Mary Poppins: una feminazi en Disney
© Loreto Igrexas,
InOut Post
Fuente:
http://www.inoutpost.com/noticias-LGBT/mary-poppins-una-feminazi-en-disney-20140130152038.html
Hace apenas unas
semanas, varios medios se hicieron eco de los peligros que representa Peppa Pig
para el recto crecimiento moral de las niñas y niños de nuestra maltrecha
sociedad. Según parece, los aparentemente inocuos cerditos que protagonizan el
dibujo animado esconden, tras sus simpáticos hocicos sonrosados, la terrible
cara del más fiero colectivismo marxista-leninista; una propaganda panfletaria
que amenaza con transformar a nuestros desprevenidos púberes en estandartes del
socialismo, el comunismo, y lo que es mucho peor, del feminismo.
Créanme, el señor
Piers Akerman afirmó que la malvada puerca hacía gala de unas «estremecedoras
posturas feministas». Tiene sentido que los inapelables puntos sobre las íes en
tan controvertido asunto viniesen del periódico australiano The Telegraph; no
en vano, el rotativo es propiedad de Rupert Murdoch, vivo ejemplo de triunfador
hecho a sí mismo gracias a las obvias virtudes del liberalismo económico y, por
tanto, un hombre decente y de bien. Afortunadamente, pocos días antes de tan
necesaria revelación, nuestro bienamado ministro de Justicia acababa de
presentar el anteproyecto de la nueva Ley de Protección de la Vida del
Concebido y de los Derechos de la Mujer Embarazada, que limitaba los avances de
estas peligrosas enemigas de nuestro crecimiento como nación.
No obstante, esta
nueva ley no es más que un parche; si el señor Gallardón en verdad desea
mantener la paz social que nos vertebra y que tanto nos ha costado conseguir
entre todos, debería prestar atención a los incesantes ataques feministas que
sufre diariamente la ciudadanía más indefensa, esto es, los niños, y apuntar a
la médula de tan perniciosos pensamientos. O sea, prohibir la emisión de Peppa
Pig, de Dora la Exploradora, de los Teletubbies y sobre todo, desterrar de
nuestras parrillas televisivas, de una vez y para siempre, a la mayor apologeta
del feminismo que se ha camuflado bajo la máscara de una narración infantil:
Mary Poppins.
Una mujer trabajadora en un mundo de princesas
Cuesta imaginar un
marco menos proclive a la reivindicación femenina y feminista que The Walt
Disney Company, la verdad. Sí, es cierto que hace unos quince años, la
mastodóntica compañía dio vida a Mulan, una mujer guerrera tan equiparable a
sus pares masculinos que, en efecto, eran pares. No obstante, en el filme, la
heroína asiática no hacía gala de su condición de mujer; antes bien, debía
ocultarla para llevar a cabo su heroico propósito. Es posiblemente el estreno
de Brave en 2012 la primera ocasión en que la Disney, aunque fuese a través de
Pixar, coloca al frente a una mujer en su propia y completa condición femenina.
Merida es una protagonista sin disfraces, sin imposturas y sin ocultaciones.
Afrontémoslo, salvo
estas últimas ondas en la superficie, la corporación del ratón y el castillo
llevaba siete décadas solidificando unos roles de género, ejem, tradicionales.
Esto es, la mujer y la sartén en la cocina estén; o lo que es lo mismo, la
mujer vale para ser guapa y para que la rescate un hombre. Y si quieres ser una
mujer fuerte, independiente y carismática, entonces te toca ser, literalmente,
la mala de la película.
Veamos.
Blancanieves; una pavisosa mojigata cuya única función parece ser la de servir
de chacha a siete hombres hechos y derechos, pese a su estatura. La Cenicienta;
con esta comienzan las ensoñaciones. La chica tiene una vida bastante espantosa
y sueña y sueña con salir de ella algún día. Gracias, por supuesto, a un hombre
poderoso; o sea, a un hombre, vamos. Su cometido en el filme es existir. No
hace nada más, no toma ninguna decisión. Nada.
La Bella
Durmiente; esta directamente es que ni existe. Lo único que hace es dormir, y
ni siquiera su vida es especialmente mala, por lo que su ensoñación es aún más
ridícula. Solo sueña con un príncipe azul. Porque sí.
La Dama, Lady
Marian, la Sirenita, la Bella, Jasmine, Pocahontas, Wendy, Campanilla… todas,
pese a ser en muchas ocasiones la cabeza y el nombre de la película, están a la
sombra de un príncipe, un soldado, un conquistador, un ladrón o un guerrero. Es
que no soportan la menor comparación con sus antagonistas. En serio, piensen en
la Madrastra, en la Reina de Corazones, en Cruella de Vil. Piensen en el
personaje femenino más carismático de la época dorada de Disney: Maléfica.
Firme, decidida, independiente, bella, seductora. Pues ya ven, era la mala. Así
que las niñas acababan asociando estas características a la maldad.
En definitiva,
parece que la Walt Disney Company se encontraba en una enconada lucha con
Mattel por discernir cuál de los dos transatlánticos del entretenimiento
infantil femenino perpetuaba una imagen más rancia de la mujer. Posiblemente
también peleasen —y aún lo hagan— por patentar el color rosa, pero esa es otra
historia.
