El aborto en Irlanda
* * copiado tal
cual del informe "NO ES NINGUNA DELINCUENTE. Las consecuentes de la legislación
sobre el aborto en Irlanda" de Amnistía Internacional
Cada día, entre 10
y 12 mujeres que viven en Irlanda viajan a Inglaterra1 para abortar. La mayoría
tiene entre 20 y 34 años. Interrumpen su embarazo por diversas razones, pero el
motivo de su viaje es el mismo. En Irlanda no tienen acceso a un aborto seguro
y legal, puesto que en ese país someterse a un aborto es delito, salvo en caso
de que el embarazo entrañe un “auténtico y considerable” riesgo para sus vidas.
Los órganos de
derechos humanos han señalado con insistencia que las legislaciones
restrictivas sobre el aborto, como la de Irlanda, violan los derechos de
mujeres y niñas a la vida, a la salud, a la intimidad, a no ser discriminadas y
a no sufrir tortura ni otros malos tratos. La ocultación y la negación de
información relativa al aborto a las mujeres, tal y como impone la Ley de
Regulación de la Información en Irlanda, vulnera además derechos humanos fundamentales,
como el derecho a la información y a la libertad de expresión. Las conclusiones
de este informe determinan que estos derechos humanos están siendo violados y
demuestran que Irlanda no está cumpliendo sus obligaciones internacionales de
respetar, proteger y hacer cumplir tales derechos.
Las obligaciones
de derechos humanos exigen la despenalización del aborto y que los Estados
garanticen el acceso al aborto como mínimo cuando haya riesgo para la salud o
la vida de la mujer, en casos de violación o incesto, y en casos de
malformación severa o mortal del feto. El derecho y las normas internacionales
de derechos humanos establecen claramente que las mujeres no deben hacer frente
a sanciones penales por someterse a abortos. Los profesionales de la salud
tampoco deberían ser sancionados penalmente por proporcionar a las mujeres
servicios de aborto sin riesgos. De nuevo, la legislación irlandesa sobre el
aborto no cumple estas obligaciones de derechos humanos.
La legislación
irlandesa sobre el aborto debe entenderse en su contexto. La larga historia de
la penalización del aborto en Irlanda forma parte de un entorno sociopolítico
más amplio que ha sometido a las mujeres y a las niñas a un control social de
su sexualidad estricto y punitivo, en la ley, en las políticas y en la
práctica. Esa historia de violencia institucionalizada ha dado lugar a un
profundo sentimiento de estigmatización del aborto en Irlanda.
La legislación de
Irlanda en materia de aborto es una de las más restrictivas del mundo desde
hace mucho tiempo. Durante más de 20 años, Irlanda se ha negado a acometer una
reforma de la legislación sobre el aborto, a pesar de las reiteradas críticas y
peticiones de los órganos regionales e internacionales de derechos humanos para
que se tomen medidas. En vez de ello, el gobierno ha contado con la “válvula de
escape” que supone el hecho de que las mujeres viajen a Inglaterra u otros
países, para eludir su responsabilidad de abordar esta situación. “Ojos que no
ven, corazón que no siente”, así describía una mujer el plan del gobierno de
Irlanda. Con todo, el poder legislativo se ha visto finalmente forzado a tomar
medidas para cumplir una sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos y
responder a la sobrecogedora, muy difundida y evitable muerte de Savita
Halappanavar, una mujer a la que se le negó un aborto por indicación médica en
un hospital irlandés tras sufrir un aborto espontáneo.
Aun así, la reciente
reforma no ha dado lugar a grandes variaciones del marco jurídico irlandés
relativo al aborto. La Ley de Protección de la Vida durante el Embarazo de 2013
(PLDPA, por sus siglas en inglés) penaliza el aborto en todos los casos salvo
en uno. En Irlanda, una mujer sólo puede obtener un aborto legal si peligra su
vida, incluso cuando es por riesgo de suicidio.
