Terapia con adultas sobrevivientes de violencia sexual
© Gioconda
Batres Méndez
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A
continuación revisaremos la terapia en tres fases, analizando las secuelas
postraumáticas y otros cambios psicológicos producto de haber sido desde la
infancia víctima de violencia sexual.
Las
sobrevivientes por efecto del trauma psicológico pierden sus capacidades
básicas para la confianza, la autonomía, la iniciativa, la competencia, la
identidad y la intimidad (Herman 1992, Batres, 1997). Por tanto, la
recuperación debe atravesar tres etapas para garantizar el proceso y la
seguridad de la paciente. Al igual que Herman, he dividido la recuperación en
tres fases, que aunque se traslapen entren sí, a pesar de ello su función
operativa es de inigualable valor. Esta teorización aparece en el libro de mi
autoría Del Ultraje a la Esperanza y es la columna vertebral de los manuales
para tratamiento de adultas, adolescentes, niños y niñas, víctimas de abuso
sexual (Batres,1997, 1998, 2002, 2008).
Las
personas traumatizadas presentan una comorbilidad grave y compleja, situación
que hay que tomar en cuenta en el tratamiento. Actualmente han surgido nuevas
categorías para designarlos como el Trastorno Complejo por estrés postraumático,
categorías diagnósticas aún no presentes en el DSM IV R, que en el futuro,
apoyarán la comprensión de las secuelas traumáticas del abuso sexual infantil.
(Herman, 1992, Van der Kolk, 1996).
El
metamodelo más exitosamente usado en la actualidad, del tratamiento del
desorden de estrés postraumatico crónico como lo afirmaba anteriormente,
involucra tres fases o estadios de tratamiento organizado para dirigir asuntos
específicos en formas secuenciales y desarrollar habilidades en un orden
relativamente jerárquico.
La
funcionalidad de la paciete puede ser reducida temporalmente cuando se tratan
temas complejos, por eso es importante también que la terapeuta vigile los
signos de dicho déficit atencional y trabaje junto con la paciente para modular
las reacciones emocionales y facilitar recursos de apoyo y mecanismos de su
seguridad.
Primera etapa: Seguridad hoy
Es la
fase usualmente más prolongada de la terapia y la más importante para lograr el
éxito, incluye asuntos como la motivación, el consentimiento informado,
educación sobre lo que es la psicoterapia y la forma en que participará la
paciente.
Si se
realiza un buen trabajo creando las bases de la terapia, conseguiremos un mejor
proceso en las fases posteriores.
La
seguridad personal y la interpersonal es una condición fundamental para el
éxito del tratamiento y hay que tomar tiempo para desarrollarlo. Las
sobrevivientes viven en condiciones de vida afectivas y relacionales en caos y
con deficiencia para mantenerse protegidas en su relación con otros, además de
carencias básicas en como conseguir seguridad personal. Por ejemplo, violencia
doméstica, autolesiones, intentos de suicidio, adicciones, toma de riesgos.
Por eso
es que es de primer orden en el tratamiento establecer condiciones de seguridad
que se extiendan durante todo el proceso. La paciente no debe seguir usando
estrategias defensivas antiguas que más bien la hacen más vulnerable para
futuras victimizaciones. La terapeuta debe poner el foco de su intervención en
estos aspectos proporcionando educación, apoyo y desarrollo de planes de
seguridad.
El
tratamiento debe proporcionar también a la paciente mejores habilidades para el
manejo de síntomas de hiperexcitación, clarificar percepciones y pensamientos,
ponerle nombre a las emociones y llevarlo a tomar decisiones que resulten en
acciones protectoras como el manejo de pánicos, impulsos peligrosos,
disociación, desesperanza y sentimientos de embotamiento asociados al estrés
post traumático complejo.
El
tratamiento también debe mejorar la capacidad de la paciente para abordar y
dominar en vez de evitar los estados internos corporales y acontecimientos
externos que disparen reexperiencias intrusivas, estados de embotamiento y
disociación.
