Feminicidio
© Gioconda
Batres Méndez
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“La
violencia contra las mujeres es la mayor atrocidad cometida en contra de los
Derechos Humanos en nuestros tiempos. Desde que nacen hasta que mueren, tanto
en tiempo de paz como en la guerra, las mujeres se enfrentan a la
discriminación y a la violencia del Estado, la comunidad y la familia.” (Amnistía
Internacional, 2004)
El
término femicidio para referirse al asesinato de mujeres por el hecho de ser
tales, fue utilizado por primera vez por Diana Russel, cuando en Bruselas en
1976, rindió testimonio en el Tribunal Internacional sobre crímenes contra las
mujeres y lo fundamentó como un acto extremo de poder y control.
En los
últimos años, la comunidad internacional ha reconocido la urgencia de dar
respuesta a este fenómeno por medio de diversos mecanismos internacionales que
regulan y sancionan la violencia contra las mujeres, considerándola como un
atentado y una violación a sus Derechos Humanos. Por ejemplo, la Convención
Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra la
Mujer (Belem do Parà, 1994) reconoce la Violencia Doméstica como problema de
violación a los Derechos Humanos, como un delito que los gobiernos deben
confrontar a través de diversas y múltiples acciones.
La
violencia contra las mujeres se manifiesta de diversas formas, una de las
cuales es la violencia intrafamiliar, sin embargo, a nivel social abarca
valores, costumbres, lenguaje, símbolos y comportamientos que la sociedad
acepta y transmite de generación en generación, estableciendo y legitimando
como naturales, comportamientos y acciones de franca injusticia.
La
construcción de los géneros, -la feminidad y la masculinidad-, en un sistema
social basado en la desigualdad, propicia la perpetuación del trinomio
subordinación-discrimación-dominación, y legitima relaciones de inequidad entre
hombres y mujeres.
La
masculinidad, tal y como es vivida hoy día en nuestras sociedades, es cada vez
más una amenaza contra la paz social y la integridad de las mujeres en la vida
pública y privada.
Femicidio
en América Latina
En
países como Costa Rica en donde se realizó un estudio sobre femicidio que
comprendía los años 1990-1999, financiado por OPS y realizado por A.Carcedo y
M.Sagot, se informa que el 70% de los femicidios ocurren en el espacio de las
relaciones íntimas. Este hecho se caracterizó como femicidio íntimo, es decir,
asesinatos donde la víctima tenía o tuvo una relación íntima familiar, de
convivencia u otros afines.
Cuando
se sobrepasa el espacio intrafamiliar, también, las mujeres son asesinadas como
una expresión extrema de violencia sexual, como cuando una violación termina en
asesinato. En el marco de conflictos armados el femicidio recae en las mujeres
que son catalogadas como propiedad del enemigo y son violadas, torturadas y
asesinadas por un grupo de hombres que desean derrotar a otro grupo de hombres.
Estos crímenes se han conceptualizado como femicidio no íntimo o como femicidio
sexual ya que en su mayoría las mujeres son atacadas también sexualmente en
forma brutal, antes o después de la muerte. Existen también los femicidios
ritualistas documentados en Zambia, Zimbawe y Sudáfrica. Diana Russel propone
caracterizar como femicidio masivo todas aquellas muertes de mujeres que son el
resultado de conductas masculinas de poder y dominación, como las muertes por
mutilación genital y los llamados “crímenes de honor”.
En esta
conceptualización del asesinato de mujeres por razones de género como
femicidio, se sitúa el problema en el ámbito correcto, significa un avance en
la comprensión política y lo coloca como la máxima y abominable expresión de la
violencia de género. La palabra femicidio sitúa los ámbitos público y privado
como los espacios relacionales en donde ocurren estos crímenes, analiza la
violencia contra las mujeres como un continuúm y esclarece y revela las
prácticas que se mantienen como cosa natural, al ser considerada inferior.
Como he
dicho, a pesar de que la Conferencia de Derechos Humanos, celebrada en Viena en
1993 reconoció la violencia contra las mujeres, tanto en la vida pública como
privada, como una grave violación a sus Derechos Humanos y destacó la
responsabilidad de los Estados en prevenirla y erradicarla, y además en 1992,
La Convención de Belem do Pará establece compromisos de obligatoriedad para los
Estados en relación a implementar medidas en estas direcciones, en la mayoría
de los países de América Latina a lo sumo han llegado hasta decretar leyes
sobre “violencia intrafamiliar” o “violencia doméstica”.
