Violencia machista a debate
© Nieves Salobral,
Soraya G. Guerrero, Diagonal
- La lucha contra la
violencia de género pierde legitimidad en un contexto donde el mensaje es “hay
que aguantar”.
Ocho años después
de la Ley Integral contra la Violencia de Género, ¿cómo se está entendiendo la
violencia machista? Realizamos un breve repaso por un mapa social de
coordenadas complicadas, donde los recortes sociales son la coartada perfecta
para una reacción de corte neomachista que considera que las mujeres tienen
demasiados derechos.
Discursos sociales: machismo a la defensiva
Hoy nadie
manifiesta su apoyo abierto a la violencia contra las mujeres. Lógico, la
“violencia de género”, como se ha tipificado, está condenada y penada
institucionalmente. Pero si rascamos en las percepciones sociales, afloran
discursos comprensivos –cuando no de “aval explícito”– hacia los hombres que
ejercen violencia contra las mujeres.
Es lo que se ha
encontrado el Colectivo de Investigación Sociológica Ioé en su estudio sobre
las actitudes de la población ante la violencia de género en España,
recientemente publicado: “Todos estos discursos tienen en común una
minimización de la importancia de la violencia masculina y una crítica
constante a las políticas oficiales y a la actitud de las mujeres, a las que en
buena parte se les culpa de actitudes que generan la reacción agresiva de los
varones”. Estos discursos del machismo resentido y a la defensiva, como los ha
bautizado Ioé, consideran que el contexto es fuertemente favorable a las
mujeres y llegan a percibir al hombre como una víctima de los excesos
femeninos.
Encontrarse estas
actitudes en figuras con responsabilidades como jueces, abogados y abogadas, o
dentro del profesorado es más grave aún. “Esto no era lo que se quería con la
Ley Integral contra la Violencia de Género”, lamenta la jurista María Naredo,
que acaba de publicar un informe sobre la violencia institucional en tribunales
especializados. “La ley lo que quería era lograr la igualdad y prevenir y
sancionar la violencia de género, pero no ‘machacar a los hombres’ ni ‘dar
demasiados derechos a las mujeres’. Eso lo he oído ya tantas veces... y no
precisamente en la calle, sino en foros de profesionales. También el que las
mujeres migrantes obtienen el permiso de residencia por ser víctimas de
violencia de género. Entrevisté a una mujer dominicana que me llegó al alma:
‘hasta quiero que nos quiten ese derecho para que nos crean, que no lo hacemos
por los papeles’”.
Después de más de
tres décadas de lucha contra la violencia machista, parece que los derechos de
las mujeres se vuelven contra ellas mismas. La propia lucha contra la violencia
machista ha perdido legitimidad y los testimonios de las mujeres víctimas se
ponen en duda. Vemos como un nuevo mito, el de las denuncias falsas, cobra
fuerza y se une a la saga de los viejos mitos sobre la violencia de género: es
un “problema residual”, “ligado a grupos sociales atrasados” o “una enfermedad
mental”, como se desprende el estudio de Ioé.
“Te crees eso de
que no estás sola y que te vamos a proteger y le cuentas al juez lo que pasa en
casa y a tu hija. Pides un informe psicosocial de la unidad familiar y primera
bofetada en la cara, los fiscales no están presentes porque están
sobrecargados. Da absolutamente igual que haya un menor al que proteger, los
abogados, aunque sean de pago, tienen una formación muy escasa. Consigues un
régimen de visitas estándar y no puedes proteger a tu hijo o a tu hija.
Entonces, las mujeres intentan denunciar, pero se interpreta como una pataleta
para alejar a los hijos de los padres. Y por aquí se va colando el Síndrome de
Alienación Parental (SAP)”. La psicóloga Fátima Urzanqui, que brinda apoyo psicológico
a varias mujeres, no vacila en considerar el SAP como una respuesta neomachista
al abordaje penal de la violencia.
