Sostener la vida: respuestas feministas en torno a la organización social de los cuidados
* * * texto de Astrid
Agenjo Calderón sacado del dossier " El desigual impacto de la crisis
sobre las mujeres" del Centro de
Investigación para la Paz (CIp-Ecosocial) publicado por FUHEM que a su vez sacó
el material del Boletín ECOS nº 22, de CIP-Ecosocial, publicado en marzo de
este año.
Los cuidados
tienen que ver con el presente y futuro de las sociedades, estando relacionados
con la justicia política, económica, social y cultural. Por tanto, «su
concepción y práctica no están ausentes del modo en que se concibe la relación
entre Estado, mercado y sociedad y en torno a ello, las decisiones políticas
que se han tomado respecto a su responsabilidad como bien colectivo».
Al hablar de crisis
de los cuidados estamos abordando precisamente la organización social de estos
trabajos y el lugar que ocupan en las sociedades capitalistas del Norte global.
Ello supone dar cuenta de las crecientes dificultades para responder a la
demanda de cuidados del conjunto de la población, puesto que la responsabilidad
de satisfacerla no se ha distribuido de manera equitativa entre las distintas
esferas de generación de recursos (públicos, mercantiles, familiares y
sociales), sino que se ha delegado casi en exclusiva a las mujeres.
En las sociedades
capitalistas del Norte global, el modelo de reparto de los cuidados se ha
basado, a nivel macro-social, en un tipo de división sexual del trabajo que
asigna a las mujeres las tareas de cuidadoras y a los hombres el trabajo
asalariado; y a nivel micro-social, en la imposición de la familia nuclear, que
tiene al “hombre ganador del pan / mujer ama de casa” como modelo normativo de
organización social, lo cual ha atravesado no sólo la estructura de hogares y
del mercado laboral, sino también las políticas públicas y la propia
construcción de las identidades.
Según algunas
teorías feministas, dicho modelo comenzaría a entrar en quiebra en la segunda
mitad del siglo XX, debido al acceso generalizado de las mujeres al empleo y a
la formación. No obstante, los estudios históricos comienzan a cuestionar la
existencia de este modelo más allá de los hogares burgueses, considerando la
idea del acceso generalizado de las mujeres al empleo tras la segunda guerra
mundial –y desde entonces una menor disponibilidad para el cuidado-, como una
visión mitificada de tinte burgués.
Más allá de estos
debates, en la segunda mitad del siglo XX también han tenido lugar una serie de
transformaciones sociales que han ido complicando de manera progresiva la gestión
de los cuidados.
Nos referimos al crecimiento urbano y la
destrucción de espacios públicos; a la pérdida de redes sociales de apoyo que
fuerza a resolver los asuntos cotidianos de una forma mucho más
individualizada; a la precarización de la vida que obliga a plegarse a los
ritmos y horarios que impone la empresa; al progresivo desmantelamiento del
Estado de bienestar, etc. Se trata de una conjunción de factores que han dado
lugar a la quiebra del modelo de organización social de los cuidados en el
Norte global, con gravosas consecuencias para el conjunto de la población y, en
especial, para las mujeres.
Pero no nos
ocuparemos en este texto de abordar dichas consecuencias, ya que el objetivo es
repasar el proceso histórico que ha llevado a esta crisis de los cuidados, así
como distintas respuestas que se han ido dando desde el movimiento feminista.
La emergencia de la crisis de los cuidados y las respuestas del
movimiento feminista
Podemos decir que
la crisis de los cuidados comenzó a gestarse durante la transición al
capitalismo liberal, a partir de la desvalorización social e invisibilización
analítica del trabajo realizado en los hogares, que a su vez se fundamentó
sobre unas profundas raíces de desigualdad de género y de clase. Las respuestas
del movimiento feminista ante los problemas de esta crisis han ido variando a
lo largo de la historia, a medida que se iban produciendo avances en cuanto al
reconocimiento y valoración social del trabajo de cuidados, así como en la
elaboración de modelos alternativos en torno a su organización social. A
continuación, y siguiendo el recorrido histórico realizado en la introducción
del libro El trabajo de cuidados. Historia, teoría y políticas, de Cristina
Carrasco Carrasco, Cristina Borderías y Teresa Torns,30 e iremos repasando esta
trayectoria en la que academia, política y activismo feminista se han
retroalimentado continuamente.
