Mariana Carbajal: Mentirosas
© Mariana
Carbajal, Página 12
El caso
de las hermanas Ailén y Marina Jara remite a otros, donde mujeres jóvenes y
pobres pasan de víctimas a victimarias, a partir de la mirada sexista y
discriminatoria de un aparato policial/judicial que naturaliza e invisibiliza
la violencia de género y devalúa las voces femeninas que se animan a defenderse
de la opresión masculina.
En
Jujuy, Romina Tejerina fue condenada a 14 años de cárcel en 2005 por matar a la
beba que acababa de dar a luz, después de ocultar el embarazo, que ella dijo –y
ni la policía ni la Justicia le creyó– había sido producto de una violación
perpetrada por un vecino. ¿Cómo probar si una relación sexual fue consentida o
forzada si a veces para evitar mayor violencia, para sobrevivir al ataque, en
un punto la resistencia cede? Es una palabra contra la otra: y la policía y
ciertos jueces y juezas pareciera que prefieren estigmatizar a esas mujeres
antes que creerles. Ni siquiera se investigó en profundidad su versión de los
hechos. Para la Justicia jujeña, Tejerina fue una mentirosa.
Las
hermanas Jara alegaron que se defendieron de Juan Leguizamón, porque las
acosaba hacía tiempo, que le tenían miedo, que era violento e iba armado. El
Tribunal en lo Criminal N 2 de Mercedes no tuvo en cuenta esa historia de
agresiones porque dijo que fue relatada a destiempo, que no estuvo en sus
primeras declaraciones. ¿El hecho de que hayan optado por contarla más tarde la
convierte en una versión menos creíble? Los jueces lanzaron un manto de
sospechas sobre las organizaciones de derechos humanos y de mujeres que
acompañaron el reclamo de absolución de las dos jóvenes, poniendo el énfasis en
ese aspecto, como si hubieran inventado la cuestión de la violencia de género
para mejorar la situación procesal de las jóvenes, que estuvieron más de dos
años presas, acusadas de tentativa de homicidio. Para el Tribunal de Mercedes,
las hermanas Jara mintieron. Tampoco la Justicia de Tucumán creyó a las jóvenes
que habían estado esclavizadas en los prostíbulos de La Rioja, en donde vieron
secuestrada a Marita Verón. Su palabra también fue devaluada y ellas
estigmatizadas como putas mentirosas. Víctimas de violaciones sucesivas, de
tratos inhumanos, sus relatos fueron considerados incongruentes y, por tanto,
no verídicos. Muchas veces, tampoco cree la Justicia penal a las madres que
acompañan a niños y niñas que denuncian incesto y las acusan de manipular a sus
hijos para que acusen al padre en disputas por tenencia y divorcios
conflictivos. Las señalan como madres mentirosas, impulsoras de denuncias
falsas.
Las
hermanas Jara, como Romina Tejerina, salen del estereotipo de las víctimas
sufrientes. Ailén y Marina son pintadas en el fallo por la jueza María Graciela
Larroque –a cuyo voto adhirieron los otros dos integrantes del Tribunal– como
matonas, prepotentes, violentas. Tejerina encarna el peor modelo de mujer:
aquella que mata a su propio hijo. No son víctimas amigables. ¿Esa
característica influye para que la Justicia les crea menos? Las hermanas Jara
alegaron que atacaron a Leguizamón en legítima defensa. Tejerina se defendió
diciendo que había visto en la cara de la beba la de su violador y se desbordó
al punto de darle muerte a la criatura a puñaladas. Pero ni a unas ni a otra
les creyeron. Desde la instrucción, las pesquisas apuntaron a otras hipótesis:
la que armó la policía: las hermanas Jara y Tejerina no habían sido víctimas.
Hay
algo que ciertos jueces y juezas no llegan a ver. Necesitan una lupa especial:
la que permite observar la realidad con perspectiva de género. Su incorporación
en los tribunales debe ser un imperativo en el proceso de democratización de la
Justicia que se está impulsando. Conocer sobre las vicisitudes del fenómeno de
la violencia de género (o del delito de la trata y su impacto en las víctimas)
no debería ser una opción voluntaria de aquellos operadores de la Justicia que
quieren mejorar su formación, como ocurre en la actualidad, sino un estándar de
calidad a la hora de impartir justicia.
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