El incesto padre/hija 2
© Gioconda
Batres Méndez
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El
incesto más frecuente es el incesto padre/hija, y por ello, me referiré al
mismo.
Las
estadísticas son contundentes. En países en donde los mecanismos de recolección
de la casuística ha mejorado, como en Costa Rica, Nicaragua y El Salvador las
cifras respaldan esta verdad. En algunos otros países aún es nebuloso el tema y
las estadísticas deficientes. La precaria estructuración de las instituciones
hace que los registros señalen en ocasiones al padrastro como el principal
victimario, lo que ha sido usado para protegerse del horror que representa la
verdad de que las niñas están siendo abusadas par aquellos con los que tienen
lazos sanguíneos.
Estos
subregistros o los estereotipos mistificadores también obedecen a otras
consideraciones de tipo práctico e ideológico, la verdad es que el padre es la
figura más amenazante y poderosa tanto en la familia como en la sociedad y esto
es un obstáculo a la hora de tomar la decisión de realizar la denuncia. Todos
estos factores inciden en los registros parciales y en las dificultades para
denunciar.
El
padre, el padrastro, hermano, tío, abuelo, maestro, médico y otros, son, sin
duda, patriarcas con poder inmenso frente a la pequeña víctima. Por lo tanto,
el incesto padre/hija representa el paradigma de la victimización sexual
femenina. Este gran poder del padre, del padre adoptivo, del padrastro, produce
impotencia y terror, ya que es el adulto más poderoso de la vida de la niña.
La
conciencia de que el incesto es un acto despreciable, traumático y destructivo,
es un hecho reciente. Las sociedades han sido reticentes para aceptar esta
verdad, a pesar de que cientos de mujeres, niños y niñas abusadas (os)
sexualmente transitaron y transitan por los consultorios.
Frente
a tan deliberada ignorancia, las explicaciones no pueden ser de índole teórica.
Debió haber un velo ideológico en el acto de cambiar el sexo y parentesco con
las víctimas de los ofensores, alguien necesitó ser protegido probablemente
porque el incesto es un acto de atrocidad cometida por los hombres principalmente.
Las
teorías que culpan a las niñas (os) y a veces a las madres aún están vigentes.
Se enseñan en nuestras universidades como única alternativa teórica.
He
observado con atención y amor a las sobrevivientes en terapia y con asombro y
dolor confirmé que todas ellas y ellos tienen un nivel profundo de
perturbación, dolor, rabia e impotencia. Todas ellas y ellos llegan a la
consulta atrapadas en esta red de injusticias.
Como el
incesto inicia generalmente cuando la niña es pequeña, cuatro, cinco años; aunque
hay suficientes casos estremecedores de niñas abusadas desde los primeros meses
de vida, las víctimas sufren de grandes quebrantos y alteraciones en las etapas
de desarrollo.
El
sentido del yo, de ser persona debe ser construido en un ambiente impredecible,
con relaciones corruptas, como son las que establece el padre ofensor,
caracterizadas por el control totalitario, el terror cotidiano, el aislamiento
y el secreto impuesto. Así las sobrevivientes enfrentan grandes dilemas en esa
familia, en la cual deben desarrollar una identidad, su capacidad de autonomía,
su imagen y estima. En un lugar en donde se le trata como esclava o como una
niña prostituta, donde se le exige aceptar el abuso a cambio de cariño,¿Cuál
imagen corporal sana puede desarrollar? Necesita desarrollar defensas para la
vida, cuando su cuerpo debe estar noche y día a disposición del abusador, ¿Qué
posibilidad tiene de adquirir confianza cuando sus relaciones están dictadas
por la traición? ¿Cuál autonomía puede gestarse, cuando su voluntad, su no, es
permanentemente quebrantado?
El
abuso, por lo contrario, congela a la víctima en un estado precario del yo, en
donde la posibilidad entre la vida y la muerte es una constante. Sus síntomas
son los gritos disfrazados de los secretos jamás contados. Los secretos que
fueron tan terribles no pueden ser dichos con palabras. Sus síntomas, hablan de
esos horrores.
El
abusador con sus palabras, coloniza su lenguaje, el lenguaje del amor y del
desamor, convirtiéndolo en el cotidiano. Ella habla con metáforas como una
forma de inventar una manera de comunicarse que el ofensor no haya mancillado.
Debe
creer en la justicia cuando para ella no llega, en la humanidad aunque nadie la
escucha. Aceptar que frecuentemente no existe reparación, que los ofensores,
sus padres, son insensibles, indiferentes a sus reclamos, y no queda otra
alternativa, más que aceptar que ellas crecieron en soledad y peligro.
Las
víctimas deben cargar sentimientos de culpa, difíciles de desarticular aún en
terapia, porque la culpa la salva del hecho dantesco de aceptar, que de niña,
estuvo en manos de un padre que en vez de cuidarla, la explotó y esclavizó.
Así, prefiere pensar que ella es la mala, antes que ver como tal a la persona
de quien ella depende. Los sentimientos de culpabilidad cumplen una función
protectora frente a sentimientos insoportables de fragilidad.
Desconectarse
de sus sentimientos, de su cuerpo, es una tarea frecuente y extraordinaria de
la mente cuya función es sobrellevar el dolor que causa el incesto. Disfrutar
del cuerpo es algo prohibido, ellas no confían ni en su cuerpo ni en
manifestaciones del mismo. El cuerpo no se lleva, no se siente, no se ama. Por
ser éste el vehículo en el cual ha recaído directamente la ofensa. La atención
sin intenciones sexuales es desconocida. Un hombre que no busque el contacto
sexual no es de fiar y aquel cuyas intenciones son sexuales, representa al
padre, lo que deposita un descarnado dilema en los hombros de la sobreviviente.
Para
ellas, éstas pérdidas son desconsolantes. Se pulverizan los supuestos básicos
que necesita todo ser humano para crecer. Las personas necesitan creer que las
cosas malas les suceden a las demás, suponer la existencia de la justicia y que
el mundo es significante. La aceptación de las pérdidas que el incesto deja,
siempre produce resistencia y un profundo dolor. Admitirlas es reconocer que no
tenemos poder para cambiar lo que pasó, ni control sobre quienes nos
infringieron ese dolor.
Al
igual que otras disciplinas, la teoría sobre la violación y el abuso sexual
necesita ser sometida a una exhaustiva revisión que deconstruya nociones que
aparecían como verdades universales. Necesitamos retomar con un nuevo enfoque,
como vivimos, como organizamos la vida familiar, las pautas cotidianas, los
roles en la pareja, las teorías acerca de la crianza de los hijos, las
decisiones laborales, así como las consideraciones para medir salud y
enfermedad en mujeres, niños y niñas. Para así poder asegurarnos que el
abordaje, los parámetros y sobre todo lo que promovemos como ciencia y verdad,
no revictimice a la mujer, niños y niñas refuerce roles sociales, promueva
dependencia o inferioridad.
Es
importante despertar la conciencia de que la mirada estándar, y por lo tanto
las definiciones que constituían nuestras herramientas de trabajo profesional,
provenían de un observador masculino y expresaba una perspectiva masculina no
universal. El develamiento del trasfondo patriarcal en las teorías, reposiciona
la pregunta de a que sujeto observamos, conocemos y definimos. Por lo tanto,
necesitamos revisar la ciencia que se nos propone como verdadera y poner
límites a las certezas de lo considerado “universal”.
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