Revertir
la evitación y desarrollar formas activas de experiencias son un reto
fundamental de esta fase además de aumentar la conciencia de las formas sutiles
y obvias de peligro de la angustia anticipatoria y aprender a utilizar
mecanismos seguros para modelar la ansiedad.
La
educación de la paciente es un componente integral de la fase uno y es deseable
que se inicie inmediatamente. La educación puede desmitificar la psicoterapia,
un proceso que puede ser atermorizante para la paciente. La educación acerca
del trauma, abuso sexual, proceso de la terapia ayuda a las pacientes a
entender sus reacciones e incrementa la autocompasión sobre sus
comportamientos.
En la
fase uno el tratamiento debe introducir un mejor conocimiento del paciente
sobre sí mismo y sus capacidades. Hay que apoyar a la paciente a desarrollar
una identidad personal más fuerte, sin sentirse abrumada por pensamientos
negativos. La vía es la colaboración en el análisis entre la paciente y la
terapeuta sobre la autopercepción, valores, emociones, el reconocimiento del
pasado y el presente sobre sus recursos personales.
Construir
relaciones con otros y crear redes de apoyo es crucial en esta fase. Como
sabemos la desconfianza es un importante distintivo en muchos traumas complejos
debido a la explotación abusiva infantil y a las relaciones negligentes de sus
cuidadores.
La
paciente debe ser ayudada a reconocer entender los orígenes de sus patrones
vinculares desorganizados en las relaciones y la terapeuta puede modelar
vínculos estables y dinámicas sanas en la relación interpersonal.
La guía
fundamental a lo largo de la terapia es conseguir que la sobreviviente obtenga
el poder y el control que perdió al ser traumatizada. Así, el objetivo para
esta primera fase es iniciar mecanismos que consoliden la seguridad y ciertos
elementos básicos conductuales y afectivos para establecer el manejo del
presente.
Las
áreas más dañadas tienen que ver con la percepción del cuerpo y sus relaciones
íntimas. A menudo sienten que no pueden controlar sus emociones y presentan
muchos síntomas, como tristeza, enojo excesivo, negligencia con su cuerpo,
disociación (Batres 1997).
En la
praxis, el desarrollo de este tipo de habilidades, planes y alianzas
terapéuticas interpersonales, puede durar mucho tiempo, pero la idea es ayudar,
mediante el análisis, a identificar las distorsiones cognitivas, y enseñarles a
manejar sus crisis depresivas, lo que les da mayor capacidad de respuesta a su
entorno real.
Consolidar
el vínculo con la (el) terapeuta es fundamental para el establecimiento de la
seguridad. Este proceso sufre altibajos durante esta fase, por el gran
obstáculo que tiene la sobreviviente para confiar en otros seres humanos, por
lo que este vínculo deberá tener una fortaleza aceptable antes de que se inicie
la discusión del abuso. La alianza ha de tener características muy especiales y
basarse en la confianza para permitir que la (el) terapeuta utilice un estilo
directivo, sin que eso signifique que haya algún tipo de coerción. También debe
tener flexibilidad para lograr una relación horizontal, en lugar de una vertical
e intervenir para proteger, sin violar la autonomía (Batres, 1998).
Segunda etapa: recuerdo y duelo
En la
fase segunda se inicia explícitamente con la exploración de las memorias
traumáticas. La autoreflexión segura, la discusión de las memorias traumáticas
y las reacciones asociadas, en una elaboración progresiva y coherente
autobiográfica narrada es la principal tarea de la segunda fase.
En esta
fase la paciente es animada a reasociar en lugar de disociar emociones, en
lugar de desprenderse de trauma, entenderlo y aceptar las emociones.
El
dolor y el duelo a menudo son los focos de esta fase, además del tratamiento de
la vergüenza y la rabia. Adicionalmente, se debe emprender acciones específicas
para resolver cual va a ser el tipo de relación con sus abusadores, el
desarrollo de mecanismos de separación, de reconexión, toma de conciencia,
entender sus estrategias interpersonales y manejar su autoregulación. Este es
un proceso muy doloroso porque el paciente lo debe realizar a la luz de sus dificultades.