La transición a la
sociedad industrial
En las sociedades
preindustriales, la familia era una unidad productiva fundamental y en ella las
distinciones en el trabajo de mujeres y hombres no respondían a los patrones
actuales: no existía la idea de que las mujeres no tuvieran que trabajar fuera
del hogar, si bien, tenían que hacerlo dentro de la jerarquía familiar, en un
espacio tutelado y en condiciones de moralidad. Con el avance de la
industrialización, estas funciones productivas se trasladaron al mercado y la
familia quedó como un espacio para los cuidados. En su interior, las madres
fueron llamadas a asumir personalmente estas tareas, ya que anteriormente -y al
contrario de lo que pueda pensarse- las nociones en torno a la maternidad y el
cuidado eran distintas: en los estamentos aristocráticos, estas tareas eran
realizadas fundamentalmente por el servicio doméstico (nodrizas, institutrices,
etc.) y en el caso de los sectores populares, al tener trabajos que les impedían
ocuparse de la crianza de los hijos/as, ésta se “externalizaba” a instituciones
comunales, a parientes o a la vecindad.
Con la transición
a la sociedad industrial, se van diluyendo estas posibilidades, de forma que
son las mujeres quienes van asumiendo en exclusiva el cuidado de la familia.
Con ello se produce un cambio radical en la división sexual del trabajo y en la
construcción de las identidades de género, dando lugar al germen del modelo
“hombre ganador de pan/ mujer ama de casa” como forma de organización social.
Si bien, como hemos señalado anteriormente, dicho modelo respondería más bien
al contexto burgués, porque la reconstrucción de las tasas de actividad
femeninas del siglo XIX está sacando a la luz el hecho de que las mujeres de
las clases obreras trabajaban en el mercado prácticamente al mismo nivel que
los hombres.
De hecho, a medida
que continuaba expandiéndose el trabajo fabril y se prolongaba la jornada
laboral, los problemas que implicaba la doble presencia/ausencia de las mujeres
obreras en hogar y mercado, fueron aumentando. Tanto es así, que a lo largo del
siglo XIX comenzaron a irrumpir en el ámbito público en forma de
reivindicaciones laborales y reformas políticas: pedían reducción de jornada,
leyes de maternidad, sistemas de protección de la infancia, etc. Algunas de
estas movilizaciones fueron apoyadas masivamente por las asociaciones obreras
masculinas, pero no con el fin de aportar una resolución colectiva a esta
incipiente “crisis de los cuidados”, sino con el fin de expulsar a las mujeres
casadas del mercado de trabajo, y que así pudieran ocuparse en exclusiva del
cuidado familiar.
A este interés de
las asociaciones obreras, hay que añadir también todo un espectro de corrientes
ideológicas que confluían en torno a la idea de la domesticidad de las mujeres:
los economistas liberales, el incipiente catolicismo social, o los propios teóricos
higienistas. Comienza así una etapa en la que se crean escuelas para madres,
manuales de economía doméstica y toda una literatura de carácter moral y
pedagógico en torno al “ángel del hogar”, en la que se demanda a las mujeres
dos cualidades fundamentales: amor y sacrificio.
Al interior del
movimiento feminista en esta etapa se abre todo un terreno de debate en torno
al nuevo valor de la maternidad y las políticas familiares. Por un lado, había
quienes reivindicaban la maternidad como trabajo y, por tanto, el derecho a la
“huelga de vientres”, (control de la natalidad, uso de métodos anticonceptivos,
derecho al aborto y otras técnicas de higiene y práctica sexual); por otro, las
posturas maternalistas defendían la maternidad en tanto que entrega y utilidad
social. Estas distintas concepciones van a estar presentes en la base de las
primeras reivindicaciones del salario para las amas de casa de finales del
siglo XIX: unas, con el objetivo de garantizar la libre maternidad y el
reconocimiento de su valor social, y otras, como protección para los hijos/as.
