Repeluco
Después de la tira de tiempo en EEUU hay cosas que ya veo normales (las banderas por todos lados, que entre vecinos, tenderos y compañeros de trabajo parezca que vivo en el pueblo de los Simpsons, etc) y otras que me dejan boquiabierta como la invitación que puedes ver debajo de una cena de gala y un baile formal entre padres e hijas afroamericanos que se celebró en Harlem el sábado pasado.
Por mucho que en este país San Valentín sea puro negocio y sea casi obligatorio que los padres asfixien a sus hijos con regalos ese día y por mucho que la comunidad afroamericana quiera recuperar la figura paternal (que por temas de droga, cárcel, por salir a comprar tabaco o por ser un picaflor hay generaciones enteras que no han conocido a sus padres), da cuando menos repeluco saber que un adulto va a celebrar San Valentín llevando a su hija a cenar y bailar cuando lo lógico es que salga a celebrarlo con su esposa o novia. Una cosa es que tú quieras que tus hijos crezcan con un padre, que tengan todo lo que tú no tuviste tanto cosas materiales como una relación cercana y hasta de amistad con tu padre y otra es llegar a estos extremos. Vamos, digo yo.
Sé que lo de los bailes padre/hija no es nada nuevo. En algunos estados sureños y en lo que se conoce como “el cinturón de la Biblia” llevan desde mediados de esta década celebrándose ceremonias de promesa – mezclas de puesta de largo (cena, baile formal) y ceremonia pseudo-religiosa en la que los padres prometen estar siempre al lado de sus hijas y apoyarlas, las hijas prometen llegar vírgenes al matrimonio y los padres les regalan un anillo para simbolizar esa promesa. Lo de los anillos de promesa después se ha extendido a grupos religiosos, fundamentalistas que defienden políticas sexuales de abstención rigurosa, niñatos que no saben cómo vender un CD (Jonas Brothers, recomiendo el episodio de South Park al respecto) y locas como servidora que los usan para sus escenas sadomaso (que todo hay que contártelo, leches).
Estos bailes de promesa (a falta de una mejor traducción en español) me repatean desde un punto de vista feminista porque simbolizan la supeditación del cuerpo y la sexualidad de una mujer a un hombre. Por mucho que ese hombre sea tu padre, no tiene derecho a decirte qué hacer con tu cuerpo ni a marcarte un calendario ni a meterte en la cabeza que si no llegas virgen al matrimonio ya no vas a ser la niña de sus hijos. Más que una relación fluida lo que hacen este tipo de ceremonias es levantar un muro entre padres e hijas porque si tú esperas que tu hija llegue virgen al matrimonio, lo lógico es que no te cuente si está teniendo cualquier tipo de sexo con su novio ¿no? Lo lógico es también que esté más expuesta a embarazos no deseados y enfermedades de transmisión sexual porque contigo no puede hablar de métodos anticonceptivos y profilácticos. Lo lógico es que tampoco se sienta libre para contarte que es lesbiana y lo lógico también es que no pueda contarte que está siendo víctima de chantaje, acoso, o malos tratos psicológicos o físicos por parte de su novi@. Sí, estas ceremonias son caldo de cultivo de víctimas de maltratadores: en estos tiempos de tecnología punta muchas adolescentes mantienen cualquier tipo de contacto con sus acosadores o maltratadores porque tienen miedo de que ellos les puedan mandar un vídeo o una foto comprometida a los padres.
Volviendo a San Valentín, vale que sea un negocio y hasta los críos de parvularios tengan tarjetas y caramelos específicamente diseñados para ellos (¡ay del o la que no lleve tarjetas para su profesor/a y para toda la clase!), pero que padres e hijas celebren San Valentín yéndose a cenar y bailar juntos como si fuesen una pareja me parece enfermizo. Es un negocio redondo si te paras a pensar el dineral que se dejan los padres entre la entrada de la cena y el baile, comprar o alquilar un traje para ellos, comprar un vestido para las hijas, peluquería para ellos, peluquería, manicura, pedicura y cera de las hijas, alquilar una limusina… ¿Qué va a ser lo próximo? ¿hoteles con ofertas especiales para padres e hijas?
Por no hablar del tema pedófilo – que más de uno y más de dos se frotará las manos ante la oportunidad de salir a cenar y bailar en público con su víctima. Con los pedófilos pasa como con los violadores: cuando se habla de violadores siempre te imaginas a un desconocido saliéndote de detrás de unos arbustos y con un pedófilo piensas en un desconocido conduciendo una camioneta blanca en los alrededores de un parque o un colegio buscando posibles víctimas; pero la mayoría de violaciones a mujeres jóvenes y adultas son cometidas por algún conocido de la víctima y las violaciones a menores de edad también. A estas cenas puede ir un padre con la hija que esté violando, un tío con su sobrina, un amigo de la familia con una niña que sea huérfana o cuyo padre saliese a comprar tabaco… es decir, para esas niñas y adolescentes estas cenas son la normalización de sus violaciones.
