Asha Ismail: "La mutilación genital femenina es una práctica machista que solo les beneficia a ellos y está pensada para ellos "
© Amnistía Internacional, Mireya Cidon
En España, a tenor
de los informes, unas 18.400 niñas están en riesgo de sufrir mutilación genital
femenina. Desde la organización Save a Girl, Save a Generation, se dan talleres
y charlas para formar en la prevención y erradicación de esta práctica, así como
formación en salud sexual y reproductiva.
Todos los años
millones de niñas son víctimas de la mutilación genital femenina (MFG), una
práctica que consiste en la extirpación parcial o total de los órganos
genitales femeninos. Las mujeres y niñas que son sometidas a este tipo de
práctica sufren un amplio catálogo de lesiones físicas y psicológicas: dolor
severo, hemorragias graves, complicaciones urinarias, infecciones, dificultades
durante el parto, disminución del placer sexual y, en ocasiones, incluso la
muerte. Para más de 200 millones de mujeres en todo el mundo, el paso de la
infancia a la edad adulta está marcado por esta práctica que produce un daño
irreversible y que refleja una arraigada forma de desigualdad y discriminación
contra ellas.
Asha Ismail fue
sometida a infibulación cuando tenía cinco años de edad. La infibulación es uno
de los cuatro tipos de mutilación genital femenina que se practican. El más
severo de ellos. El día de su "purificación", en un pueblo fronterizo
entre Kenia y Etiopía, le extirparon el clítoris, le cortaron sus labios
mayores y menores y cosieron su vagina casi por completo. Mientras la cuchilla
seccionaba, le introdujeron un trapo en la boca para que no gritara. “No
grites”, le dijeron. “Las mujeres somalíes no muestran debilidad”.
Asha dirige la ONG
Save a Girl, Save a Generation y hace campaña contra la mutilación genital
femenina. Es una de las protagonistas del documental “La Manzana de Eva”, en el
que también participa Amnistía
Internacional. En el Día Internacional de Tolerancia Cero con la Mutilación
Genital hablamos con ella para conocer los avances y retos pendientes de una
práctica que atenta contra los derechos fundamentales de las mujeres.
Asha, a ti te practicaron la ablación cuando tenías 5 años de edad.
Desde entonces, ¿cómo ha cambiado el perfil de las niñas sometidas a MGF?
Una de las grandes
diferencias es el cambio de legislación. En muchos países la práctica de la
mutilación genital femenina es ahora ilegal, lo cual ha producido cambios en la
manera de actuar. Y no necesariamente para bien. Desgraciadamente, la
persecución penal no ha frenado la práctica de esta “tradición”, solo ha
disparado su clandestinidad. Para burlar la ley y saltarse la vigilancia muchas
familias extirpan el clítoris de sus hijas nada más nacer o cuando son muy
pequeñas (entre 2 o 3 años) porque dicen que a esta edad no tienen capacidad
para contarlo. Y lo que no se cuenta, no existe. En los colegios, en los
centros de salud, en los hospitales… si no hay denuncia, si no hay queja, si no
se habla de ello… es como si no hubiera sucedido.
También ha
cambiado la manera de afrontar las complicaciones durante la mutilación. Si
surge un problema no pueden pedir atención médica para la niña porque la
práctica de la MGF es ilegal y el centro médico u hospital podrían denunciar a
la familia. El riesgo de mortalidad, por tanto, es más elevado. Faltan
programas que eduquen, informen y prevengan a la opinión pública para
sensibilizarles de que estas prácticas son ajenas a cualquier hecho religioso y
que resultan nocivas para la salud y el bienestar de las mujeres.
¿Existen estadísticas sobre el número de muertes derivadas de esta
práctica?
No, no hay
estadísticas oficiales. Y no las hay porque no hay ningún control. ¿Cómo
controlas las defunciones en una población en la que ni siquiera sabes cuántas
niñas han nacido? Si no registran los nacimientos, ¿por qué iban a registrar
los fallecimientos? Estas niñas son invisibles y sus muertes no dejan huella.
¿Esta práctica es una cuestión de clase social, de dinero?
No, no es una
cuestión de ricos o pobres. Es un tema cultural, de tradiciones. La gente con
dinero y con estudios también somete a sus hijas a la ablación. Es una cuestión
de cultura, de una necesidad de preservar la identidad. Quienes la practican
piensan que deben transmitir esta tradición a sus hijas para que ellas hagan lo
mismo con las suyas. Y es precisamente el peso de una práctica milenaria e
histórica lo que explica por qué resulta tan insuficiente ilegalizar la MGF y no
ir un paso más allá. La prohibición legal debe ir acompañada de formación y
educación a todos los niveles.
