La guerra contra las trabajadoras sexuales en EEUU
Fuente:
http://elestantedelaciti.wordpress.com/2013/02/07/la-guerra-contra-las-trabajadoras-sexuales/
- Una infame alianza de
feministas, polizontes y conservadores hace daño a las mujeres en nombre de la
defensa de sus derechos.
- Melissa Gira Grant en la
edición de February 2013:
http://reason.com/archives/2013/01/21/the-war-on-sex-workers
El pasado 30 de agosto, una
mujer de 19 años fue detenida en Ann Arbor (Michigan) después de que un posible
cliente llamara a la polícía para denunciarla. Alegó que la mujer le había
subido el precio de sus servicios tras el contacto inicial por internet. Los
polis se la llevaron esposada.
No hay nada particularmente
excepcional en esta historia, que apareció por primera vez en AnnArbor.com. Es
una de las docenas de ellas que podéis encontrar a diario en informes de la
policía y periódicos locales por todo el país, a menudo acompañadas por fotos
de fichaje. No hay ninguna organización defensora de los derechos de las
mujeres que compile datos completos de cuántas personas son detenidas,
juzgadas, condenadas y encarceladas por cargos relacionados con la
prostitución. Pero sus nombres y fotos son alojados en motores de búsqueda a
perpetuidad, independientemente del veredicto de sus casos.
Las consecuencias de tales
detenciones pueden destrozar sus vidas. En Luisiana, algunas mujeres detenidas
por prostitución han sido condenadas en aplicación de una vieja ley de hace 200
años que prohibe los “crímenes contra la naturaleza”. Estas personas condenadas
—que en un número desproporcionado son mujeres negras y mujeres transexuales—
terminan en el registro de agresores sexuales del estado. En Tejas, una tercera
detención por prostitución se considera automáticamente un delito grave. Las
cárceles de mujeres están tan sobrecargadas que el estado está pensando
modificar la ley para recortar gastos. En Chicago, la policía cuelga fotos de
fichaje de todas aquellas mujeres detenidas por solicitación en internet, una
campaña de vergüenza pública que se intenta hacer extensiva a los hombres que
compran sexo. Pero los investigadores de la Universidad DePaul hallaron que el
10 por ciento de las fotos de estos últimos son de mujeres transexuales a las
que se adjudicó erróneamente sexo masculino y fueron detenidas como “puteros”.
Un cargo de prostitución perseguirá a estas mujeres a través de todas las
entrelazadas burocracias de sus vidas: al rellenar un formulario para pedir
trabajo, al matricular a sus hijos en la guardería, al alquilar apartamentos,
pedir préstamos, solicitar pasaportes o visados.
No todas las personas que hacen
trabajo sexual son mujeres, pero las mujeres sufren de forma desproporcionada
el estigma, la discriminación y la violencia contra lxs trabajadorxs sexuales.
El resultado es una guerra contra las mujeres que es casi imperceptible, a
menos que estéis personalmente implicadas en el comercio sexual. Esta guerra
está encabezada y es dirigida en gran parte por otras mujeres: una coalición de
feministas, conservadores e incluso algunas activistas de derechos humanos que
someten a las trabajadoras sexuales a la pobreza, la violencia y la prisión
—todo ello en nombre de la defensa de los derechos de las mujeres.
Desconexión
de Craigslist y a las calles
Una mujer vestida de caqui de la
cabeza a los pies estaba tratando de juntar a la docena escasa de personas que
se manifestaban en piquete ante las oficinas en Nueva York del The Village
Voice. Con sus ojos protegidos del llameante sol de junio por un sombrero de
ala tipo safari, Norma Ramos apuntaba hacia la entrada del venerable semanario
alternativo con una mano, mientras con la otra sujetaba una pancarta escrita a
mano. En ella se leía, con letras deliberadamente desiguales: “La VERDAD detrás
de backpage.com: $2 MILLONES AL MES por alojar anuncios de trata sexual”.