Su
mayor esfuerzo debe hacerlo para revisar los mecanismos traumáticos, síntomas
hiperactivos, manejo de sus dificultades.
A
través del tratamiento, pero especialmente mientras dure el trabajo de
procesamiento del trauma, la paciente debe ser apoyada para mantener un
adecuado nivel de funcionamiento de acuerdo con su estilo de vida y sus
circunstancias.
La
terapia no puede sustituir la vida, ni es un vehículo para considerar al
paciente como una persona dañada permanentemente, el aprendizaje debe ir
dirigido hacia su crecimiento en lugar de generar un sentimiento de
discapacidad. Así como a creer en una positiva autoestima y reconocer recursos
internos y externos.
Romper
la barrera de la amnesia no es la parte más difícil de la reconstrucción de la
historia traumática, sino enfrentar las emociones asociadas y los significados
que se les ha dado a esos acontecimientos.
Los
estudios sobre memoria traumática (Van der Kolk, 1996) han aclarado sus
características y el abordaje terapéutico que requiere. Tras el estudio
riguroso de las personas que han sufrido traumas se ha podido determinar que el
recuerdo del acontecimiento traumático es capaz de teñir el resto de su vida
psíquica. Esta tiranía del pasado interfiere con la mayoría de las capacidades
y la persona se concentra selectivamente en buscar recordatorios del trauma. El
acontecimiento traumático se constituye en una idea fija que no puede
eliminarse, ya que no se ha transferido a la memoria narrativa. Por ello esta
idea continúa apareciendo de diversas formas, como memorias intrusivas de la
infancia, percepciones aterrorizantes, preocupaciones obsesivas y experiencias
somáticas intensas. ( van der Kolk 1996).
Paradójicamente
las defensas adaptativas de la infancia se convierten ahora en grandes
obstáculos, entre ellos los estados disociativos, la identidad fragmentada, un
sentido doble del yo, y culpa extrema. En este período también deben ser
analizados y reconstruidos los pensamientos asociados al abuso sexual, por lo
que se rompen viejos patrones de silencio y secreto. En esta segunda fase, la
sobreviviente verbaliza lo que permaneció en imágenes, sueños, recuerdos
intrusivos y sensaciones corporales.
La (el)
terapeuta también deben investigar la historia antes del abuso. Debe tratar de discernir
el significado de la revelación y discutir los mensajes de la niñez y las
creencias sobre abandonar el secreto, con el fin de anticipar las posibles
reacciones.
La
sobreviviente empero, necesita la seguridad de que sus experiencias recibirán
validación y no serán ignoradas. Por eso, la (el) terapeuta debe comprender la
sintomatología dentro del contexto del abuso, como mecanismo de acomodo y de
sobrevivencia.
La
forma de reconstruir el trauma puede ser verbal o escrita, amén de que la
exploración de los sentimientos asociados a los recuerdos y el relato de los
hechos resultan indispensables durante el proceso. La sobreviviente necesita
relatar con detalle el abuso y para ello, la (el) terapeuta la ayudará a darle
dimensión temporal a su experiencia porque la sobreviviente estará sintiéndose
como cuando era niña.
Además,
la (el) profesional debe estar muy alerta ante pensamientos suicidas o
repliegues protectores. (Batres, 1998)
También,
es conveniente indagar sobre el sistema de valores que le enseñó el abusador y
el abuso sexual. Aquí la (el) terapeuta debe suministrar el contexto cognitivo,
emocional y moral, y facilitarle una nueva versión de los eventos que le
permita encontrar la dignidad. Recuérdese que la verdad expresada restaura y faculta
a la sobreviviente para reconocerse como digna al compartir esta denuncia
testimonial.
Asimismo,
el profundo significado de la sanación mediante la palabra, es la esencia de la
terapia y facilita la elaboración de los procesos primarios y secundarios de
los traumas en un ambiente de apoyo, seguridad y afecto.
Dado
que las sobrevivientes han estado sometidas a abusos crónicos, en ocasiones
desarrollan una cantidad de síntomas somáticos los cuales pueden exacerbarse en
este período. Por tanto, la medicación (antidepresivos y ansiolíticos) puede
ser útil en este momento.