En cualquier caso
−y aunque no planteaban un cambio en el modelo de división sexual del trabajo
familiar y mucho menos la corresponsabilidad de los hombres en los cuidados−,
dichas reivindicaciones trataban de reconocer el valor social del trabajo
familiar. Pero esto cambia a partir de la segunda década del siglo XX, etapa en
la que las “amas de casa” pasaron a ser consideradas como “inactivas” o
“improductivas” por las estadísticas y los análisis económicos, contribuyendo
así a la desvalorización social de su trabajo y a su invisibilidad.
La expansión de la
sociedad de masas y la configuración del Estado de Bienestar
Como señalan
Carrasco et. al., a medida postindustriales, pero no fue así, al menos hasta la
década de los sesenta y setenta del siglo XX, cuando mercado y Estado
comenzaron a absorber parte de estas tareas. Esto hacía más relevante que nunca
el papel mediador que fue avanzando la electrificación, la producción en masa de
enseres domésticos y su mecanización, cabía esperar una reducción de las largas
jornadas de las nuevas amas de casa de las sociedades industriales y del hogar
entre estas esferas y así comenzaba a contemplarse en las nuevas reivindicaciones
feministas: el objetivo era tratar de “descubrir” y visibilizar las tareas
realizadas por las mujeres en el ámbito doméstico, haciendo hincapié en su
importancia para la provisión de bienestar y para el funcionamiento del sistema
económico en su conjunto. Por ello, en lo que se ha denominado como el “Debate
sobre el trabajo doméstico”, las aportaciones fueron más allá de las
discusiones sobre el salario y el trabajo: comienza a cuestionarse la
insuficiencia de las políticas de protección social del Estado de bienestar (en
las que las mujeres quedaban protegidas en tanto que esposas, madres o hijas de
los cabezas de familia); se plantean nuevas nociones en torno a las
implicaciones subjetivas del trabajo doméstico, incluyendo la afectividad y la
sexualidad; comienzan a cobrar fuerza las reflexiones en torno al “tiempo
necesario” para llevarlo a cabo (consolidándose la utilización de las encuestas
de usos del tiempo); se comienza a exigir a los estados la contabilización de
la producción realizada desde los hogares y su reflejo en las cuentas
nacionales; se introducen nuevas ideas en torno a la noción de reproducción
social, etc.
Algunas propuestas
actuales
Como podemos
observar, todos estos avances conceptuales y metodológicos van situando,
progresivamente, la vida cotidiana de las personas −y no sólo el trabajo− en el
escenario del análisis. En conjunto, se va haciendo visible la interrelación
entre los diferentes procesos, mercados, instituciones, actividades, sujetos
sociales y relaciones personales y sociales, que tienen que ver con la
satisfacción de las necesidades de cuidados.
En este sentido,
las reivindicaciones feministas pasan por exigir mayores responsabilidades a
mercados y estados −medidas de conciliación, política social, etc.−, mayor
corresponsabilidad de los hombres en hogares y comunidades, etc. Aunque también
hay otro tipo de propuestas que no cuestionan las partes, sino el todo, y
hablan de establecer un nuevo debate democrático en torno a qué papel queremos
que tenga cada uno de los agentes implicados en la sostenibilidad de la vida y
con qué lógicas queremos que funcionen.
Por un lado, en lo
que se refiere a las exigencias a mercados y Estado en el contexto español, la
presión del movimiento feminista ha tenido una importancia crucial en la
implementación de la Ley de Conciliación de la vida familiar y laboral, la “Ley
de Dependencia” o la propia “Ley de Igualdad”. Si bien éstas están resultando
insuficientes en un sistema cuyo objetivo no es establecer una responsabilidad
colectiva sobre el cuidado de la vida, sino poner en marcha los flujos de
valorización y acumulación del capital.