Ramos es la directora ejecutiva
de la Coalición Contra la Trata de Mujeres (Coalition Against Trafficking in
Women = CATW). Según la copia promocional del departamento del portavoz que la
representa, Ramos está en la vanguardia de “uno de los asuntos de justicia
social más ignorados y trágicos de entre los que afectan a nuestro mundo”. Se
apunta el mérito (con cierta exageración) de haber cerrado las listas de
“Servicios Eróticos” de Craigslist, donde cualquiera con una dirección de email
podía postear un anuncio ofreciendo servicios sexuales a cualquiera que tuviera
una conexión a internet. Tras la desaparición de los Servicios Eróticos, que
siguió a años de presión por parte de las fuerzas del orden y de la Asociación
Nacional de Procuradores Generales, muchas trabajadoras sexuales optaron por el
principal competidor de Craigslist, Backpage.com, que vio un tremendo despunte
de nuevos anuncios de trabajo sexual. (El sitio, una vez propiedad de Village
Voice Media, fue escindido recientemente del viejo semanario también propiedad
de la empresa, en parte debido a la controversia sobre su contenido).
La lucha de Ramos contra
Craigslist, igual que la campaña contra Backpage que le siguió, hizo subir los
costes del negocio para algunas trabajadoras sexuales. Después de que los
adversarios usaran los medios y las audiencias del Congreso para ligar de forma
poco clara a Craigslist con la violencia y la explotación en el comercio
sexual, Craigslist comenzó a cobrar $5 por mensaje para sus anuncios de
Servicios Eróticos, argumentando que los números de las tarjetas de crédito
ayudarían a la policía a localizar a las anunciantes que hubieran sido
victimizadas. Para las trabajadoras sexuales que no pudieron afrontar los
gastos, la siguiente mejor elección fue asumir los riesgos adicionales (físicos
y legales) de solicitar en las calles. Todo este alboroto llamó la atención
sobre ambos sitios, dando a los polizontes una excusa para emprender acciones
que llevaran a la cárcel a las anunciantes de Craigslist y Backpage. Ahora
Ramos está agitando para hacer un bis.
Dos meses antes de la
manifestación a las puertas de la Voice,
la icono feminista Gloria Steinem era el centro de atención en los
burdeles de la India como parte de un viaje turístico patrocinado por la
Fundación NoVo, una de las mayores organizaciones benéficas privadas para
mujeres de los Estados Unidos. El dinero de NoVo es dinero de Warren Buffett:
mil millones de dólares, transferido por el segundo americano más rico a su
hijo Peter, que preside la organización
junto a su mujer, Jennifer. Steinem acompañó a Peter y Jennifer Buffett en un
paseo por Sonagachi, el mayor barrio rojo de Calcuta. Steinem volvió de su
visita con una sorprendente propuesta: lo que beneficiaría realmente a las
mujeres que trabajan allí —a las que describió al Calcutta Telegraph como
“prostituídas”, caracterizando su condición como “esclavitud”— sería poner fin
a los servicios de salud sexual y a los programas de educación entre pares en
burdeles, programas que han sido reconocidos por la Agencia de los Estados
Unidos para el Desarrollo Internacional como las mejores prácticas entre las
intervenciones de prevención de VIH/SIDA. Steinem describió a las mujeres que
dirigen esos programas de salud y educación como “tratantes” y a aquellos que
las apoyan como “el lobby de la trata”.
¿Cómo hemos llegado a este punto
en que en nombre de la “protección” de las mujeres, o incluso de la garantía de
sus “derechos”, las feministas están dispuestas a quitarles sus trabajos y su
atención sanitaria? Ramos, Steinem y sus aliados fusionan deliberadamente
trabajo sexual y lo que ellos llaman ahora “trata sexual” por sus propias
razones, no para promover los derechos de las trabajadoras sexuales. El
resultado es —o debería ser— un escándalo internacional.