Aunque en
apariencia la PLDPA supone un esfuerzo para hacer más preciso el marco jurídico
de Irlanda y garantizar el acceso al aborto con arreglo a la ley, la PLDPA y
las directrices complementarias son, por el contrario, confusas, muy
restrictivas y proporcionan escasa orientación adecuada. Son poco claras en
cuanto a las circunstancias en las que las mujeres y las niñas pueden acceder
legalmente al aborto, y no definen qué constituye un riesgo para la vida o un
riesgo para la salud. Al mismo tiempo, la ley y las directrices introducen
numerosos obstáculos que las mujeres y las niñas han de superar antes de
plantearse si reúnen los requisitos para someterse a un aborto legal. Las
mujeres, los profesionales de la salud y cualquier persona que las asista se
enfrentan a hasta 14 años de prisión por infringir la PLDPA.
Muchos
profesionales de la salud entrevistados por Amnistía Internacional subrayaron sistemáticamente
su desconfianza en la viabilidad de la ley y de las directrices complementarias
así como su preocupación por los excesivos requisitos. El doctor Mark Murphy,
médico generalista y miembro de Doctors for Choice, afirmaba de manera concisa:
Estoy sumamente
preocupado. [El marco actual] dista mucho de una práctica adecuada, es
peligroso para las mujeres, la pena es de 14 años si nos equivocamos... Además
hay muchas otras restricciones. El objetivo de las directrices es facilitar y
agilizar la atención basada en datos. Las directrices son ambiguas. No son
orientaciones; son desorientaciones. Lo mismo ocurre con la PLDPA, no protege a
las mujeres. Las perjudica activamente y pone en riesgo sus vidas... Irlanda
actualmente se halla inmersa en una pesadilla orwelliana.
La actual falta de
claridad de la nueva ley y la amenaza de sanciones profesionales y de
procesamientos penales para los profesionales de la salud dan lugar a que las
mujeres y las niñas embarazadas que necesitan abortar por motivos de salud se
vean forzadas a esperar hasta que su estado de salud se deteriore lo suficiente
para que se justifique una intervención médica. La restrictiva definición de la
excepción en caso de peligro para la vida en Irlanda conlleva que se ignoren
completamente los riesgos a largo plazo para la vida de las mujeres y las
niñas, como el cáncer o las enfermedades cardiovasculares.
Además, la PLDPA y
las directrices complementarias parecen haber sido diseñadas para limitar
gravemente el acceso a servicios de aborto en el marco de la excepción en casos
de riesgo para la vida por suicidio. En el primer caso documentado públicamente
de una negación de aborto legal con arreglo a la PLDPA, los profesionales de la
salud obligaron a una joven, embarazada como consecuencia de una violación, con
tendencias suicidas y que cumplía los requisitos para un aborto legal por
riesgo de suicidio, a continuar con el embarazo hasta la viabilidad y a dar a
luz por cesárea. La preocupación por la protección del feto prevaleció sobre
cualquier consideración relativa a la salud mental de esa mujer y el
consiguiente riesgo para su vida.
Como ilustra
también este caso, no puede subestimarse el papel de la octava enmienda a la
Constitución de Irlanda —que protege el derecho a la vida del feto y lo
equipara con el de la mujer— a la hora de determinar el tipo de atención a la
salud que reciben las mujeres. La octava enmienda, que está profundamente
arraigada en doctrinas religiosas, ha dado lugar a que la preocupación por la
vida del feto prime sobre los potenciales riesgos para la vida y la salud de
las mujeres. Esta realidad es incompatible con el derecho internacional de los
derechos humanos, que no contempla el derecho a la vida del feto y deja claro
que los derechos humanos se reconocen tras el nacimiento.