Por mucho que en este país San Valentín sea puro negocio y sea casi obligatorio que los padres asfixien a sus hijos con regalos ese día y por mucho que la comunidad afroamericana quiera recuperar la figura paternal (que por temas de droga, cárcel, por salir a comprar tabaco o por ser un picaflor hay generaciones enteras que no han conocido a sus padres), da cuando menos repeluco saber que un adulto va a celebrar San Valentín llevando a su hija a cenar y bailar cuando lo lógico es que salga a celebrarlo con su esposa o novia. Una cosa es que tú quieras que tus hijos crezcan con un padre, que tengan todo lo que tú no tuviste tanto cosas materiales como una relación cercana y hasta de amistad con tu padre y otra es llegar a estos extremos. Vamos, digo yo.
Sé que lo de los bailes padre/hija no es nada nuevo. En algunos estados sureños y en lo que se conoce como “el cinturón de la Biblia” llevan desde mediados de esta década celebrándose ceremonias de promesa – mezclas de puesta de largo (cena, baile formal) y ceremonia pseudo-religiosa en la que los padres prometen estar siempre al lado de sus hijas y apoyarlas, las hijas prometen llegar vírgenes al matrimonio y los padres les regalan un anillo para simbolizar esa promesa. Lo de los anillos de promesa después se ha extendido a grupos religiosos, fundamentalistas que defienden políticas sexuales de abstención rigurosa, niñatos que no saben cómo vender un CD (Jonas Brothers, recomiendo el episodio de South Park al respecto) y locas como servidora que los usan para sus escenas sadomaso (que todo hay que contártelo, leches).
Estos bailes de promesa (a falta de una mejor traducción en español) me repatean desde un punto de vista feminista porque simbolizan la supeditación del cuerpo y la sexualidad de una mujer a un hombre. Por mucho que ese hombre sea tu padre, no tiene derecho a decirte qué hacer con tu cuerpo ni a marcarte un calendario ni a meterte en la cabeza que si no llegas virgen al matrimonio ya no vas a ser la niña de sus hijos. Más que una relación fluida lo que hacen este tipo de ceremonias es levantar un muro entre padres e hijas porque si tú esperas que tu hija llegue virgen al matrimonio, lo lógico es que no te cuente si está teniendo cualquier tipo de sexo con su novio ¿no? Lo lógico es también que esté más expuesta a embarazos no deseados y enfermedades de transmisión sexual porque contigo no puede hablar de métodos anticonceptivos y profilácticos. Lo lógico es que tampoco se sienta libre para contarte que es lesbiana y lo lógico también es que no pueda contarte que está siendo víctima de chantaje, acoso, o malos tratos psicológicos o físicos por parte de su novi@. Sí, estas ceremonias son caldo de cultivo de víctimas de maltratadores: en estos tiempos de tecnología punta muchas adolescentes mantienen cualquier tipo de contacto con sus acosadores o maltratadores porque tienen miedo de que ellos les puedan mandar un vídeo o una foto comprometida a los padres.
Volviendo a San Valentín, vale que sea un negocio y hasta los críos de parvularios tengan tarjetas y caramelos específicamente diseñados para ellos (¡ay del o la que no lleve tarjetas para su profesor/a y para toda la clase!), pero que padres e hijas celebren San Valentín yéndose a cenar y bailar juntos como si fuesen una pareja me parece enfermizo. Es un negocio redondo si te paras a pensar el dineral que se dejan los padres entre la entrada de la cena y el baile, comprar o alquilar un traje para ellos, comprar un vestido para las hijas, peluquería para ellos, peluquería, manicura, pedicura y cera de las hijas, alquilar una limusina… ¿Qué va a ser lo próximo? ¿hoteles con ofertas especiales para padres e hijas?
Por no hablar del tema pedófilo – que más de uno y más de dos se frotará las manos ante la oportunidad de salir a cenar y bailar en público con su víctima. Con los pedófilos pasa como con los violadores: cuando se habla de violadores siempre te imaginas a un desconocido saliéndote de detrás de unos arbustos y con un pedófilo piensas en un desconocido conduciendo una camioneta blanca en los alrededores de un parque o un colegio buscando posibles víctimas; pero la mayoría de violaciones a mujeres jóvenes y adultas son cometidas por algún conocido de la víctima y las violaciones a menores de edad también. A estas cenas puede ir un padre con la hija que esté violando, un tío con su sobrina, un amigo de la familia con una niña que sea huérfana o cuyo padre saliese a comprar tabaco… es decir, para esas niñas y adolescentes estas cenas son la normalización de sus violaciones.
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