Cómo se
convirtió el trabajo sexual en “explotación sexual”
Las luchas feministas a
propósito de la prostitución y la pornografía no son una novedad. Pero el
feminismo anti-trabajo sexual ha recorrido un largo camino desde los piquetes ante
las tiendas de revistas de los setenta y las reposiciones antiporno en los
campus universitarios de los noventa. “La pornografía es la teoría y la
violación es la práctica”, escribió la autora y activista feminista Robin
Morgan en 1980. Todavía anda por ahí hoy, dirigiendo un programa de radio en
D.C.’s 1580 AM para el Women’s Media Center.. “La prostitución es violación
pagada”, afirma Melissa Farley, que lleva luchando contra las trabajadoras
sexuales desde los noventa y ahora elabora informes para organizaciones
antiprostitución tales como Demand Abolition. Mientras que en otro tiempo estas
mujeres se centraron en terminar con la ·”cosificación” sexual en revistas y
barrios rojos, hoy están librando una guerra global que enfrenta a una clase de
mujeres contra otra.
Una arquitecta de este cambio es
la abogada Jessica Neuwirth, una de las fundadoras de la organización de
derechos de las mujeres Equality Now. En una entrevista de 2008 con la
socióloga del Barnard College Elizabeth Bernstein, Neuwirth describió el cambio
como un alejamiento de “una primera oleada de toma de conciencia acerca de la
explotación que consideró a la pornografía y a la prostitución casi por igual
como una especie de explotación sexual comercial de las mujeres”. La
reescritura era necesaria, explicó Bernstein en la revista Theory and Society,
porque la prohibición pura y simple del porno y la prostitución no fue popular,
poniendo a las feministas en desacuerdo con sus aliados liberales, tales como
la American Civil Liberties Union (ACLU)..”Fueron maltratadas por los tipos de
la ACLU”, dijo Neuwirth a Bernstein. “Replanteando estas cuestiones en términos
de ‘trata de mujeres’ en el extranjero y como una violación de los compromisos
internacionales en materia de derechos humanos de las mujeres”, explicó
Bernstein, “consiguieron librar las mismas batallas sexuales sin oposición”.
Estas batallas se libraban ahora
en nombre de la lucha contra la “explotación sexual”, la “trata sexual” y la
“esclavitud sexual”. El activismo se ha desplazado al terreno de la ley
internacional. En 2000, las feministas anti-trabajo sexual intentaron
introducir su redefinición del trabajo sexual en el “Protocolo de las Naciones
Unidas para prevenir, reprimir y sancionar la trata de personas, especialmente
mujeres y niños”. Norma Ramos y sus aliados pretendieron que el protocolo, cuya
finalidad es definir formalmente la trata en los programas de la ONU y promover
la colaboración entre los estados miembros de la ONU a fin de defender los
derechos de las personas que son víctimas de trata, definiera toda prostitución
como “trata”. Según el libro Sex Slaves and Discourse Masters, escrito en 2010
por Jo Doezema, académica de la Paulo Longo Research Initiative, las
trabajadoras sexuales fueron apoyadas por el relator especial de la ONU sobre
la violencia contra las mujeres, que rechazó la equivalencia entre prostitución
y trata. Las trabajadoras sexuales se opusieron también a la propuesta
sustitutiva de la Coalition Against Trafficking in Women’s, que describía el
sexo comercial como “explotación sexual”.
CATW emprendió una ofensiva en
los medios, buscando desacreditar a sus oponentes, alistando incluso al senador
Jesse Helms para su causa. La cosa funcionó. El protocolo fue aprobado y ha
sido firmado hasta ahora por 117 países, definiendo el sexo pagado como
“explotación sexual”. El protocolo ha dado a las feministas cobertura legal y
moral para acosar el trabajo sexual bajo la bandera de la lucha contra la
trata.
“Esa gente ha tenido mucho éxito
usando este término de ‘explotación sexual’ para desarrollar legislación”, dice
Ann Jordan, antigua directora del Programa de trata de seres humanos y trabajo
forzado en el Washington College of Law de la American University y abogada que
ha defendido los derechos de las víctimas de trata. “Muchas de las personas a
las que hablan no les preguntan nunca qué quieren decir con él”. Pero aunque
las oponentes del trabajo sexual han conseguido que se aprueben leyes contra la
“explotación sexual”, dice Jordan, “dichas leyes no son aplicables porque nadie
sabe qué significa eso”.