¿Existe una temporada alta o baja de mutilación?
Depende de la
cultura, de la zona, incluso del país… En los lugares donde hay colegios suelen
aprovechar los meses de verano, pero en las zonas en las que no hay colegio
cualquier momento es válido. Hay comunidades que hacen ceremonias y juntan a
muchas familias. En mi cultura, en la cultura somalí, esta ceremonia no existe.
No es necesario juntar a muchas niñas, aunque puede darse el caso por motivos
económicos.
¿Qué consecuencias tiene para una niña no pasar por esta “operación”?
En lugares donde
esta tradición está muy arraigada, no es fácil para ellas porque la comunidad
las señala y estigmatiza. Yo, que me considero una persona crítica, rebelde y
que siempre me he cuestionado el por qué de las cosas, llegué a creer que lo
que me había pasado estaba bien y que había sido necesario. Miraba a las niñas
que no habían sido mutiladas con cierto desdén y pensaba que estaban sucias
porque la ablación purifica a las mujeres.
Dicen cosas como
que no vas a tener hijos porque no estás mutilada. Que tu marido morirá si no
estás circuncidada antes del casamiento, que la ablación previene el contagio
del VIH… Son creencias que se repiten generación tras generación. En algunas
comunidades creen que el contacto del bebé con el clítoris materno puede llegar
a ser mortal para el recién nacido o que ello le provocará ceguera,
deformidades o complicaciones; en otras piensan que el clítoris posee un gran
poder y hay que quitarlo del cuerpo de la mujer para dárselo a los espíritus.
Yo logré darme
cuenta del error a través de mi dolor. Cuando di a luz a mi hija, mi parto fue
tan complicado que me prometí que no la haría pasar por ello. Reconozco haber
tenido dudas mientras crecía. Te hablo de hace 28 años en un contexto mucho
peor que el actual y en un entorno donde no se entendía que no se practicara la
ablación. Pero cada vez que dudaba sobre si hacía bien o mal, recordaba mi
sufrimiento personal y entonces volvía a estar segura de lo que hacía. No iba a
permitir que mi hija pasara por el dolor de una infibulación que jamás podría
olvidar, por el dolor de la menstruación, por el dolor al orinar, por el dolor
de una posible violación el día de su noche de bodas (en mi caso lo fue), el
dolor de un parto desgarrador con graves consecuencias… Y me prometí
protegerla. Primero a ella y después al resto de mujeres y niñas en riesgo a
las que ayudo.
¿Cómo se interviene para erradicar una tradición tan arraigada?
En la mutilación
genital femenina hay víctimas reales, pero es cierto que resulta difícil
identificar a las personas responsables. ¿Se deberían encarcelar a las
mutiladoras? ¿A las madres que entregan a sus hijas? ¿A los padres que lo
promueven? ¿A los Estados que no la erradican? Es difícil señalar a un único
culpable cuando la culpa se basa en algo tan intangible como la tradición.
Ellos alegan que cualquier intromisión es un ataque a su cultura, basada en
rituales destinados a proteger a la comunidad y regular el paso de la infancia
a la edad adulta.
Algunos políticos
no quieren hablar de este tema y lo consideran una cosa de mujeres sin
demasiada importancia. La legislación debe aplicarse (muchos gobiernos han
declarado ilegal la MGF) y se debe velar por su cumplimiento. Pero toda
prohibición debe ir acompañada de campañas de sensibilización y de un apoyo
económico y social para que las madres que decidan no practicarla no se sientan
solas ni desprotegidas.
¿Cuál es el papel de los hombres?
Su papel no es
menos relevante, pero debe consistir en apoyar a las mujeres en su decisión de
no someter a sus hijas a la ablación. La mutilación es una práctica machista
que solo les beneficia a ellos y está pensada para ellos. Sensibilizarlos es
clave. Como también lo es sensibilizar al resto de la sociedad civil y
política.
¿Y la religión?
Sin duda es otro
de los frentes. Yo soy musulmana y la mutilación genital femenina no es un
imperativo coránico. En algunas mezquitas reconocen que el Corán ni lo
recomienda ni lo prohíbe, pero dejan que cada familia actúe de acuerdo a sus
costumbres. Afortunadamente en otras se denuncia abiertamente esta práctica. Si
los líderes religiosos –no olvidemos que también la practican otras comunidades
como los cristianos coptos o los falasha– se pronunciaran contra la ablación,
el paso hacia su eliminación sería casi definitivo.
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