Estos
términos útiles en el pasado, en la actualidad se nos quedaron chicos porque
generalmente el concepto de familia se entiende como sistémico y pone en el
mismo nivel a discapacitados, personas de la tercera edad y otros, de tal
manera que elude la diferencia de poder entre hombres y mujeres en el ámbito
familiar. Impide ver que la violencia contra las mujeres se da en estos y otros
ámbitos familiares, condicionados por las relaciones de poder.
Ciudad
Juárez y Guatemala representan situaciones emblemáticas que ocultan también el
hecho dantesco de que en todo el mundo las mujeres son asesinadas por razones
de género. Sin duda lo que ocurre en Guatemala toca el corazón y levanta la
indignación de América Latina.
El dos
de mayo de este año, Guatemala aprobó la Ley contra el femicidio y otras formas
de violencia contra la mujer. Junto con Costa Rica que aprueba, contra viento y
marea, la Ley de penalización de la violencia contra las mujeres el 30 de mayo
de 2007; estos dos países tan disímiles se ponen al frente de esta lucha
vanguardista para proteger a las mujeres y a las niñas.
Sin
embargo quienes hemos estado hombro a hombro, sombra a sombra, trabajando por
erradicar la violencia de género, sabemos que “del dicho al hecho hay un gran
trecho”, por tanto queda una gran distancia y muchos obstáculos por vencer.
Generalmente
hay muchas y muchos detractores de estos cambios que sontan misóginos que ni
siquiera lo pueden ver, quienes tienen también grandes intereses porque las
cosas no cambien, ni que los imperios se resquebrajen, pero el primer paso ha
sido a dado y es irreversible.
Masculinidades
Agresoras
Quisiera
poder hablar, en aras de la claridad, de algunos mitos que afectan a toda la
población y forman parte de un matriz social y psicológica. Son afirmaciones
erróneas elevadas al rango de conocimientos. Para tener una respuesta a estas
interrogantes es preciso conocer un poco más sobre el proceso que lleva a un
hombre a convertirse en abusivo y muchas veces en homicida. Es necesario
también develar los mitos que el discurso científico y popular nos ha
transmitido como verdades. Este nuevo conocimiento es el que nos permitirá
iniciar las transformaciones sociales y las acciones concretas orientadas a
darle un tratamiento más efectivo e integral a esta problemática. Mi tesis
parte del hecho de que una buena proporción del fenómeno de la violencia de
género tiene que ser concebida sobre la base del cómo está construida o
diseñada la masculinidad hegemónica.
Empecemos
con el mito que se refiere al uso del alcohol y otras drogas. Muchos creen,
inclusive ciertos (as) profesionales, que estas sustancias causan el problema.
Quienes hemos trabajado con hombres agresores de todas las clases sociales,
sabemos que solo un 25% de los abusadores tienen este problema y aún aquellos
que lo sufren han cometido varios actos de agresión sin estar bajo la
influencia de sustancias. Lo cierto es que en un hombre que ya es agresor, la
ingesta de alcohol sí aumenta la violencia y la peligrosidad, pero no es
etiológico, estos son dos problemas distintos y requieren soluciones
diferentes.
La
conducta agresora no es una manifestación aislada, forma parte de un patrón
diario de comportamiento agresivo. La violencia física, los actos crueles de
abuso psicológico, el femicidio, es simplemente la cima de este patrón consuetudinario
de violencia.
Otro
mito es que los hombres agresores son psicópatas, pero la realidad ha
demostrado que muy pocos tienen este tipo de problemas.
Se dice
también que están fuera de control, arrebatados por la pasión y los celos,
argumentos frecuentemente utilizados para explicar, diría yo minimizar, los
golpes, la tortura psicológica y el femicidio.
Por el
contrario, él se puede controlar por largos períodos si cree que le conviene
hacerlo. Por ejemplo, si es arrestado, se controla muy bien meses antes del
juicio. Más bien lo que pasa es que él no pierde el control sobre sí mismo,
sino que toma el control sobre su pareja. Estos hombres agresores no le pegan a
otras personas, si creen que hacerlo les traerá consecuencias. ¿Qué es entonces
lo que lleva a un hombre a convertirse en violento con su pareja, golpearla,
violarla, abusar psicológicamente y asesinarla? Existen cuatro actitudes en los
hombres agresores que actúan como causas de la conducta violenta. Una es el
control. El hombre agresor cree con absoluta certeza que tiene el derecho de
controlar a su pareja. Es el derecho indiscutible a tener el control económico,
el control de sus decisiones y el control sexual. Y si no obtiene ese control,
cree también que tiene la potestad de usar la violencia o la coerción para
obtenerlo.