La protección que
ofrece la octava enmienda al derecho a la vida prenatal no sólo ha marcado
fuertemente el restrictivo alcance y contenido de la legislación sobre el
aborto en Irlanda, también ha repercutido negativamente en la calidad de la
atención que reciben las mujeres embarazadas en ese país, en el contexto del
parto e incluso en el de la atención al final de la vida. Las mujeres
entrevistadas por Amnistía Internacional reiteraron su desconfianza hacia el
sistema irlandés de atención a la maternidad por ese motivo, y una de ellas
señaló que “si fuera a tener otro hijo en Irlanda, temería por mi vida”.
La legislación
irlandesa sobre el aborto continúa penalizando el aborto en casos de violación,
incesto y malformación severa o mortal del feto, perpetuando así el sufrimiento
de las sobrevivientes de violencia sexual y de las mujeres y sus parejas que ya
de por sí hacen frente a una terrible pérdida. Amnistía Internacional habló con
muchas mujeres, profesionales de la salud y abogados defensores, que
manifestaron su frustración y rabia por que no se pudiera acceder a los
servicios de aborto por dichas causas.
Por ejemplo, en
2009, Nicola estaba en la semana 19 de su segundo embarazo cuando una prueba
rutinaria mostró que había un problema con el feto. Tras una prueba posterior
más detallada, el personal médico le informó de que la malformación era mortal
y de que no había posibilidades de que el feto sobreviviera. Nicola contó a Amnistía
Internacional: “Inmediatamente pensé que me provocarían el parto, pero la
enfermera me dijo que no podían hacerlo porque se consideraría una interrupción
del embarazo y que eso no estaba permitido en este país”. Recuerda que pensó:
“No pueden dejarme seguir con el embarazo cuando el bebé va a morir. No puedo
seguir, no puedo seguir. No podía asimilarlo, pensé que me iba a desmayar...”.
Afirma: "Estás sola desde que te dan el diagnóstico hasta que el corazón
del bebé se detiene. Entre esos dos momentos, sólo hay un vacío”.
Además de
penalizar el acceso a los servicios de aborto en Irlanda, el Estado irlandés
también restringe severamente la información sobre los servicios de aborto a
los que se puede acceder en el extranjero, penalizando el suministro de
información por parte de los profesionales de la salud y las personas que
asesoran durante el embarazo que “defienda o promueva” la opción del aborto. La
lógica imperante para esta censura, como en la legislación irlandesa sobre el
aborto, la proporciona la octava enmienda; el objetivo de la ley es proteger la
vida del feto limitando el acceso de la mujer a la información sobre la
interrupción del embarazo. El efecto amedrentador de la Ley de Regulación de la
Información de Irlanda (1995), que prohíbe “defender o promover” el aborto, y
de su penalización, supone que incluso la información más básica sobre la
interrupción del embarazo y sobre los procedimientos para ello no puede serle
proporcionada a las mujeres, ni por un médico, ni en una consulta.
Los profesionales
de la salud y los que asesoran durante el embarazo expresaron su preocupación
por el modo en que la Ley de Regulación de la Información puede comprometer la
relación asesor de salud-paciente. Niall Behan, presidente de la Asociación
Irlandesa de Planificación Familiar (IFPA, por sus siglas en inglés) afirmó: “El
derecho a la información emana de la Constitución, pero esta ley no está basada
en derechos. La Ley de Regulación de la Información trata la ‘información’ como
si fuera tóxica y peligrosa, y a las mujeres como si fueran incapaces de tomar
sus propias decisiones y [como si fueran] tan influenciables que se necesitaran
disposiciones penales para regular cómo se proporciona la información. Los
asesores de la IFPA consideran a la mujer que opta por el aborto como una
persona que ha tomado una decisión racional sopesando sus circunstancias
personales, y le ofrece información y apoyo sin imposiciones y sin emitir
juicios de valor”.
Asimismo, Linda
Wilson Long, directora de orientación en Dublin Well Woman, explica que el
asesoramiento de calidad “consiste en respetar la autonomía del paciente; es su
mundo y es su camino. La ley no tiene esto en cuenta. La ley desaprueba mi
trabajo; no importa si estás ahí por tu cliente, debes hacerlo a su manera”.