En el frente doméstico, las
activistas anti-trabajo sexual consiguieron una de sus mayores victorias con la
reautorización en 2005 de la Trafficking Victims Protection Act (TVPRA). La
TVPRA destinó 50 millones de dólares para que las agencias de aplicación de la
ley “desarrollaran y ejecutaran programas destinados a reducir la demanda
masculina y a investigar y perseguir a los compradores de actos sexuales
comerciales”. Aunque aparentemente destinada a apoyar a las víctimas del
trabajo forzado, la TVPRA proporciona dinero para las medidas destinadas a
desanimar a los hombres de contratar trabajadoras sexuales, incluyendo
actividades legales y paralegales tales como el escorting, la pornografía, el
stripping y el sexo telefónico, así como a investigar a las personas que
intentan contratar. Aunque casi todas las leyes relativas a la prostitución en
Estados Unidos están hechas a nivel estatal o municipal, redefinir la
prostitución como trata proporciona un argumento para la acción federal contra
el comercio sexual.
Mientras tanto, los legisladores
de varios estados han respondido a las demandas de las activistas feministas
reforzando las penas por faltas relacionadas con la prostitución y priorizando
la aplicación de esas leyes. “Piénsalo”, dice Jordan. “Si eres un político a
nivel estatal o nacional, y alguien viene y te dice: ‘están esos horribles
hombres que están agarrando a esas inocentes pequeñas vírgenes, y todo lo que
tú necesitas hacer es poner dinero para la aplicación de la ley’, no podrás
negarte”, Intensificar la aplicación de la ley contra el vicio permite a los
legisladores evitar los pasos mucho más complicados que se necesitan para
apoyar a las personas que han sido víctimas de trata o abordar con inteligencia
las políticas de inmigración y trabajo que llevan a las personas a inmigrar
ilegalmente o aceptar dudosas ofertas de trabajo cuando hay pocas opciones
legales disponibles. Hacer frente a problemas como estos, dice Jordan, “no te
permite ir por ahí diciendo que estás ‘salvando esclavas sexuales’”. El enfoque
prohibicionista significa que “no tienes que tratar en realidad con las
personas que están en los márgenes de la sociedad”.
¿Qué ocurre cuando las personas
implicadas en el comercio sexual —las personas para cuya protección se supone
que han sido hechas esas leyes— las rechazan? Las activistas antitrata a menudo
responden negando su existencia. En la protesta contra Backpage de junio, vi al
equipo de Norma Ramos distribuyendo volantes a los transeúntes advirtiéndoles
contra el mismo término de trabajo sexual, una frase que “enmascara
completamente la violencia física, psicológica y sexual que se inflige a las
personas prostituídas”, aunque tenían que reconocer que “es un término que las
propias mujeres en prostitución usan y prefieren”.
Si este debate semántico parece
un poco demasiado misterioso para ser tratado en pancartas y volantes, su
propósito se reveló cinco metros más allá en la acera, donde miembros del Sex
Workers Outreach Project New York (SWOP-NYC), un grupo de voluntarios de base
dedicado a mejorar las vidas de las trabajadoras sexuales, hacían una
silenciosa contraprotesta. Lxs miembrxs de SWOP —entre lxs que están
trabajadoras sexuales retiradas y otras en activo— saludaban a los neoyorkinos a
su paso por Greenwich Village con sonrisas y volantes, invitándoles a prestar
su apoyo a las personas que tenían una auténtica experiencia en la industria
del sexo. Ese día la policía ordenó repetidamente a lxs miembrxs de SWOP que no se acercaran a menos de media
manzana de la gente de Ramos. No dieron la misma orden a Ramos.