La
segunda actitud es creer que tiene el derecho de ver satisfechas todas sus
necesidades por los miembros de su familia. Cree que es responsabilidad de la
compañera cuidarlo física, emocional y sexualmente. Ella debe cuidar de la
casa, de los(as) niños(as), darle apoyo, hacer el amor cuando él necesita,
prestarle siempre atención y cuando piensa que no recibe esa respuesta, se cree
en posesión de la razón para imponer el castigo físico y emocional. Los
sentimientos y necesidades de ella tienen para él poco valor.
La
tercera actitud es la cosificación, es decir, considerar a su pareja no como
una persona sino como un ser inferior, un objeto entre otros, un objeto sexual
que debe darle placer. Este proceso de convertir en cosa a una persona, muy
común en el militarismo, facilita el uso de la violencia ya que es más fácil
emplearla o asesinar, si se está convencido de que las mujeres no son de verdad
seres humanos con necesidades.
La
cuarta actitud es la posesión. Piensa que la mujer que vive en relación con él,
es algo de su pertenencia y por ello puede hacer lo que considere necesario,
desde golpearla hasta asesinarla. “Mía o de nadie”, es el fundamento del
femicidio, un acto que es premeditado y es el resultado de sentirse con derecho
al control y a la posesión. Este no es un acto pasional, ni el producto del
amor, este es un crimen propiciado por la misoginia.
Violencia
y Patriarcado
Aunque
la violencia sexual contra las mujeres no es exclusivamente masculina, si llama
la atención que es predominante, así como la violencia física conyugal. Esta
asimetría en la presentación de la conducta abusiva nos ha llevado a teorizar
sobre la influencia que tiene en la construcción de la identidad masculina los
mandatos patriarcales dirigidos al género.
Según
Recinos (2001), todo lo cognoscible tiene un sesgo genérico, incluso en el
ámbito simbólico, lo cual sugiere que existe una interconexión, una compleja
red que asocia la existencia en función del género. Aprendemos desde niños (as)
a invocar asociaciones basadas en el género para procesar la información en
función de ellas, desarrollando un esquema que es el núcleo de la tipificación
sexual.
Puesto
que lo masculino está más representado en la sociedad, es más estereotipado y
más valorado, y aún valores negativos como la agresividad en el estereotipo
masculino, pueden verse como buenos o necesarios. Este es entonces el mecanismo
psicológico de cómo se introyecta la realidad social.
La
ideología masculina es una construcción cultural que establece relaciones
asimétricas entre los géneros. Los niveles de asimetría varían de una sociedad
a otra... Las relaciones asimétricas se establecen partiendo de la superioridad
de lo masculino y la subordinación, devaluación e inferiorización de lo
femenino.
Como
venimos diciendo, esta adquisición social de las normas es lo que se denomina
género. El género como categoría también designa una realidad psicológica que,
como conjunto de pensamientos y emociones, contribuye a estructurar las
personas estableciendo jerarquías de las actividades humanas, en donde lo
masculino tiene más valor que lo femenino.
En el
nivel psicológico, la identidad de género está claramente internalizada como
certeza desde los 18 meses de edad y asociada a factores cognitivos y
emocionales que desde el punto de vista psicológico hacen difícil su
desconstrucción.
Una vez
introyectado el rol genérico se cierra firmemente el aparato psíquico, formando
una pantalla permanente a través de la cual se percibe y experimenta el mundo.
Este proceso explica cómo se introyectan el género y sus atribuciones.
Usaré
el término masculinidad y no masculinidades, a la masculinidad esencial
hegemónica, será a la que me refiero, la que comparten todos los hombres que
crecen en la sociedad patriarcal. Que algunos la cuestionen, la rechacen o la
deconstruyan, tiene que ver con la individualidad, la familia y la sociedad en
que se crezca; la etnia y la clase también podrían mediatizarla.
La
misoginia tiene que ver con una insensibilidad adquirida por el dolor de las
mujeres, y permite la creencia de que son inferiores a los hombres y que esta
inferioridad es natural. Lagarde nos explica que las mujeres son impotentes por
incapacidad propia y de manera central, cuando se hostiliza, se agrede y se les
somete, haciendo uso de la legitimidad patriarcal. Estamos hablando de
misoginia. Esta también se expresa mediante el desprecio por las víctimas de la
violencia de género, en las omisiones históricas y los castigos hacia ellas.
La
violación, el paradigma de la violencia sexual.
Creo
que debo agregar a esta reflexión la violación como definición del encuentro
sexual paradigmático de la opresión femenina. El mensaje de la violación
materializa la jerarquía del poder masculino y la erotización del mismo.