Por ello, la
incidencia política es y ha sido una estrategia fundamental de cara a aliviar
las tensiones generadas por la crisis de los cuidados, pero, en cierta medida,
no ha sido suficiente para hacer tambalearse los muros de este sistema social
injusto. Ello no es óbice para rescatar aquí interesantes iniciativas que se
están llevando a cabo en la actualidad y que van dando pasos importantes en
este sentido. Por ejemplo, la Plataforma Impacto de Género Ya! que da
seguimiento a la obligatoriedad de presentar informes de impacto de género de
leyes y reglamentos; el Manifiesto por la igualdad de género en el sistema de
pensiones,35 la Plataforma por permisos iguales e intransferibles de nacimiento
y adopción (PPIINA),36 o el surgimiento de las mareas violetas por diversos
rincones del Estado, que tratan de hacer frente a una pauta histórica: el hecho
demostrado de que tras las crisis se producen retrocesos en los derechos económicos
de las mujeres (precarización del empleo, intensificación de su tiempo de
trabajo, etc.) y retrocesos en los avances en igualdad conseguidos en épocas de
bonanza en lo relativo a la regulación, las políticas y las reglas de juego en
general.
Desde otros puntos
de vista, otras propuestas feministas tratan de ir más allá y comienzan a
plantear cambios radicales en el sistema socioeconómico y en sus análisis,
situando la sostenibilidad de la vida en el centro: se habla de cuidadanía, de
buen vivir… toda una confluencia de miradas que permiten abrir un doble debate:
¿Qué vida merece la pena ser vivida? ¿Y cómo construir una responsabilidad
colectiva en poner sus condiciones de posibilidad?
Desde el
movimiento de transición y del decrecimiento, por ejemplo, se cuestionan los
estilos de vida construidos en torno al consumo y el trabajo asalariado,
apostando por reducir el peso de las esferas de acumulación. Bajo estas
premisas ponen en marcha herramientas que llevaban ya años perfilándose:
huertos ecológicos y grupos de producción y consumo; redes de apoyo doméstico y
cuidados colectivos; cooperativas; redes alternativas de intercambio como las
monedas sociales, las redes de trueque o los bancos de tiempo.
Por otra parte,
también es destacable el incremento en el uso del conocimiento compartido y
liberado entre las redes virtuales y físicas. El estallido del 15M es muestra
de ello. La proliferación de asambleas en plazas y barrios y, en ellas, las
comisiones de feminismos dan una vuelta de tuerca al cuestionamiento del
sistema. Dichas comisiones tratan de ofrecer, dentro de un movimiento aún
difuso, una visión no distorsionada de la realidad socioeconómica en la que se
visibilicen los aportes de las mujeres al sostenimiento de la reproducción
social del conjunto. Se plantean “huelgas de cuidados” y talleres en los que
pensar sobre precariedades, buenos vivires, etc., articulando así acciones para
una economía al servicio de las personas.
Cabe rescatar aquí
anteriores iniciativas como las llevadas a cabo por el colectivo Precarias a la
Deriva, quienes basándose en sus propias experiencias y buscando la
convergencia con otras luchas trataban de encontrar “nombres comunes” sobre las
condiciones de precariedad de las mujeres; detectar formas cotidianas de
resistencia y auto-organización; identificar “palancas” que generasen cambios
sociales; y pensar “espacios de agregación” que incorporaran la multiplicidad y
la diversidad. Este proceso de acción e investigación tuvo lugar en 2002, pero
vuelve a cobrar especial relevancia en un momento en el que, como relatan desde
Setas Feministas en Sevilla, se está construyendo «un camino de encontrarnos
lxs unxs a lxs otrxs (en el que) estamos aprendiendo y creando nuevas formas de
hacer política, de poner en práctica y compartir muchos saberes y capacidades
que no sabíamos que teníamos, o que estaban olvidados o desperdiciados.
Mantenemos la ilusión de que podemos conseguir cosas importantes porque las
mujeres y los feminismos han estado luchando por la justicia y la democracia
desde hace siglos. Pero esta vez no regalaremos nuestra energía a las
aspiraciones de quienes luego se olviden de la equidad, porque esta revolución
será feminista o simplemente no será».
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