciones en materia de derechos humanos y salud reproductiva emitidas durante el Encuentro Continental de Mujeres Indígenas de las Américas, "Sintiendo, Pensando y Haciendo el Futuro" celebrado en Lima, Perú, en abril de 2004, consolidadas aquí en los siguientes puntos:

- Establecer una agencia nacional y regional para fomentar los  derechos humanos, asegurando el apoyo de los fondos de la cooperación internacional, y promoviendo la constitución de una red de organizaciones indígenas que la visibilice y apoye en sus acciones;

- Recoger la información básica en cada Estado Nación para  elaborar un diagnóstico participativo sobre la situación de los derechos humanos de las mujeres indígenas y priorizar de esa  manera las acciones de mayor impacto a corto y mediano plazo;

- Identificar los problemas centrales de salud reproductiva y construir mecanismos de participación de las mujeres indígenas en el diseño, seguimiento y evaluación de las políticas y servicios de salud, apoyándose en el Programa y Plataforma de Acción de Cairo y Beijing;

- Encarar los problemas de acceso de las mujeres indígenas a servicios de calidad reorientándolos hacia la superación de las barreras lingüísticas, el trato discriminatorio, la carencia de calidad humana y prácticas médicas agresivas por parte de prestadores de servicios de salud;

- Pedir a los Estados que en la elaboración de los presupuestos nacionales prioricen la atención a la salud de las mujeres indígenas, facilitando mecanismos que garanticen la fiscalización por parte de las usuarias

- Desde un enfoque intercultural, promover la generación de recursos humanos propios en las comunidades indígenas para la atención en aspectos de salud, a través de la capacitación de promotoras, parteras y prestadoras/es institucionales;

- Promover la difusión masiva de información sobre la salud y los derechos de las mujeres indígenas para garantizar la participación efectiva de las mujeres en la toma de decisiones sobre su salud reproductiva e integrando a las y los jóvenes con un enfoque en la prevención de la maternidad temprana.

Así mismo, es imperativo vigilar el cumplimiento de las recomendaciones específicas en materia de derechos humanos en áreas de conflicto armado,   formuladas por la Conferencia sobre las Mujeres Indígenas y Relaciones de Género celebrada en abril de 2004 en Fredensborg, Dinamarca, con la participación de mujeres indígenas de cuatro continentes (América, África, Asia y Europa) para ser presentadas ante la Tercera Sesión del Foro Permanente de las Naciones Unidas para Asuntos Indígenas que se llevó a cabo en mayo de 2004, en el sentido que:

Los Relatores Especiales temáticos, los expertos de la Comisión para los Derechos Humanos de la ONU y todos los restantes organismos y agencias de las Naciones Unidas involucrados en la situación de los derechos humanos en áreas de conflicto armado:

1. Presten atención al impacto de tales conflictos sobre las mujeres indígenas; e
2. Insistan en la investigación de actos de violencia contra mujeres indígenas perpetrados por las fuerzas armadas o personal similar, asegurándose que los responsables sean inculpados y procesados en cortes civiles.

Paul Hunt, Relator Especial de Naciones Unidas sobre el derecho de toda persona al disfrute del más alto nivel posible de salud física y mental, en misión al Perú, en sus recomendaciones para una estrategia y política de salud basada en la equidad, enfatiza la "necesidad urgente de desarrollar una política inter-sectorial sobre la salud sexual y reproductiva con enfoque en las necesidades de salud de las mujeres, especialmente de aquellas que son social y económicamente marginalizadas. En particular, leyes, políticas y programas sobre la salud reproductiva y sexual deben ser diseñados para proteger a mujeres viviendo en condiciones de pobreza, a poblaciones indígenas y poblaciones campesinas, basados en el respeto a los derechos humanos" (Hunt, 2004). Además, los y las profesionales de la salud y personal de centros de salud, programas y proyectos deben ser sensibilizados para proveer servicios cultural y lingüísticamente apropiados.

