Cecilia Mangini: "He tenido que comportarme como un hombre"
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Cecilia Mangini, Ima Sanchís, La Vanguardia
-
Cecilia Mangini, primera directora documentalista de ItaliaVictor-M Amela, Ima
Sanchís, Lluís Amiguet
- Tengo
84 años. Nací en la Apulia y vivo en Roma. Viuda de otro director de cine y con
un hijo. Soy anarquista. No me reconozco en mi país, gobernado por un
autoritario que siembra el miedo al diferente. Soy laica, pero creo que el
universo y todo lo que hay en él es sagrado.
Sigue
creyendo en la revolución?
Marx
decía que la revolución es como un topo. Es necesario esperar, el viejo topo
acabará saliendo a la superficie.
Las
revoluciones suelen acabar mal.
Porque
son traicionadas, la gente tiene miedo a ser libre, y siempre hay alguien que
se aprovecha de ello. La verdadera revolución sucederá cuando la palabra poder
ya no exista, cuando para la gente sea algo del pasado.
¿Usted
ha sido libre?
No, las
mujeres de mi generación éramos excluidas de casi todo, tenías que combatir
para ser tú misma.
¿Cómo
lo hizo?
Comportándome
como un hombre.
¿...?
Debíamos
ser dulces, obedientes, estar a merced de los hombres, no tener ideas propias,
leer a escondidas… Yo he hecho todo lo contrario.
¿Qué
decía su entorno?
Empecé
a ser hombre con 24 años, cuando me fui a Roma para trabajar en el cine, así
que mis padres no se enteraron. En una ocasión, haciendo un documental en
Palermo, estaba con el director y un compañero discutiendo acaloradamente en un
bar cuando llegó un hombre vendiendo flores: “Cómprenle unas flores a la
señorita”, dijo, y el director le preguntó: “¿Qué señorita?”.
Eso
debió de doler.
Tuve un
gran sentimiento de triunfo y a la vez mucho sufrimiento, porque me había
traicionado a mí misma, pero debía mantenerme firme si quería hacer lo que he
hecho. También fui fotógrafa, seguía la realidad de la vida por la calle, y ese
tampoco era un trabajo de señoritas.
¿Cómo
la trataba la sociedad?
A medio
camino entre la admiración y el “¡pero qué quiere esta!”. Trabajaba entre
hombres, demostré que era buena, y se portaban bien conmigo, era como su
hermano.
Un
hermano muy femenino.
Si una
mujer no está disponible, los hombres lo entienden inmediatamente.
¿Pero
no la tachaban de marimacho?
Yo no
afirmaba ningún tipo de poder, sólo quería participar en la vida que tenían los
hombres, no ser excluida. Así conseguí algo insólito: hacer cine en los años
cincuenta en Italia. Soy muy afortunada, pero ha sido difícil.
¿De
dónde le surgió esa inquietud?
Con la
caída de Mussolini, Italia era una ruina, estaba llena de tropas extranjeras,
muchas mujeres se prostituían. Nuestra identidad se había quebrado, teníamos
que reconstruirnos. En la escuela yo juré a diario defender con todas mis
fuerzas e incluso con mi sangre la revolución fascista. Se derrumbaba aquello
en lo que habíamos creído.
Entiendo.
Era un
nuevo comienzo. Tras la guerra vimos de golpe todo el cine francés, americano,
alemán, sueco... Incluso el maravilloso cine mudo. De Sica y Rossellini nos
decían que debíamos encontrarnos a nosotros mismos. Roma città aperta nos abrió
los ojos.
Pero
usted era diferente al resto de las mujeres pese a las circunstancias.
Mi
padre y mi madre no se llevaban bien. Él era un plebeyo y mi madre pertenecía a
esa pequeña aristocracia aferrada a eso tan cretino de los títulos nobiliarios.
Se querían pero había una gran tensión en casa y yo quería huir, no había
felicidad. Mi madre era la sombra del pasado, y mi padre, convencido de los
ideales socialistas, pertenecía al futuro; quizá por eso quise ser hombre, para
vincularme con mi padre.
¿Qué
ha aprendido?
Que si
sofocas tu creatividad te ahogas a ti misma. Pero si te dejas conducir por ella
te realizas. Creo que todas las personas tienen creatividad, pero las escuelas
se dedican a frenarla, porque es una fuerza muy efectiva y va paralela a la
libertad.
¿Escogió
el documental social?
La vida
me condujo. Me arriesgué y tuve suerte. Mis documentales eran libertarios,
mostraban las diferencias sociales, y al gobierno clerical y conservador no le
gustaban. El primero que realicé fue prohibido, esa fue una buena medalla.
¿Qué
descubrió del ser humano asomada a su miseria?
Que el
ser humano quiere explicar quién es, tiene el impulso de manifestarse a los
otros, y cuando encuentra a alguien que le escucha verdaderamente, se abre. Ese
es mi don, pero podría ser universal.
¿Por
qué su interés por lo marginal?
Todos
los veranos íbamos con mi padre a su tierra, la Apulia, paupérrima: niños sin
zapatos, mujeres siempre vestidas de negro porque la muerte era una constante
en sus vidas, hombres que con 50 años estaban doblados en dos a costa de arar
sin comer. Luego volvía a la rica y sofisticada Toscana.
Trabajó
con Pier Paolo Pasolini.
Sí, la
primera vezme hizo los textos de Ignoti alla città, mi documental prohibido,
que narraba las condiciones de vida de los jóvenes de los suburbios en los
sesenta. Pasolini era abierto, disponible, sensible, necesitaba ser aceptado,
pero la Italia oficial lo odiaba.
Por
su homosexualidad.
Sí, y
creo que él buscó la muerte porque no pudo resistir las presiones homófobas.
La
violencia lo arruina todo.
En el
teatro japonés cuando un actor quiere decir algo y ser escuchado se ilumina el
rostro con una linterna. Nosotros alzamos la voz sin obtener mejores
resultados.
VALIENTE
Su
trabajo cinematográfico arranca en la posguerra, retrató la pobreza del sur de
Italia, el mundo de los jóvenes de los suburbios, las desigualdades, los
cambios y contradicciones de la nueva sociedad posfascista. Trabajó con
Pasolini y brilló en una época en la que el cine italiano dio lo mejor. Fue la
única mujer en un mundo de hombres y acabó obteniendo el respeto y
reconocimiento del mundo del cine en Italia, en un periodo, los cincuenta y
sesenta, donde el cine italiano dio lo mejor de sí. Sigue siendo una mujer
bella, con una sonrisa encantadora, una mirada lúcida sobre el presente y una
humildad conmovedora. Ha venido a inaugurar la 19a Mostra Internacional de
Films de Dones de Barcelona.
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