Las consecuencias
de esas restricciones a la información son de gran alcance: en el contexto del
proceso de entrevistas para el presente informe, Amnistía Internacional observó
que las personas entrevistadas eran cautelosas a la hora de expresarse, aludían
a las restricciones de Ley de Regulación de la Información, incluso cuando
manifestaban opiniones sobre los cambios necesarios para mejorarla.
A pesar de las
barreras de carácter informativo y de otros considerables desafíos económicos y
logísticos que se han de superar para viajar al extranjero a fin de abortar,
aproximadamente 4,000 mujeres y niñas viajan anualmente desde Irlanda hasta el
Reino Unido y otros países de Europa para acceder a este servicio de atención a
la salud. Esas mujeres y niñas viajan por multitud de razones: puede que el
feto tenga una malformación severa o mortal, pueden ser sobrevivientes de
violación, tener problemas de salud o hallarse en una situación económica o social
difícil que no les permite plantearse la opción de la maternidad, o pueden
haber decidido interrumpir el embarazo por otros motivos personales. Sin
embargo, comparten el sentimiento de verse excluidas del sistema de atención a
la salud, el estigma que supone viajar y la pesada carga de tener que guardar
el secreto y el temor que suscita saber que están haciendo algo que en Irlanda
se considera delictivo. A Orla, cuya hija de 15 años se enfrentaba a un
embarazo no deseado en febrero de 2015, no le proporcionaron información sobre
sus opciones, y la información que le llegó sobre la legislación irlandesa en
materia de aborto era errónea. Ese mismo mes, Orla acompañó a su hija al Reino
Unido para que abortara. Recuerda la experiencia: “Esto ha hecho que me sienta
realmente como una proscrita, como si hubiéramos hecho algo malo, pero hicimos
lo mejor que pudimos en circunstancias horribles para nuestra hija. La Iglesia
me odiará y el Estado me rechaza.”
Algunas de las
mujeres entrevistadas por Amnistía Internacional señalaron las consecuencias
negativas que el viaje había tenido para la continuidad de su atención médica y
para su salud física y mental. Obligar a las mujeres a viajar al extranjero
para acceder a servicios de aborto no es sólo discriminatorio, también puede
ser una experiencia profundamente traumática, y viola su derecho a la salud y,
en determinados contextos, el derecho a no ser sometidas a tortura y otros
malos tratos. Algunos profesionales de la salud han manifestado preocupación
por que algunas mujeres que requieren atención post-aborto puedan tener miedo
de buscarla al regresar a Irlanda por temor a ser denunciadas por ellos a la
policía. Alison Begas de Dublin Well Woman afirmó: “Hubo un caso hace unos
siete años, vino a una de nuestras clínicas una mujer que se había sometido a
una interrupción del embarazo en Reino Unido... y comenzó a tener una
hemorragia en la clínica. Llamamos a una ambulancia para asegurarnos de que
llegaba al hospital. Mientras la sacaban de la clínica, su preocupación
constante era ‘por favor, no me denuncien a la Gardaí [policía], no me
denuncien.’ Creo que la gente también tiene miedo de ir al médico porque alguna
persona conocida podría estar trabajando de recepcionista y ver el historial.
Ese miedo angustioso es muy dañino”.
No todas las
mujeres y niñas son capaces de ejercer la libertad de viajar. Las mujeres y
niñas marginadas, como las solicitantes de asilo, las migrantes y las que viven
en la pobreza, pueden hallarse atrapadas en Irlanda, sin acceso a la atención
médica necesaria. Al no poder realizar el importante desembolso que supone
viajar, o al tenerlo prohibido por su situación de migrante o dependiente, o
sencillamente por estar enfermas, estas mujeres y niñas se ven obligadas a
llevar su embarazo a término o recurrir a métodos peligrosos o clandestinos
para interrumpirlo. Estas situaciones pueden dar lugar a varias violaciones de
sus derechos humanos, como el derecho a la vida, a la salud y, en algunos
casos, el derecho a no ser sometidas a torturas y otros malos tratos.