Vuelve a ser
importante preguntarse cómo se ha enfocado la violencia machista y qué se ha
perdido por el camino. Desde que la lucha contra ésta se ha institucionalizado,
el foco se ha ido desplazando hacia la violencia más extrema, la agresión
física (y, por encima, el asesinato). Y se ha circunscrito a un sólo ámbito, el
de la pareja o expareja. El endurecimiento del Código Penal en 1995 ha supuesto
un giro represivo que podría haber recrudecido el patriarcado familiar con
nuevas violencias como la del SAP.
En este enfoque
miope, el contexto de discriminación sexista se diluye, no se entiende. Y se
quedan fuera otras violencias machistas más invisibles y habituales que se dan
en el contexto de la pareja, pero también en la calle, en el trabajo y en las
redes sociales. Hablamos de la violencia psicólógica en la pareja, la violencia
hacia los hijos e hijas, pero también del acoso sexual en el trabajo, la trata
de mujeres (no sólo con fines de explotación sexual), las agresiones sexuales o
el ciberacoso.
“Frente a quienes
piensan que la violencia es una rémora del pasado, el patriarcado está
rearticulando su coherencia interna en un periodo de crisis del vínculo
familiar tradicional y de inestabilidades materiales”, explicaban las
investigadoras Cristina Vega y Begoña Marugán en el 2000, antes de que se
intensificara el ciclo de recortes neoliberales.
Recortes sociales: La excusa
Las asociaciones
feministas y CC OO denunciaron en noviembre ante los grupos parlamentarios la
reducción de un 24% de las políticas de igualdad en los Presupuestos Generales
del Estado para 2013. Un año de recortes que deja claro el interés de nuestro
Gobierno en eliminar las relaciones estructurales de desigualdad que sustentan
la violencia.
La progresiva
disminución del presupuesto se ha observado en muchos ámbitos y actuaciones
institucionales. María Naredo destaca, entre otros, que los juzgados están
denegando cada vez más derechos de protección, ha caído diez puntos desde el
2007, y en Cataluña se están denegando en un 50% pese a que no se está
denunciando más. Y las órdenes de protección, para algunas comunidades
autónomas como la de Madrid, son llave de acceso a muchos recursos, porque con
la ley Integral se han convertido en “los certificados de mujer maltratada”,
afirma esta investigadora.
El abordaje de la
violencia en los dispositivos de atención también se verá afectado. Con la
última normativa que regula los concursos públicos se valora más la propuesta
económica que la técnica (que sólo puntúa un 30%). Las consecuencias más
previsibles son la precarización de los salarios en un sector feminizado, la
disminución del número de trabajadoras, de programas y de plazas. Tampoco hay
que perder de vista los enfoques sobre la violencia de algunas propuestas de
bajo coste que llegan a proponer la mediación entre agresor y víctima. Medidas
absolutamente vedadas en los pactos internacionales de Derechos Humanos.
La vía
privilegiada para identificar la violencia en mujeres migrantes sin papeles era
a través de los protocolos de detección de violencia, en los centros de salud.
Pero ahora que han obstaculizado su atención normalizada, se quedan sin medios,
porque no van a ir a comisaría, afirma Naredo.
En paralelo a esta
pauperización, la propia existencia de la ley genera una anestesia social sobre
el sufrimiento de las víctimas que abre puertas al discurso neoconservador:
“Ahora el mandato es aguantar”, alerta Urzanqui. El paro y el trabajo más
precarizado ya se están convirtiendo en elementos disuasorios, si además se
produce una subida de tasas judiciales, ¿quién se va a separar, y más sin red
de apoyo, como es el caso de muchas mujeres extranjeras?, se pregunta esta
psicóloga.
Retos feministas: nuevos mitos
La Ley Integral
contra la Violencia de Género necesita medios económicos que no se han
articulado desde el principio y que con la excusa de la crisis están menguando.
El reto de las organizaciones feministas no es sólo impulsar la elaboración y
aprobación de leyes que garanticen una vida libre de violencia, sino hacer
seguimiento de su implementación y seguir visibilizando las violencias
machistas marginadas por la ley.