Y sin embargo, en
1964, apenas cinco años después del estreno de La Bella Durmiente, la compañía
ya había puesto una pica en un Flandes que no volvería hasta treinta y cinco
años después. La película era Mary Poppinsy la protagonista homónima encarnaba
una contestación cuidadosamente afinada al prototipo femenino que la Disney
había proyectado hasta el momento. Mary Poppins no es una princesa. No tiene
derechos de sangre ni herencias visibles u ocultas en ominosas profecías. Mary
Poppins no basa su atractivo en lo bella que pueda ser —y no es que Julie
Andrews fuese precisamente fea—. Mary Poppins no necesita un hombre para estar
completa, no es su búsqueda vital porque ni siquiera es su búsqueda. La
relación que tiene con el pizpireto Dick Van Dyke puede incluir una cierta
tensión sexual pero no es el leitmotiv de la misma; al menos no desde Mary
hacia Bert.
Podrán objetar que
tampoco Alicia es la media naranja de nadie, pero seamos honestos, su personaje
no deja de comportarse como una bola de pinball a merced de la locura de Lewis
Carroll y el País de las Maravillas. Y esto es lo que la diferencia esencialmente
de la niñera voladora y lo que eleva a Mary Poppins por encima de todas sus
contrapartes: Mary Poppins toma sus propias decisiones y asume sus propias
responsabilidades. Conduce su vida como ella considera adecuado; aconseja
cuando lo cree conveniente y se muestra severa cuando decide que debe serlo. Y
sin perder la amabilidad ni maquinar malvados planes. Mary Poppins es firme,
independiente y decidida. Y es la buena de la película.
Quizá me digan que
el análisis que presento es demasiado rebuscado. Puede ser, pero también puede
ser que, con un poco de azúcar, Walt Disney Pictures nos estuviese metiendo una
píldora de libertad en medio de una comedia musical aparentemente sencilla.
Una mujer libre en un mundo de esclavos
Es curioso, porque
el personaje que la escritora P. L. Travers dibuja en las novelas originales de
Mary Poppins es sensiblemente distinto al que aparece en el filme. El primer
libro, escrito en 1934, presenta a una mujer mucho más severa, áspera y hosca.
De hecho, Travers veía con muchas reticencias una posible adaptación de su
personaje por parte de la Disney; y no fue sino tras una larguísima negociación
con el propio Walt Disney que la autora australiana dio su brazo a torcer,
permitiendo el rodaje de la película. Con todo, una vez estrenado el filme,
Travers rechazó frontalmente la versión cinematográfica, precisamente porque la
Mary Poppins que aparecía en la cinta producida por Disney y dirigida por
Robert Stevenson no era lo suficientemente severa, áspera ni hosca.
Y me parece curioso
porque, aunque es bien conocido el suavizado general que las películas de
Disney llevan a cabo sobre sus homónimos originales, el caso de Mary Poppins es
algo distinto. Y me explico; los cuentos de Perrault o los hermanos Grimm son
bastante más gore que sus versiones en la pantalla grande, pero Disney creía
conveniente su dulcificación para ofrecerlos al público infantil. Quizá este
proceso vaya en contra del espíritu de las narraciones, pero sin embargo, el
suavizado de Mary Poppins ayuda a la transmisión de un mensaje que la Disney
había contravenido sistemáticamente hasta ese momento: que una mujer firme,
decidida e independiente puede ser también amable y buena.
Y ser libre.
Porque este es el
mensaje último que la película parece difundir: las personas deben ser libres.
Libre es la sufragista señora Banks, libre es el deshollinador Bert y libre,
absolutamente libre, es Mary Poppins. Y además, aquello que toca se vuelve
libre.
Los niños se
liberan de una educación decimonónica basada en la rigidez y la impostura de
los modales. El propio señor Banks, pese a ser un acaudalado bancario, se
libera de un trabajo que le transforma en esclavo. Esclavo del tiempo, claro,
pero también esclavo del espacio oscuro y opresivo del banco. Y sobre todo, lo
que es verdaderamente horrible, esclavo de una represión emocional derivada de
una ambición que no le pertenece. Incluso el director del banco, el tacaño
señor Dawes —interpretado en doble papel por el propio Van Dyke— se libera de
años y años de avaricia y aprende, finalmente, a volar.
Quizá este mensaje
feminista no sea tan evidente como los exuberantes números musicales, los
deliciosos efectos especiales o la formidable interpretación de Julie Andrews;
pero a mí me gusta creer que contribuyó a las doce nominaciones a los Óscar
—incluidas mejor actriz protagonista, mejor película, mejor director y mejor
guion adaptado—, a las cinco estatuillas y a que la propia Walt Disney Company
considere Mary Poppins como su crowning achievement. Su mayor logro. Su
coronación.
Es divertido
pensar que la compañía coloca en lo más alto de su propio ranking un filme cuyo
trasfondo está en las antípodas del mensaje de timorata sumisión femenina que
asociamos a Disney. Que la mejor película de Walt Disney Pictures sea una
película feminista.
Porque de eso va
el feminismo: de que cada persona pueda tomar sus propias decisiones y asumir
sus propias responsabilidades. En igualdad y en libertad. Porque en el coño de
Mary Poppins manda ella.
(Nota: Este texto
es una idea original de Loreto Igrexas)
Comments
Post a Comment