Las que no pueden
viajar se desesperan. Algunas se plantean que sus únicas opciones son el
suicidio o recurrir a peligrosos métodos de aborto auotinducido que pueden
poner en riesgo sus vidas. Otras mujeres y niñas compran de manera ilegal
pastillas de mifepristona o misoprostol, que ingieren para autoinducirse
ilegalmente el aborto con medicamentos. Los intentos de importar dichos
medicamentos por correo dan lugar a su confiscación por parte de las
autoridades aduaneras irlandesas; las mujeres deben, pues, encontrar el modo de
introducirlas de contrabando en el país si pretenden utilizarlas para abortar.
El aborto con medicamentos es una manera segura y recomendada de poner fin al
embarazo durante el primer trimestre; no obstante, la penalización del aborto
en Irlanda conlleva que las mujeres y niñas pueden estar tomando estas
pastillas sin la supervisión médica adecuada, lo que puede ocasionar
complicaciones graves para su salud.
En numerosos
testimonios de mujeres, profesionales de la salud y organizaciones de la
sociedad civil sobre el impacto del restrictivo régimen del aborto en Irlanda,
hay temas recurrentes importantes en los que hacen hincapié. Primero, a pesar
de la legislación, las mujeres que viven en Irlanda abortan y continuarán
haciéndolo. Las estimaciones de la OMS confirman que una legislación sobre el
aborto restrictiva no reduce el número de abortos inducidos, pues las mujeres
abortarán con independencia de dicha situación, así como de la disponibilidad
legal del aborto.8 Por el contrario, restringir el acceso a servicios de aborto
legales y seguros en Irlanda acarrea invariablemente la violación de derechos y
afecta de modo desproporcionado a personas que ya viven en una situación de
marginación o vulnerabilidad, lo que agrava las violaciones de derechos que
padecen. Todas las mujeres con las que ha hablado Amnistía Internacional, sin
excepción, han visto violado su derecho a la salud física y/o mental,
independientemente de si viajaron al extranjero para acceder a servicios de
aborto o si permanecieron en Irlanda.
Además, al hablar
de su elección de viajar o abortar con medicamentos ilegalmente en Irlanda, las
mujeres mencionaron reiteradamente la muerte de Savita Halappanavar y el
impacto que tuvo en ellas; algunas temieron por sus vidas si en algún momento
necesitaban someterse a un aborto legal en Irlanda.
Para Lupe, el caso
de Savita Halappanavar fue muy cercano, dado que vivió una situación similar en
el mismo hospital tan solo tres meses después de la muerte de Savita.
Las mujeres
también hicieron gran hincapié en el hecho de que tener que viajar al
extranjero para abortar las hacía sentir como delincuentes; muchas pusieron de
relieve que esperaban poder ver a lo largo de su vida un mayor acceso al aborto
legal en Irlanda. Roisin, una de las mujeres entrevistadas para este informe,
resumió el sentimiento de muchas de ellas: “Espero que [el acceso a un aborto
legal y seguro en Irlanda] se produzca a lo largo de mi vida. De ese modo,
cuando mi hija sea mayor, si necesita abortar, no tendrá que viajar al Reino Unido
en secreto, en silencio”.
La mayoría de los
profesionales de la salud y de los que asesoran sobre el embarazo manifestaron
sentirse frustrados con la restrictiva legislación irlandesa en materia de
aborto y subrayaron que obstaculiza seriamente su capacidad para proporcionar
atención ética y de calidad y para brindar apoyo a sus pacientes y clientes.
Muchos abogan por la derogación de la octava enmienda y de la legislación sobre
el aborto y defendieron un marco constitucional y legal que proteja los
derechos humanos de las mujeres y las niñas.
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