Para Naredo, la
aplicación de la Ley Integral sobre Violencia de Género es un camino mucho más
duro que su elaboración y observa que aquí las organizaciones reaccionarias han
comido terreno porque tienen una estrategia. “Los pasos atrás cuando se trata de
leyes contra la discriminación y la violencia sexista son muy fáciles de dar,
por eso nuestra fuerza debería ser mucho mayor que la de los machistas, y no
está siendo así”, reflexiona. “¿Por qué, a pesar del eco social de la igualdad
y de la ‘capilaridad e individualización del feminismo’ se rearticulan las
formas de dominación y se perpetúa la violencia?”, se preguntaban las
investigadoras Cristina Vega y Begoña Marugán.
Ante esta
cuestión, poner el acento en la dimensión simbólica de la dominación masculina
y también de la subordinación femenina ha sido uno de los nuevos retos del
feminismo. Una de las propuestas es romper con la representación de las mujeres
como víctimas, que les resta capacidad de acción, y salir de los relatos del
pánico y el trauma. Aquí han emergido posturas polémicas que entienden que es
necesario reflexionar sobre la violencia femenina. Es el caso de Medeak, que,
en un informe del Gobierno vasco sobre agresiones sexuales de 2011, considera,
muy a su pesar, que es necesario visibilizar modelos de agresividad femenina
para que los hombres experimenten que las mujeres pueden defenderse e incluso
agredirles físicamente.
La identificación
de los elementos capitalistas y sexistas que configuran el amor romántico y los
roles de género que se activan dentro de él es otro de los terrenos abonados
por el feminismo en el camino de la prevención de la violencia de género. Pero
no sólo en las relaciones heterosexuales. La activista Alicia Murillo reconoce
en su blog que la influencia del amor romántico inflama la violencia en las
relaciones lesbianas.
No sólo se están
revisando los roles masculinos de dominio que imprimen un amor violento. El
esquema romántico exige a los roles femeninos la procuración continuada de
cuidados y afectos a sus parejas y/o familias. A través de este plus emocional,
que analiza Mari Luz Esteban en su último libro, se realiza una colonización de
la vida de la otra u otro hasta materializarse en control y manipulación
sistemática, acoso, amenazas, e incluso violencia física.
La expresión
homicida de las mujeres apenas se ve reflejada en las estadísticas, su
violencia se aprecia menos extendida que la masculina, posiblemente debido a su
lugar de subordinación en las relaciones estructurales de poder, que la
deslegitima. Analizarla es un desafío necesario para el conocimiento de la
violencia en las relaciones amorosas y lograr así condiciones de protección
y reparación a todas las víctimas.
Otro de los
desafíos del feminismo es el reconocimiento en los espacios activistas y
cercanos de la experiencia de microviolencias, historias perversas de acoso,
amores violentos y agresiones sexuales, como recoge el informe Tijeras para
todas, reeditado por Feministes Indignades. En estos espacios, la palabra de
las víctimas se sigue poniendo en duda porque quizás es más digerible creer que
es una exageración a asumir que tenemos al patriarcado brincando en nuestras
relaciones.
Agresiones sexuales en el olvido
¿Por qué son las
mujeres las que tienen que decir ‘no’? A pesar de que el índice de resolución
de denuncias por agresiones sexuales es alto, el colectivo Sortzen apunta que
siguen siendo un delito difícil de denunciar. Aunque, gracias al movimiento
feminista, la violación dejó de ser un delito contra el honor y pasó a ser un delito
contra la libertad sexual, sigue estando pendiente que sean los agresores y no
las víctimas quienes se sientan señalados y rechazados. Las mujeres siguen
siendo sospechosas de la conducta agresiva de los hombres: “O bien se defienden
hasta la muerte o matan a sus agresores a fin de demostrar que realmente no
deseaban ser agredidas”, señala Sortzen en un completo informe sobre agresiones
sexuales en Euskadi. En él, también aportan datos reveladores, como que ha
aumentado el uso de la violencia física en las agresiones sexuales, “razón por
la cual es posible que se denuncien estas agresiones, ya que el grado de fuerza
utilizado ha traspasado el límite de lo que las víctimas pueden silenciar”.
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