Feministas,
polizontes y conservadores
Un artículo en el número de
agosto de Marie Claire sigue a Andrea Powell, directora ejecutiva de Free Aware
Inspired Restored (FAIR) Girls, mientra merodea Backpage en busca de anuncios
sexuales clasificados que sospecha que han sido puestos por o para menores:
“Poniéndose un auricular y buscando en su iPhone con estuche de Kate Spade rosa
y negro para llamar a una oficial de policía local, Powell dice con urgencia,
“tenemos que informarla ahora”. Pero cuando los polis montaron un operativo
contra la anunciante, continúa la narración, “dijo que era una mujer adulta —y
no quiso ayuda ni de la policía ni de nadie”.
Algunas activistas ven el llamar
a los polis para “rescatar” a personas del comercio sexual como el modelo de
una intervención fructífera a favor de los derechos humanos. No cuentan sus
victorias por el número de personas a las que ayudan; las cuentan por el número
de las que son detenidas.
Estas tácticas son parte de un
incremento de lo que Elizabeth Bernstein llama el “feminismo carcelario”; la
profesora de derecho de Harvard Janet Halley lo llama “feminismo
gubernamental”, Las feministas hicieron en otro tiempo una potente crítica del
sistema de justicia penal, pero sus argumentos se han desvanecido según han ido
consiguiendo poder dentro de dicho sistema. No sorprendentemente, han
encontrado aliados conservadores por el camino.
Al redefinir el trabajo sexual
como un asunto de hombres malos que les hacen cosas malas a jóvenes mujeres
esclavizadas, las activistas antiprostitución se han remodelado a sí mismas
como liberadoras, en lugar de regañonas, al tiempo que han hecho su mensaje más
atractivo a los conservadores sociales que a veces han desconfiado de ellas. La
conservadora Heritage Foundation ha hecho suya la causa de “combatir la trata
sexual”, aunque más que nada como un modo de atacar a la administración Obama y
a las Naciones Unidas por no adoptar una política aún más punitiva. La Protect
Innocence Initiative, una coalición de la organización antiprostitución Shared
Hope International y el American Center for Law & Justice (la réplica de la
derecha a la ACLU), hizo una presentación en la Cumbre de Votantes de Valores
en Washington en septiembre pasado promocionando las 40 leyes que ha logrado
con su persuasión que aprueben los legisladores de los estados desde diciembre
de 2011. El título: “¿Podéis proteger a vuestros niños de la industria del sexo
comercial?” La directora de Shared Hope International, la ex-congresista Linda
Smith (representante por Washington), explicaba a la audiencia de Votantes de
Valores que ellos deberían “poner este asunto en su justo sitio” al lado de la
causa antiabortista.
Donna M. Hughes, una profesora
de estudios de la mujer de la Universidad de Rhode Island que alabó a George W.
Bush por “poner la lucha contra el comercio sexual global a la par con la
campaña por la democracia en Irak y la guerra contra el terrorismo”, es otra
voz amistosa con los conservadores en el coro anti-trabajo sexual. Hughes batió
su propio curioso tambor “derechos de las mujeres” en apoyo de las guerras de
Irak y Afganistán en un op-ed del Washington Post en 2004, escrito en
colaboración con la feminista de segunda ola Phyllis Chesler, en el que el dúo
criticaba a las feministas por no ver que los conservadores “podrían ser en
algunos temas mejores aliados que lo que había sido la izquierda liberal”.
Las trabajadoras sexuales se
llevan la peor parte de la preferencia de esta coalición por usar la aplicación
de la ley para proteger los derechos de las mujeres. El aumento de las penas
por “trata sexual”, apoyado por grupos tales como la National Organization for
Women New York (NOW-NYC) y la Chicago Alliance Against Sexual Exploitation
(CAASE) han conducido a amplios operativos policiales, tales como una redada en
enero de 2012 en Nueva York, que atrapó según el informe a “200 puteros” y
confiscó muchos de sus vehículos antes de que se les leyeran los cargos. Pero
pedir a los polizontes que protejan a las mujeres “yendo a por los puteros” no
libra a las trabajadoras sexuales de ser detenidas. Un examen en 2012 de los
delitos relacionados con la prostitución en Chicago dirigido por el Chicago
Reporter reveló que de 1.266 condenas durante los últimos cuatro años, 97 por
ciento de los cargos fueron hechos contra trabajadoras sexuales, con un
incremento del 68 por ciento entre 2008 y 2011. Es decir, durante los mismos
años en los que CAASE hizo lobby por la Illinois Safe Children Act, ley
destinada a terminar con las detenciones de quienes describe como “personas
prostituídas” y perseguir en su lugar a “tratantes” y compradores mediante
escuchas telefónicas y trampas. Desde la aprobación de esta ley en 2010, sólo
tres compradores han sido acusados de delito. Estas artimañas apoyadas por las
feministas y copadoras de titulares periodísticos someten a jóvenes mujeres a
la humillación de la cárcel, de los procedimientos legales, y del rastro que
queda en diversas bases de datos policiales, a veces por el resto de sus vidas.