La
pornografía nos ofrece algunas respuestas de lo que los hombres quieren
sexualmente de las mujeres, tomarlas cuando así lo desean, tratarlas y
exponerlas como objetos, atarlas, torturarlas, humillarlas, degradarlas y hasta
asesinarlas.
La
asociación entre violación y placer se constata en las imágenes de la
pornografía. Las mujeres son colocadas en las categorías más despreciables de
los seres humanos, en las cuales los niños y las niñas son incluidos.
Estar
sexualmente objetivada se refiere a tener un significado social como una cosa
que puede ser utilizada sexualmente. Y existe una relación entre excitación y
jerarquía genérica en donde la sexualidad masculina se activa por la violencia
hacia las mujeres. Por lo tanto mantener sometida a las mujeres excita a los
hombres.
Muchos
violadores entrevistados han confirmado que ese sometimiento femenino les eleva
la autoestima después de la violación y encuestas aplicadas a estudiantes
americanos reportan que la tercera parte de los hombres violarían a una mujer
si no fueran atrapados.
De tal
forma que buscar una sexualidad equitativa sin una transformación política es
buscar la igualdad en condiciones de desigualdad, lo cual no es posible.
La
violación es una estrategia política para mantener a las mujeres en estado de
terror. Muchas de las mujeres asesinadas han sido previamente violadas y esto
es un mensaje claro de lo que podría pasarle a las mujeres que no obedecen los
mandatos de la sumisión.
Para la
ideología masculina, la sexualidad está articulada con el poder. La relación
entre sexualidad y violencia es estrecha. La coerción sexual y la cosificación
del cuerpo femenino son parte de la sexualidad aprendida asociada al poder.
Tempranamente los hombres aprenden que las mujeres les pertenecen. Se construye
el binomio que me aterra: placer es violencia y violencia es placer.
Los
hombres aprenden a excitarse con la dominación, la sumisión y la humillación.
Violar, abusar a niñas y mujeres y asesinarlas, se convierte en un camino que
alimenta la masculinidad del violador.
El
Impacto
El
femicidio representa una importante causa de muerte para las mujeres. Afirman
Carcedo y Sagot que si pudiéramos contabilizar las agresiones mortales que no
causan la muerte inmediata sino que aparecen erróneamente clasificados en otros
diagnósticos, si a ello sumáramos las muertes por violencia intrafamiliar y
sexual los homicidios de mujeres disminuirían al menos un 58%.
El
perfil de las víctimas se mantiene a lo largo de los años. Mujeres entre 13 y
36, amas de casa, estudiantes, comerciantes, mujeres cuyos asesinatos dejan en
el dolor y el abandono, hijos, familias y mucho dolor.
En un
estudio realizado por estudiantes de la UNED en Costa Rica con hijos e hijas de
mujeres muertas por femicidio, encontramos que los niños habían quedado en
instituciones o en hogares de familiares, generalmente pobres, sometidos a
otros tipos de violencia, sin atención psicológica por parte del Estado y
presentaban muchas secuelas y perturbaciones emocionales.
Según
Donoso (2008) los cuerpos de las mujeres muertas en Guatemala aparecen además
mutilados, descuartizados, torturados, degollados, quemados. Esta masacre con
mensaje genera pánico entre las familias y mujeres en general y es también un
mensaje del patriarcado frente a los cambios operados en la dinámica social y
económica. Donoso afirma que la autonomía de la mujer es percibida como una
usurpación del espacio público de los hombres y así es castigado.
Por lo
tanto el asesinato sexual es un acto mítico ritualista en el patriarcado
contemporáneo en donde se funde el sexo y la violencia, donde se establece una
íntima relación entre hombría y placer. (Caputi en Monáres Fragoso, 2002)
Para
Susana Villarán relatora de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos la
impunidad que genera la inoperancia del Estado en la investigación,
procesamiento y castigo de los responsables y enfatiza el carácter
intimidatorio que el fenómeno tiene también . Durante la existencia de la
humanidad, ha tomado diferentes manifestaciones, desde la hoguera hasta el
femicidio.
Entonces
contamos con la ley pero la práctica se impone a la norma, la ideología
patriarcal genera conductas machistas y discriminatorias. Y las leyes tienen
sus dificultades para ser cumplidas.
Por
ejemplo, Silvia Donoso, experta en género de la Unión Europea, realizó una
investigación en los agentes de una comisaría de la Policía Nacional Civil y el
83% de los agentes consideraron que las mujeres asesinadas tenían algún grado
de responsabilidad. Esta es sólo una muestra parcial de todos los interventores
que actúan ligados a sus prejuicios.
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