Amelia Valcárcel: "La 'ley Gallardón' nos coloca en estado de emergencia moral"
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Amelia Valcárcel, El País
Fuente:
http://sociedad.elpais.com/sociedad/2013/12/21/actualidad/1387661150_608564.html
Victoria pírrica
La
actual Ley de Salud Sexual y Reproductiva, que, para general comodidad llamaré
ley Aído, pasó por los órganos consultivos correspondientes y fue aprobada en
2010. Lleva tres años de recorrido en los cuales puede juzgarse que su
funcionamiento ha sido bueno, puesto que ha frenado la previa inseguridad
jurídica de los antiguos supuestos, ha evitado abortos de larga gestación y ha
protegido a las menores con riesgos específicos. En conjunto, su resultado es
satisfactorio y, por ende, el número total de abortos ha disminuido. Como es
sabido, es una ley homóloga con el resto de las europeas y consagra la libertad
de decisión de las mujeres para proseguir o no un embarazo durante las primeras
14 semanas. Tras ellas admite varios supuestos en los que puede abortarse una
vida fetal que son, lógicamente restringidos, puesto que la ley la protege. Es
una ley eficiente, prudente y segura.
Poco
conocemos al detalle de la ley Gallardón por el secretismo que ha rodeado su
concepción. Pero hay un tema previo, el mandato en que se ampara, que no cabe
olvidar. La amplia victoria del PP tuvo un marco claro: españolas y españoles,
la gente de este país, dimos al Partido Popular una mayoría absoluta en la
confianza de que su cercanía a los lugares de toma de decisiones económicas de
calado, haría abrirse las fuentes del crédito y del empleo. O, dicho en otros
términos, la victoria conservadora tuvo un marco que eludía su programa. Fue un
voto “para salir de la crisis”, bastante alejado del apoyo vehemente a sus
coordenadas ideológicas o religiosas. Sin embargo, ya entonces era de temer, y
así se expresó, que dadas las dificultades reales económicas y la escasa
posibilidad de superarlas en el corto plazo, el partido conservador cayera en
la tentación de usar su victoria para implantar un programa moral poco
compartido por la ciudadanía, como por lo demás muestran habitualmente las
encuestas. Parece confirmarse. La ley Gallardón, a la que denomino así por
economía de medios entre otras razones, nos coloca en estado de emergencia
moral. Prepara una medicina innecesaria que la situación no demanda y la gente
no comparte, pese al esfuerzo en la propaganda devota de las últimas décadas.
Solo desde planteamientos minoritarios se mantienen dos cosas: una, que toda
vida fetal, con independencia de su grado de desarrollo, es igualmente valiosa,
y dos, que la ley debe obligar a creer esto a quienes no acuerden con ello.
Siempre
recordaré a la persona que me daba albergue, allá por los años setenta, en mis
jóvenes veranos en el sur de Inglaterra. Era una mujer excelente, perspicaz, de
mediana edad y conservadora. Inevitablemente acabamos por hablar del aborto. Me
transmitió que lo consideraba un hecho grave y que no lo veía justificable casi
en ningún caso. Le repliqué entonces con los hechos: con independencia de ello,
se produciría de todos modos y, en la alegalidad, sin ningún control. Y me dio
entonces una lección que nunca he olvidado. “Considero que es un grave mal”, me
dijo, “pero precisamente por ello ha de ser legal”. “Es vergonzoso”, añadió,
“ver a esas mujeres españolas que tienen que venir a mi país para realizarlo”.
Entendí en un instante la diferencia entre la posición conservadora y la
fundamentalista: las convicciones religiosas y morales propias no son
fundamento de la ley común.
No
entraré en el debate de la moralidad, por tanto, pero tampoco me dejaré
arrastrar por convicciones ajenas que no comparto. Y mantengo el derecho a
resistirme frente a ellas. Tengo las mías que son de todo punto claras: la
decisión de ser madre le corresponde, en primer término, a quien esté en
disposición de serlo. Tras dar amparo a esa libertad por el tiempo preciso,
debe la ley proteger a la vida fetal y proteger su desarrollo hasta que se
convierta en una vida humana completa. Eso hace nuestra ley actual, a la que no
encuentro ningún motivo justificado para abrogar. Por lo demás, reabrir el
debate del aborto en sí, está lejos de las coordenadas de una sociedad
democrática corriente. La libertad de elegir ser madre es libertad admitida. No
obstante, la entrada en escena de la ley Gallardón pone a nuestro país en
emergencia moral, puesto que la ética civil compartida habrá de medirse de
nuevo con las convicciones fundamentalistas.
De todo
ello, y si se llega al caso de votar esta ley en las Cortes, advengo al
convencimiento de que una mayoría otorgada y alcanzada para fin muy distinto,
es malo que pueda usarse para imponer a la generalidad de la gente de este país
una horma no compartida, unilateral, que implica una grave pérdida de libertad,
y que tiene además seguras y lamentables consecuencias para las personas más
débiles. Votar en esas condiciones sería vencer y no convencer. Es más, sería
una victoria pírrica. Pirro, rey de Epiro, logró reunir un gran Ejército,
apoyado por numerosos elefantes, para conquistar el sur de Italia. Venció,
ciertamente, pero con tales pérdidas que no pudo sacar de ello ganancia alguna.
Es más, se cuenta que él mismo comentó, acabado el combate: “¡Otra victoria
como esta y me vuelvo solo al Epiro!”.
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