“Es fascinante que mujeres que
dicen ser feministas” tengan tantas ganas de usar la ley de esta manera, dice
Ann Jordan. Apoyar la aplicación de leyes antiprostitución requiere de ellas
recurrir a la fuerza de “todas esas instituciones que siempre han oprimido a
las mujeres”, hace notar, “pero están deseosas de usar la ley para reprimir una
determinada conducta de las mujeres”.
Como abogada titular en el Sex
Workers Project en el Urban Justice Center, Melissa Broudo trata con las
consecuencias de redadas como la de Nueva York el pasado invierno. Broudo es
una de los pocos abogados que trabajan para revocar las sentencias de personas
que han sido víctimas de trata y que han resultado convictas de cargos de
prostitución. “La parte más difícil que tenemos que tratar”, dice Broudo, “es
intentar representar a individuos que no se ajustan al modelo. No son una niña
de 12 años, o cualquier otro estereotipo. Los hombres pueden ser víctimas de
trata. Las mujeres y los hombres trans pueden ser víctimas de trata, y de hecho
lo son. Mujeres mayores pueden ser víctimas. Yo tengo clientes que pertenecen a
todo tipo de categorías diferentes, pero que no se adaptan a la descripción
convencional de una víctima de trata”.
Las descripciones exageradamente
simplificadas de lo que es la trata pueden tener consecuencias devastadoras
para aquellxs que son víctimas de ella. “Cuando estoy revocando previas
declaraciones de culpabilidad de supervivientes”, dice Broudo. “veo una traba
legal si se trata de alguien que en su momento no era una mujer no transexual
menor de edad. Y no debería ser así.”. Broudo concede que “es necesario que la
gente comprenda que existe la trata”. Pero añade que “saberlo no es suficiente,
y las campañas de concienciación pueden tener consecuencias negativas. Cuando
alguien como [el columnista del New York Times] Nicholas Kristof escribe un
artículo acerca de que hay que cerrar Backpage o aplaudiendo las operaciones
policiales, crea una imagen que sugiere que la respuesta es penalización y
castigo, y entonces la gente piensa que lo que se necesita es detener a más
gente, y esto es increíblemente contraproducente. Y desafortunadamente, cuando
hay más dinero y una orden de detenciones, la consecuencia es a menudo que son
detenidas trabajadoras sexuales independientemente de que hayan sido o no
forzadas a hacer trabajo sexual”.
Las activistas trabajadoras
sexuales hace tiempo que han expresado esta preocupación, no para proteger a la
industria del sexo (como dicen las activistas antiprostitución) sino para
protegerse a sí mismas de la violencia de la detención y de la violencia que
resulta del estigma social y la discriminación generalizados. Lxs defensorxs de
los derechos de las trabajadoras sexuales quieren terminar con estas
detenciones, mientras que las feministas, que deberían ser sus aliadas
naturales, presionan para que haya más.
“Saco
de huesos en Gilgo Beach”
Entre 2010 y 2011, los restos de
10 personas, muchas de ellas identificadas como trabajadoras sexuales, fueron
hallados en Gilgo Beach de Long Island. Las trabajadoras sexuales de Nueva
York, incluyendo miembros del SWOP, respondieron contactando con las familias
de las víctimas, acudiendo a vigilias y dándose apoyo mutuo. Redes como ésta
son fuertes entre las trabajadoras sexuales, que no pueden confiar en
polizontes, tribunales u otras instituciones a las que la mayor parte de las
personas pueden acudir en tiempos de crisis.