Para mejorar la situación de los DDSSyRR de las comunidades Ashaninka, amazónicas e indígenas en general, se deben coordinar acciones con las organizaciones locales, federaciones, redes y organizaciones de cooperación12, en el desarrollo de estrategias de advocacy a diversos niveles, desde la comunidad, distrito, región y gobierno nacional, capacitando líderes indígenas para llevar a cabo las acciones a todos esos niveles. Además, es clave la coordinación con redes nacionales e internacionales de organizaciones de mujeres indígenas. Igualmente, es crucial involucrar a los hombres y jóvenes para conseguir la equidad de los géneros y mejorar la calidad de vida de las mujeres, así como para que realmente la consecución de los derechos sea responsabilidad integral de las comunidades. Sin una revisión interna conjunta con hombres y mujeres de todas las edades de los papeles de poder en la sociedad Ashaninka, los hombres seguirán ostentando el poder en las decisiones sobre los recursos económicos y la movilidad geográfica, así como su posición privilegiada en las relaciones de género que determina mayoritariamente la situación de violencia que viven las mujeres Ashaninka.


Conclusiones

Para que los DDSSyRR se hagan realidad para las mujeres indígenas deben de integrarse plenamente, no solo en la agenda de los movimientos feminista y de mujeres, comenzando por el de mujeres indígenas, sino también en la de los movimientos de democratización y justicia social. En este sentido, la movilización de mujeres indígenas en grupos organizados y alianzas puede ejercer una fuerte influencia para estimular la voluntad política de los gobiernos e instituciones de derechos humanos internacionales para cumplir con las normas y leyes nacionales, así como con los acuerdos internacionales firmados por los países en las conferencias de Naciones Unidas de la ultima década, incluyendo la Conferencia Internacional de Población y Desarrollo de Cairo (1994) y la IV Conferencia Mundial de la Mujer de Beijing (1995) y sus revisiones a los cinco y diez años. Tanto Cairo como Beijing adoptan una doble perspectiva feminista de integridad del cuerpo y autonomía de la persona en materia de DDSSyRR que se vincula directamente con los derechos sociales, políticos y económicos necesarios para conseguir la justicia de género, clase y raza, que las comunidades indígenas están demandando (Petchesky & Judd, 1998). El gran desafío permanece en cómo convertir en vinculantes los compromisos políticos de los gobiernos, de forma que los derechos sexuales y los derechos reproductivos sean legalmente exigibles (Cook, Dickens & Fathalla; 2003). En Perú, a pesar de las ratificaciones de las conferencias internacionales, el Programa Nacional de Salud Reproductiva no ha incluido a las mujeres indígenas amazónicas, quienes en su mayoría carecen de acceso a servicios apropiados de salud sexual y reproductiva, y aunque el actual Ministerio de Salud ha expresado su preocupación por el tema, aún no se han tomado medidas para mejorar la situación.

Las agencias de cooperación para el desarrollo y las ONG internacionales y nacionales que trabajan con comunidades indígenas deben de reforzar su compromiso con éstas a través del fortalecimiento del diálogo con las organizaciones de mujeres y grupos comunitarios indígenas con vistas a comprender mejor sus prioridades aunque éstas no coincidan con las de las agencias. Este diálogo puede facilitar igualmente el encuentro de alternativas a las dificultades más clásicas en el trabajo con organizaciones indígenas, principalmente debidas a la escasez de recursos, así como a la precariedad de la infraestructura y capacidad institucional de las mismas.

Desde el mundo indígena persiste la necesidad de construir un discurso de equidad de género y derechos de las mujeres dentro de la cultura indígena que no separe la búsqueda del derecho colectivo de la de los derechos individuales, que no son ni más ni menos que una consecución del derecho colectivo, sin el cual no serían posibles. A su vez, el mundo occidental tiene que reconocer la ciudadanía de las mujeres y de las comunidades indígenas en toda la amplitud de sus derechos ciudadanos y contribuir a la incorporación de sus identidades, discursos e imágenes, en los acuerdos internacionales, y a la educación de toda la población con miras a la aceptación de todos los grupos y personas que conforman la sociedad de un país. Tarcila Rivera Zea, enfatiza que "La actitud discriminatoria está tan íntimamente ligada con las formas de opresión y exclusión que no será posible erradicarlas con un decreto de ley sino por medio de programas de educación efectivos que contribuyan al cambio de mentalidad, así como de actitudes en la vida cotidiana" (Rivera, 2003). El debate de los DDSSyRR abre nuevos espacios de diálogo al interior de los pueblos indígenas, de los movimientos sociales, de los gobiernos, del sector salud y del de desarrollo, que deben ser aprovechados en su máximo potencial para generar los cambios ineludibles que garanticen la equidad y justicia social para la diversidad de mujeres y poblaciones indígenas de América Latina y del mundo, una deuda que ya se ha hecho esperar demasiado.

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