Esta
fase suele transcurrir lentamente porque enfrentarse a los recuerdos
fragmentados y al dolor produce muchas resistencias y una sensación de
humillación.
Otras
veces la sobreviviente intenta sustituir el enojo por el perdón. Simbólicamente
esta es un deseo para exorcizar el trauma y adquirir poder, pero
paradójicamente, las compensaciones se dan cuando las sobrevivientes aceptan el
daño y el dolor, y no necesitan reparación alguna por parte de sus
perpetradores. Mientras exista este anhelo de victoria, el trauma seguirá
ganando terreno. (Herman, 1992)
La
finalización de esta fase se puede medir cuando la sobreviviente dirige su
mirada hacia el futuro, el dolor no ocupa toda su vida, las pesadillas
traumáticas desaparecen, se regula el sueño, los sentimientos de placer emergen
y los vínculos se disfrutan.
Tercera etapa: reintegración y revaloración
La fase
tres es la culminación del trabajo previo y un tiempo extraordinario para crecer
en estos pacientes quienes nunca han tenido la oportunidad para tener una vida
dentro de los parámetros de lo normal.
La fase
tres es un tiempo en donde las disfuncionalidades y la patología están en el
pasado y la paciente se puede ir moviendo hacia delante con sus habilidades
adquiridas en relación a la autoregulación. (Courtois, Ford, Cloitre 2009).
Las
tres etapas por las que transitan las sobrevivientes de abuso sexual, no se
cumplen con rigidez esquemática. Se entrecruzan, reaparecen y desaparecen
procesos durante las tres fases. Por ende, el énfasis de esta fase es el
desarrollo del deseo y la iniciativa, el cambio de valores, el resurgimiento de
la alegría y del fortalecimiento de la conexión con los demás. (Herman 1992)
En esta
fase las sobrevivientes tienen menos culpa y vergüenza y valoran sus
fortalezas. Asumen con más claridad que la responsabilidad del abuso fue del
perpetrador, cuestionan los valores distorsionados que aprendieron de los
abusadores y construyen un sistema de valores personal, basado no en el odio
sino en la sabiduría que implica procesar el sufrimiento.
El
pasado ha quedado atrás; ha dejado profundas huellas pero ya no ocupa todo su
presente. La sexualidad vuelve a ser examinada pero exenta de distorsiones.
Ahora la autonomía es un tema central.
Algunas
sobrevivientes, seriamente dañadas por el abuso sexual requieren de procesos
terapéuticos más prolongados e individualizados. La terapia individual
respetando la misma filosofía de la terapia género sensitiva, puede ser una
indicación para apoyar a las sobrevivientes en su fortalecimiento personal. (Batres,
1998)
Consideraciones finales
Después
de más de veinte años investigando y creando modelos de atención para víctimas
de violencia sexual, en la mayoría de países de América Latina, he reconocido
que este tipo de enfoque ha demostrado ser exitoso en el abordaje de la
problemática.
Los
manuales propuestos, que contienen teoría y práctica del tratamiento, se
utilizan en diferentes instituciones especializadas en el abordaje de víctimas,
así como en el ámbito privado. Esta teoría la he impartido a una infinidad de
profesionales en América Latina, quienes también han aportado particularidades
propias de cada país sin variar la metodología y filosofía del abordaje.
Una gran
cantidad de literatura proveniente de Norteamérica reafirma este acercamiento
terapéutico como uno de los más exitosos para sanar las secuelas del abuso y
del trauma secundario al mismo (Courtois, 2009, Batres 2008). El trauma
generado por la victimización, como bien lo dice la Dra. Herman en el prólogo
del libro de Courtois, está siempre incluido en una estructura social que
permite el abuso, la explotación y la subordinación. Este tipo de trauma es
siempre relacional y se genera cuando una víctima se encuentra en un estadio de
sometimiento y control. Y esto lo entendemos bien quienes nos acercamos a curar
sin olvidarnos del contexto patriarcal.
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