La respuesta de NOW-NYC a estos
asesinatos, todavía sin aclarar, vino en la forma de una carta de su
presidenta, Sonia Ossorio, al New York Daily News. En el contexto de la campaña
de NOW para aumentar los controles y las redadas contra el trabajo sexual,
Ossorio se quejaba de que el periódico estuviera actuando incorrectamente por
publicar una columna en la que se ponía en cuestión que fuera de beneficio
público mantener la ilegalidad de la prostitución. Terminaba su carta invocando
a las mujeres asesinadas que “terminaron como sacos de huesos en Gilgo Beach”.
Para Ossorio, las muertes de estas mujeres eran una justificación de la
prohibición, en lugar de una llamada de atención sobre los peligros que la
prohibición crea.
No es el trabajo sexual lo que
expone a las trabajadoras sexuales a la violencia; es nuestra disposición a
abandonar a las trabajadoras sexuales a la violencia en un intento de controlar
su conducta. La prohibición hace a la prostitución más peligrosa, empujándola a
la clandestinidad y despojando a las trabajadoras sexuales de protección legal.
La lucha en torno a esta política se trata de algo más que sólo tensiones entre
distintas generaciones del feminismo. Se trata de un infame matrimonio del
feminismo con el poder del conservadurismo y de la policía, ese poder en contra
del que dicen estar muchas feministas.
Lxs defensorxs de las
trabajadoras sexuales están haciendo algún progreso en la petición de cuentas
por esta alianza. En 2011, por primera vez, activistas trabajadoras sexuales
participaron en la Revisión Periódica Universal de los Derechos Humanos
organizada por las Naciones Unidas, una revisión de los expedientes de derechos
humanos de todos los estados miembros que se lleva a cabo cada cuatro años.
También fue el primer año en que el expediente del gobierno de los EE.UU. en
materia de derechos humanos fue objeto de revisión en las Naciones Unidas
La activista Darby Hickey, una
mujer transexual que ha estado implicada en el comercio sexual y que
actualmente es analista en el Best Practices Policy Project, que defiende los
derechos de las trabajadoras sexuales, participó en la evaluación de las
Naciones Unidas. Sus hallazgos reforzaron lo que las trabajadoras sexuales han
estado informando desde hace décadas. Las trabajadoras sexuales de EE. UU. son
vulnerables a la discriminación y la violencia no simplemente a causa de su
trabajo, sino debido a las formas como las instituciones las excluyen y las
dañan. Los Estados Unidos firmaron las recomendaciones de la Revisión Periódica
Universal que dicen que “nadie debería sufrir violencia o discriminación en el
acceso a los servicios públicos por causa de su orientación sexual o su
condición de persona que practica prostitución”.
“Ahora veremos qué hacen con
eso”, dice Hickey, “y que pasos dan para solucionar la violencia que deriva de
la aplicación de la ley y la violencia sistémica”. “Cuando se trata de la
criminalización y el sistema carcelario”, dice Hickey, “existe el
reconocimiento general de que estamos yendo en la dirección equivocada, pero
por lo que concierne a la prostitución, estamos yendo en dirección contraria,
con la gente diciendo “detened a más gente, aumentad las penas”. “Exactamente
igual que la guerra contra las drogas es en muchos sentidos una guerra contra
la gente de color”, dice Hickey, “la guerra contra la prostitución es una
guerra contra las trabajadoras sexuales”.
Si vamos a llamar a los ataques
contra los derechos reproductivos y sexuales una “guerra contra las mujeres”,
hablemos entonces de una guerra contra las mujeres que tiene prisioneras de
verdad y recuentos de cuerpos. Es una guerra contra las mujeres implicadas en
el trabajo sexual, dirigida por mujeres que no vacilarán en usar los cadáveres
de sus oponentes como argumentos políticos pero que rehusan escucharlas mientras
aún están vivas y aún están aquí para luchar.
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